El Papa ha hablado, ¿y ahora qué?

La Iglesia es Una y Santa, y al mismo tiempo poblada de pecadores, es decir de seres humanos. Trasciende al tiempo y al espacio porque su cabeza es Cr…

La Iglesia es Una y Santa, y al mismo tiempo poblada de pecadores, es decir de seres humanos. Trasciende al tiempo y al espacio porque su cabeza es Cristo, de la que el Papa es su vicario, y vive en comunión con todos aquellos que han alcanzado la nueva vida, la de la felicidad para siempre, la de los santos y mártires.

– "Vaya idea, ‘santa’, qué cuentas. Menudo rollo patatero".

– "Vale, lo dejo, solo lo dicho y no sigo, pero esto es la Iglesia para católicos y ortodoxos"

Y precisamente en este convencimiento y en el de la continuidad apostólica de Pedro y los restantes apóstoles, con el Papa (este es el sentido último de su otro calificativo, el de Obispo de Roma) y los obispos, ha tenido la Iglesia una de sus fuerzas históricas. Conversos como John Henry Newman, fino intelectual inglés, buen historiador, sacerdote anglicano y cardenal católico, es un ejemplo de ello. Los que no ven en la Iglesia nada más que una gran organización humana de más de ¡2000 años! de duración a lo largo de los que mantiene el mismo mensaje, no tienen obviamente por qué aceptar todos aquellos conceptos, pero sí deben saberlos para entender al otro, al que sí cree ellos.

El Papa Francisco reitera que el diálogo es una escucha para después hablar. Es muy exacto. Escuchémonos mutuamente. Así estableceremos como mínimo vínculos civiles y comprenderemos mejor las razones y las heridas del otro.

A partir de este criterio, el de la escucha y el del habla, hemos de contemplar el hecho de que el Papa Francisco despierta una simpatía inusitada en personas alejadas o críticas con la Iglesia. Esto es algo muy bueno. Claro está que no es una panacea, una parte de estas personas buscan en las palabras del Vicario de Cristo solo un reforzamiento de sus propias opiniones y no un factor de reflexión. Buscan en el afirmarse de que "yo estaba en lo cierto y los de la Iglesia estaban equivocados". Pero esto no quita nada de la bondad y las ventajas que representa esta nueva e incipiente situación. Primero, porque incita a la escucha en lugar del rechazo visceral. Y, segundo, porque señala que una parte de la Iglesia viene -venimos- haciéndolo mal, porque no ha conseguido despertar este interés positivo. Esta es una gran oportunidad que nos interroga. Que interroga a cada católico y de manera especial a sus pastores, obispos, sacerdotes. ¿Qué se debe hacer para aprovechar, en el buen sentido del término, esta circunstancia favorable? En otro plano distinto sucede algo parecido con la crisis, que revela los límites del pensamiento dominante, alejado de Cristo, de sus instituciones y del Estado. Crisis de partidos, del Estado del Bienestar, dejación de respuestas a necesidades básicas. También en ello surge una gran oportunidad de servir a estos espacios vacíos con desinterés humano, pero sin ocultar la pertenencia ni el sentido último de nuestra acción: el seguimiento de Jesucristo y la proclamación de la Buena Nueva de Dios, que nos es Padre, y que así podemos entenderlo a pesar de su inefabilidad.

Espacios a la escucha y al diálogo que nos abre el Papa. Espacios a la solidaridad activa que nos abre la crisis. Todo eso exige reflexión, replanteamiento y acción, y sobre todo requiere oración y contemplación, sin las que podemos incurrir en el terrible error de olvidarnos de lo que apuntábamos al principio: que la Iglesia es Una y Santa y trasciende las dimensiones de la historia y nos proyecta al más allá, al gran misterio del Dios personal y creador que, en definitiva, es nuestra última y fundamental referencia.

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