El papel de la universidad ante la fragmentación del saber

Antes que nada y sobre todo, mi agradecimiento por la inmerecida distinción que esta Universidad me otorga. Creo que es una muestra de generosi…

Antes que nada y sobre todo, mi agradecimiento por la inmerecida distinción que esta Universidad me otorga. Creo que es una muestra de generosidad por su parte a la que no sé muy bien como corresponder más allá de mi sincera gratitud. Meditando sobre las palabras que debían expresarla, concluí que nada más apropiado que hablar sobre el saber y la situación de la universidad en nuestra época, un saber al que con tanto empeño sirve esta casa.

El pasado 27 de julio se publicó en Scientific Reports los resultados de un estudio multidisciplinar que ha examinado, con la ayuda decisiva de la informática, casi medio millón de canciones (464 mil) del período comprendido entre 1955 y 2010, estudiando la riqueza melódica, y la armonía (es decir, los acordes que acompañan a la melodía), el timbre, y el volumen. El resultado que no ha sorprendido -y esto en sí mismo es ya un dato- es que en este más de medio siglo, la música se ha empobrecido de una manera extraordinaria, reduciendo la diversidad, la creatividad. Todo ha evolucionado hacia la simplicidad y la reiteración; el volumen, eso sí, ha ido aumentado para conseguir fijar la atención del oyente. La música de gran consumo se ha convertido en una serie de patrones industriales. La música, un arte, funciona ya plenamente bajo criterios de estandarización, y producción en serie propios de la industria. La explicación que algunos especialistas musicales añaden, a este trabajo de expertos en el campo de la física y la computación, es todavía más desoladora. Se resume en un titular: la culpa es de la demanda, es decir de la gente, la sociedad. Es ella la que solicita tal transformación degradante de la música.

No tengo necesidad de buscar mucho para situar un ejemplo idéntico en las artes plásticas. Las dos últimas grandes exposiciones que pueden contemplarse en Londres ahora mismo son ejemplos de algo parecido, en el sentido de la banalización del arte. Una es una revisión de Tiziano donde figuran tres impresionantes telas del autor, Diana y Acteon, La Muerte de Acteon, y Diana y Calisto, junto a ellas artistas contemporáneos de distintos campos aportan su reinterpretación. Pero el gran éxito de la exposición, a donde acuden los visitantes; es a una pequeña construcción enrejada, donde se ve a una mujer desnuda entregada a las labores del aseo en una danza de fuerte carga sexual. Es una versión con oropeles que nos acerca a la experiencia de las cabinas de los voyeurs pornógrafos, con un gusto más refinado, eso sí. La otra gran exposición en la Hayward Galery tiene por objeto el vacío, la nada, con una pieza cumbre de Tom Friedman un video cuyo título describe exactamente el contenido Mil horas mirando un papel blanco.

¿Qué nos ha sucedido para que el gran crecimiento económico y científico no esté acompañado de un mayor saber y sensibilidad hacia las artes, las humanidades, hacia la cultura? ¿Qué ha sucedido para que hasta un liberal empedernido como Vargas Llosa escriba calificando de payaso a Damien Hisrt, el artista vivo más cotizado, el que más gana? ¿Por qué nuestro gran escritor peruano se queja, que la destrucción de los cánones fruto de la modernidad y de sus movimientos reaccionarios que culminan en nuestra sociedad desvinculada, hace que no haya otro criterio sobre las obras de arte que el de su precio? ¿No es ese precisamente el resultado esperable de la idea liberal de que todo es mercancía en un mercado que se auto regula? Si el trabajo es una mercancía más, ¿por qué no lo ha de ser la obra de arte que es una forma de trabajo humano?

