El “paraíso” sin crucifijos

Los socialistas de Zapatero han anunciado que quieren retirar los crucifijos de los espacios públicos [1] . El azar ha querido que la noticia surgiera…

Los socialistas de Zapatero han anunciado que quieren retirar los crucifijos de los espacios públicos [1] .

El azar ha querido que la noticia surgiera a la vez que el asesinato de Federica, precisamente en España, en Lloret de Mar, en un lugar de diversión que es el nuevo santuario de la “marcha” juvenil. Donde la discoteca es – como ha explicado Vittorino Andreoli – la catedral pagana de “un gran rito de transformación colectiva” que hace olvidar la vida y la realidad.

Los ingredientes (también químicos) de esta “nueva religión” son conocidos, con el mandamiento acostumbrado: “prohibido prohibir”. La felicidad ¿se halla de verdad allí?

Y ¿por qué Federica lo que ha hallado allí es la muerte, masacrada como un cordero?

Nadie reflexiona en ello.

En la eufórica España las autoridades parecen preocupadas sobre todo porque el delito no traiga una publicidad negativa a la localidad turística. Y venga con el tequila: olvidemos a la pobre Federica, y fuera los crucifijos.

También nosotros hace tiempo que los hemos retirado de los corazones, además que de la vida pública. Más aún, la imagen del crucificado o la de la Virgen son vilipendiadas periódicamente por artistas rebeldes en nombre de la libertad de expresión.

Por lo demás, incluso el Papa padece esta suerte en las manifestaciones de la rebelde “Italia de los mejores”.

Y la fe católica es ridiculizada, sin ninguna objetividad, en programas televisivos que, si fueran realizados contra cualquier otra religión, desencadenarían inmediatamente la acusación de intolerancia o de racismo.

Contra Jesucristo, por el contrario, parece que todo está permitido.

Después, cuando nos visita el dolor o se consuma la tragedia o asistimos al horror, gritamos enfurecidos – con dedo acusador –: “¿Dónde está Dios?”, “¿Por qué no ha impedido todo esto?”. Después de la hecatombe del 11 de septiembre en Nueva York se alzó este mismo grito y una mujer, con toda sencillez, hablando en televisión respondió así:

“Durante años hemos dicho a Dios que saliera de nuestras escuelas, que saliera de nuestro Gobierno, y que saliera de nuestras vidas. Y, como caballero que es, creo que Él ha salido silenciosamente. ¿Cómo podemos esperar que Dios nos dé Sus bendiciones, y Su protección, si antes exigimos que nos deje solos?”

Proseguía recordando cuando se lanzó la cruzada porque no se quería “que se rezase en las escuelas americanas, y los americanos dijeron OK. Después alguna otra persona dijo que sería mejor no leer la Biblia en las escuelas americanas. Esa misma Biblia que dice: «No matarás, no robarás, ama a tu prójimo como a ti mismo…», y los americanos dijeron OK.

Después, en muchos países del mundo, alguien dijo: «Dejemos que nuestras hijas aborten, si lo desean, sin avisar siquiera a sus propios padres». Y el mundo dijo OK”.

Se ruedan películas y espectáculos de televisión que sumergen las almas en el fango. Y se hace música que celebra la violencia, el suicidio y la droga, o que incita al satanismo. Y todos encuentran esto normal, y dicen que es sólo un juego; igual que es normal que, según las estadísticas, un niño italiano vea en TV antes de terminar la escuela primaria una media de 8.000 homicidios y 100.000 actos de violencia; pero, por favor, quitemos la oración de la escuela, que sería un acto de “violencia psicológica”.

“Ahora”, seguía diciendo esa mujer americana, “nos preguntamos por qué nuestros hijos no tienen conciencia, por qué no saben distinguir el bien del mal, y por qué matan tan fácilmente a extraños, a compañeros de escuela, y a sí mismos.

Probablemente porque, como está escrito, “el hombre cosecha lo que ha sembrado” (Gálatas 6,7). Un estudiante preguntó «sinceramente»: «Querido Dios, ¿por qué no has salvado a esa niña que ha sido asesinada en una escuela americana?».

Respuesta: «Querido estudiante, a Mí no me está permitido entrar en las escuelas americanas. Un saludo, Dios»”.

Todo esto no es sólo americano. Después de Auschwitz una muchedumbre de intelectuales acusó a Dios: “¿Dónde estabas? ¿Cómo has podido permitir todo esto?”.