La lectura de dos libros separados por veinte años y escritos desde concepciones muy distintas nos aporta reflexiones, y elementos para el diagnóstico, y también algunas respuestas. Se trata de la obra del alemán Hans Graf, Seréis como Dioses, se llama. El otro libro, El Puño Invisible, del colombiano Carlos Granes, el más reciente, del 2011, y describe cómo las sucesivas vanguardias han fragmentado a la Modernidad. Vanguardias tan frecuentes que llegan a carecer de canon con el que romper, y que son forjadoras de ideas que han transformado la sociedad, y nuestras vidas. Porque esta es la coincidencia entre ambas obras, que como digo, son de pretensión muy distinta. Esta tesis, la del poder de las ideas para transformar la vida, no debería resultar extraña a los cristianos. ¿Cómo sino entender que un puñado de personas marginales pasasen a ser, en menos de cuatro siglos, la mayoría del Imperio Romano? Sin guerras de conquista ni revoluciones, de manera que como decía San Agustín el milagro consistía en que no había milagro. Digo que esta tesis nos debería resultar familiar porque es el cristianismo el que ha generado una cultura, es decir, una forma de entender el hombre, la vida y el cosmos, de carácter universal. Y eso es algo único, extraordinario, en la vida de la humanidad. Y también sabemos bien que, como concluye Granes en su libro, la primera cuestión no es transformar las estructuras del estado sino transformar la vida de la gente.

Toda la dinámica de la modernidad y las reacciones contra ella surgidas de su propio seno, nos han conducido a una sociedad desvinculada, donde la cultura, el humanismo, las artes tienen un papel de producto de consumo, trivial, como he apuntado antes de la mano de un par de ejemplos.

Nuestra sociedad es la que tiene más personas con estudios universitarios de todos los tiempos. Pero este conjunto impresionante de saberes cada vez más especializados, en realidad cada vez más fragmentados, al carecer de un tronco, de un lenguaje común, no han evitado la colonización económica de las humanidades, su banalización, ni han corregido la creciente incapacidad para reconocer la belleza. ¿Por qué sucede todo esto? ¿Acaso a una mayor educación formalizada no debería corresponder una mayor exigencia cultural, una sabiduría más grande?

Me gusta y me gusta mucho estar en una universidad como ésta, que sí se afana contra corriente para aportar una respuesta a todo este desaguisado y que no teme proclamar en sus textos dos cuestiones que juzgo fundamentales.

Una es la afirmación de que su punto de partida es la visión cristiana de la vida. Al hacerlo así, no solo afirma la importancia del cristianismo. Hace al mismo tiempo algo más. Afirma una razón objetiva, la del cristianismo, que ha articulado toda nuestra tradición cultural. Dice así que existe un gran relato del Cosmos, de la vida, de los seres humanos donde nuestro relato personal y nuestros saberes alcanzan todo su sentido. Y esto poco tiene que ver con la razón instrumental que constituye el fundamento de la modernidad, y su secuela post moderna, la sociedad de la desvinculación. Un tipo de razón, la instrumental, que ha impulsado dos vectores que nos han conducido donde estamos. Uno fue la subjetividad radical. El otro, la idea reduccionista de que el saber fuera de la ciencia experimental no es tal saber. Todo ello ha dado lugar a una gran fragmentación, a la marginación de la filosofía, la liquidación de la metafísica, la desaparición de la teología al menos de los centros públicos, que hace imposible la unidad del saber. Ésta es en la actualidad una de las carencias básicas de la Universidad. Solo la recuperación de la razón objetiva hará posible remediar estas carencias, y superar la destrucción cultural, y, más allá de ella, aportar los marcos referenciales que permitan abordar resolutivamente las grandes crisis irresueltas que acumula la sociedad desvinculada, y que el fraccionamiento del saber hacen de más difícil abordaje.

El segundo principio que afirma esta Universidad es la formación integral. Al hacerlo, está diciendo que solo así es posible recuperar el papel formador de la institución universitaria, que no es sólo, ni en primer término, una fábrica de títulos, ni la producción de especialistas guiados sólo -y subrayo el sólo- por la lógica del mercado, sino que antes de todo esto, son forjadores de hombres y mujeres buscadores del bien, de la verdad, y de la belleza. Éste fue el papel histórico y perdido de la Universidad, que toda la sociedad necesita recuperar.