Ninguno recordaba cuál fue la primera batalla del nazismo apenas llegado al poder: la guerra de los crucifijos. El nuevo régimen pretendió barrer de todas las escuelas la imagen de Jesús crucificado. Fue un choque durísimo, y la Iglesia se quedó prácticamente sola sosteniéndolo. ¿Dónde estaban los intelectuales?

Después el nazismo, entre 1939 y 1940, barrió millares de “crucifijos vivientes”, una eutanasia masiva para 70.000 discapacitados y enfermos mentales: consideraron sus vidas indignas de ser vividas y les dieron la “muerte piadosa”; pero también en este caso la Iglesia se quedó casi sola, porque en los corazones el crucifijo había sido barrido por la pagana y feroz cruz gamada.

Y así, al final, Hitler desencadenó la guerra y la Shoah. ¿Dónde estaba Dios? Hace tiempo que había sido expulsado. Y estaba agonizando en los lager con Maximiliano Kolbe, Edith Stein o Dietrich Bonhoeffer, junto a una multitud de crucificados.

Somos la generación que después vio consolidarse en el mundo el tentativo más enorme de arrancar a Dios de los corazones, imponiendo el ateísmo de Estado: el imperio comunista, que se resolvió en el más colosal genocidio planetario de hombres y pueblos. Todo esto ¿nos enseña algo? No.

Nosotros somos la generación que no aprende de las tragedias de su tiempo. Y por esto, quizá, estará destinada a repetirlas.

¿Acaso no hemos dejado la construcción europea en manos de una tecnocracia laicista y despótica que ha querido arrancar las raíces cristianas del árbol europeo? Y aquí estamos, en el invierno demográfico, el declinar y la invasión islámica.

Un gran economista como Giulio Tremonti, en su célebre libro, ha afirmado que el rescate es posible sólo con un renacimiento espiritual. Pero nosotros somos “los hombres disecados” de Eliot, con la cabeza llena de viento y el corazón lleno de soledad.

Hemos escupido a Jesucristo y a su Iglesia creyendo que esto era “libertad”, y luego nos encontramos solos o desesperados y entonces apuntamos el dedo acusador contra la presunta “indiferencia” de Dios. De ese Dios que no cesa ni un solo día de sostener nuestra respiración y de salirnos al encuentro.

Somos la generación que no sabe ya dar sentido a la vida, ni esperanza a los propios hijos; que ve acumularse en el horizonte nubarrones de crisis planetarias, de guerras, de sequías, pero que no se agarra a la mano de la “Reina de la Paz”, presente entre nosotros para salvarnos.

Porque se ríe del Misterio y de lo sobrenatural mientras se va detrás de magos y astrólogos; porque cree en los periódicos y en internet y no en el Evangelio; porque se burla de quien habla de Satanás y del Infierno, mientras se llenan como nunca hasta ahora las sectas satánicas o esotéricas; porque se veneran las máscaras vacías de los escenarios y de la TV, mientras se desprecia a los santos; porque se cree que libertad es poder hacer cualquier cosa, en vez de ser verdaderamente amados.

Esta época empezó en el ’68, cuando se comenzó a disparar contra la religión como “opio de los pueblos”; y así hoy el opio (o la cocaína) se ha convertido en la religión de los pueblos, incluso de notarios, empresarios y diputados. Nietzsche tronó contra el crucificado porque – escribió – abolió los sacrificios humanos que eran el motor de la historia pagana.

Y de hecho hoy, borrado el crucifijo de los corazones, han vuelto los sacrificios humanos. Somos la generación que ha asistido tranquilamente en 30 años al exterminio – con leyes de los Estados – de mil millones de pequeñas vidas humanas nacientes, el sacrificio humano más tremendo de la historia.

La generación que vuelve a discutir acerca de vidas “indignas de ser vividas”, que pretende transformar a los más pequeños seres humanos en cobayas de laboratorio, que exige – especialmente “en nombre de la ciencia” – que todo esté permitido. En efecto, “si no hay Dios, todo está permitido”. Pero ¿con qué consecuencias?

Lo hemos visto en el pasado reciente. Y como no sacamos las consecuencias, lo vemos en el presente y aún más lo veremos en el futuro. Alguien ha observado: “Es extraño lo sencillo que es para las personas expulsar a Dios, para después asombrarse de que el mundo esté dirigiéndose hacia el infierno”.

(Publicado en Libero, 11 de julio de 2008, traducción: Luis Sánchez Navarro; [1] En italiano, “crucifijo” y “crucificado” son una misma palabra: crocifisso (N.d.t.).

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