Se ha confundido la especialización necesaria a partir de unos fundamentos comunes con la fragmentación del saber. Hoy la metáfora del árbol de la ciencia y la vida del mallorquín Ramón Llull resulta imposible, porque el conocimiento tiende a ser una mera colección de hechos cuidadosamente clasificados y tratados de manera fragmentada, aunque tal cosa no se corresponda con la realidad. Un solo ejemplo basta, crédito y confianza están estrechamente relacionados, pero pertenecen a dos órdenes muy distantes del conocimiento. Uno económico, el crédito, moral el otro, la confianza, una caracterización del acto humano. Y esta pertenencia a dos campos distintos, tanto tiempo ignorada por la historia económica, ha comportado que las nuevas aportaciones tiendan a fijarse de manera especial en el componente humano del acto económico, recuperando de esta manera la evidencia de que la economía es, antes que nada, una antropología, una moral.

La fragmentación hace que la Universidad contemporánea resulte cada vez más insignificante desde el punto de vista de la cultura. Y esto nos conduce a una pregunta necesaria: ¿desde el punto de vista de los fines humanos, a qué sirven hoy las universidades? ¿A qué bienes particulares sirven previamente y más allá del mercado y la empleabilidad? Incluso en las carreras técnicas nos movemos en una peligrosa pendiente formada por el desequilibrio entre la innovación tecnológica, y la ausencia de recursos para proporcionar las bases de un pensamiento sólido, fundamentos morales a quienes tienen tales capacidades. Si un medico no ve al enfermo como una persona única e irrepetible, y sólo la percibe como una abstracción a la que accede mediante análisis y diagnósticos clínicos, el retroceso es extraordinario, a pesar de la capacidad técnica. Y el resultado final de todo ello es el mismo que se produce en el arte: el dinero, como medida de todas las cosas, de todas las profesiones, de las prácticas universitarias. Y en este marco de referencia, cada vez más asentado el cristianismo, la universidad católica se convierte en un ser extraño, o bien se transforma para adaptarse a la razón instrumental, es decir, olvida los fines por los que existe como universidad católica. Esta es una tentación permanente. Por esto me parece tan meritorio, tan importante, la forma en cómo esta casa aborda públicamente su papel, y cómo se afirma en su especificidad.

No es este ni el lugar, ni yo soy la persona más adecuada para responder a la cuestión, de la cual es tarea de la universidad en nuestro tiempo, pero si me atrevo a aportar unas pequeñas pinceladas a la gran pintura que es necesario desarrollar. Una ya la he apuntado antes. El esfuerzo para impulsar la razón objetiva que responde a nuestra tradición cultural y que tiene en el cristianismo su gran bóveda. En este sentido la recuperación de la centralidad de la filosofía, y en ella de la metafísica, y la teología son consecuencias necesarias. Como lo son Santo Tomás de Aquino y la vía que nos señala la Aeterna Patris de León XIII y la Fides et Ratio de Benedicto XVI.

En esta senda del renacimiento universitario hay cuatro tareas que son, seguramente, necesarias:

Una consiste en la recuperación de la educación en la virtud que es ante todo una práctica, que además resulta en si misma sanadora, regeneradora.

Otra radica en la construcción y fortalecimiento de verdaderas comunidades universitarias.

La tercera es el esfuerzo por mantener viva y operante la tradición cultural y en ella la articulación vivificante con la fuentes.

Por último, la tarea ya apuntada de recuperar la unidad de saber, sobre todo en el plano de las aplicaciones. Dónde hecho cristiano y ley natural, tradición cultural y concepción moral y antropológica, se articulen con las prácticas de la economía y la política, la medicina, el urbanismo, la arquitectura, en fin, en todas las especialidades. ¿Cómo podía Gaudí haber concebido a inicios del siglo XX una obra tan increíble como la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona sin la articulación entre fe, religión, tradición cultural, e innovación tecnológica? Trabajar en todos los campos, en esta línea que Gaudí llevo a cabo en términos de excelencia, es una de las grandes tareas universitarias, y un servició vital y urgente a toda la sociedad.

Se trata en definitiva de llevar a cabo en un plano concreto lo que con gran acierto proclama el lema general de esta Universidad. Vince in bono malum, “Vence el mal con el bien”. Venzamos el mal de la cultura desvinculada con el bien, la belleza y la verdad.

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