El principal problema de los cristianos lo tenemos dentro

Pero dentro de nosotros mismos. Es evidente que en el seno de la Iglesia hay dificultades, divisiones. Es clamoroso también que cada vez más existe un…

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Pero dentro de nosotros mismos. Es evidente que en el seno de la Iglesia hay dificultades, divisiones. Es clamoroso también que cada vez más existe un entorno hostil generado por el gobierno, los partidos que lo apoyan y muchos medios de comunicación. Esta hostilidad en demasiadas ocasiones es además absolutamente sectaria y cerrada a todo tipo de razonamiento.
Todo esto es cierto, pero importa mucho menos que nuestra capacidad o incapacidad para convertirnos cada día. Lo que San Pablo nos dice a través de las lecturas de la misa de este tiempo litúrgico sirve de contraste con lo que son nuestras actitudes como cristianos.
 
Se corre el riesgo de convertir el cristianismo en un acto estrictamente litúrgico, que empieza y termina acudiendo a la iglesia, pero que después se traduce muy poco en relación con la familia, con los amigos y, sobre todo, en el entorno social y económico en el que vivimos.
 
Existe otro riesgo, el de un cristianismo pseudo social que en nombre de la agitación y propaganda, sea esta de derechas o de izquierdas, lo sacrifica todo a la eficacia de su objetivo político, sea esta la consecución de una sociedad más justa o el mandar a Zapatero a casa, que sin duda sería un acto de salvación para el mundo.
Pero esto sirve de poco incluso es contraproducente en cuanto a los efectos que se busca, si el cristiano no se presenta como lo que debe ser: un seguidor, un imitador de Cristo, donde la caridad brille al lado de la fe y la esperanza, donde la paciencia, la capacidad de reconciliación, la mansedumbre, la humildad, es decir la voluntad de servir, sin preocuparse del lugar que le corresponde en el desfile, y otras muchas cuestiones que no es ahora necesario reiterar.
 
Nuestra acción en la sociedad debe mantener un buen equilibrio con el testimonio que damos como cristianos. No se trata de que dejemos de actuar sino que nuestra actuación guarde proporción con nuestra capacidad para ejercer las virtudes cristianas. Se trata, eso sí, de dejar de quejarnos para pasar a preguntarse ¿qué estoy haciendo yo para mejorar este estado de cosas? Se trata de frecuentar los sacramentos pero con la voluntad de que su acción transformadora la manifestemos en nuestras actitudes y nuestro compromiso.
Hace algún tiempo escribí un artículo sobre los primeros cristianos, creo que vale la pena repetirlo, porque puede ayudar en la reflexión personal:
El miedo a parecer cristiano
¿Por qué el cristianismo, una fe de pobres y esclavos, alcanzó tan rápida expansión en los dominios y el corazón del Imperio Romano? Y en abierto contraste, ¿por qué hoy languidece en buena parte de Europa; en este país claramente?
 
Aquella civilización no se convirtió a las religiones de Mitra o Cibeles a pesar de su aceptación, ni tampoco cayó en el escepticismo filosófico, tan querido del gran emperador Marco Aurelio, que contemplaba con desagrado cómo se extendía el cristianismo por la milicia y la nobleza. Porque en una extraña inversión el esclavo transmite al amo su fe en Jesucristo, “El resucitado”, y su promesa de vida eterna, como en el caso de Hermes el alto funcionario convertido por su esclava vieja y ciega.
 
Y es que desde el origen la mujer desempeña un papel extraordinario en la difusión del Evangelio, la “Buena Nueva”. Plinio, pagano, refiere con sobrada ironía y despecho esa nueva “religión de mujeres”, que a pesar de ello y en aparente contradicción, prende como la yesca en las legiones, empezando por las cohortes pretorianas a las que ya predicó Pablo. Las virtudes militares, obediencia, disciplina, servicio y desprecio a la muerte, casan bien con el cristianismo. Llega a ser tan nutrida su presencia que la última persecución empieza con la depuración de las legiones.
Lo que choca de los primeros cristianos, como narra de manera única Adalbert Hammam, es su presencia en el taller, la plaza, el bazar, ahí están como los demás, visten igual, aunque con más austeridad y sencillez, al tiempo que sirven fielmente a leyes paradójicas y contrarias a la concepción helénica, como se cuenta en la Carta a Diogneto.
 
¿De dónde procede su eficacia? ¿Por qué el mundo se hace cristiano? No existe una causa única. Pero sí hay textos suficientes de amigos y contrarios que nos permiten entenderlo. No viven, a pesar de los riesgos, la fe solo en la intimidad, encerrados en sus rezos, sino que hacen frente sin complejos a la abrumadora y hegemónica sociedad de los filósofos paganos.
 
Luciano, adversario, señala la importancia estricta que conceden a los libros sagrados y a la celebración litúrgica, el respeto hacia sus presbíteros, a los que tratan de suavizar los riesgos y condiciones de vida. La fraternidad enseñada por su Fundador les une por encima de las diferencias locales. Dan poca importancia al dinero y lo aplican a los menesterosos.
 
Galeno, el conocido médico, hace un diagnóstico distante y claro. Detalla el éxito de las parábolas para la comprensión de gente incapaz de mantener una atención contenida. Sencillez y claridad en el relato, aunque cuando se requiere –dice- actúan como verdaderos filósofos. También le llama la atención -poderoso común denominador de todos los observadores- su desprecio por la muerte confiando en la vida eterna, y su pudor- palabra casi perdida- y, recato para, atención a la frase, ”el uso del matrimonio”, al que se esfuerzan en ser fieles. “Habiendo incluso entre ellos quienes se abstienen de toda relación sexual ”.
 
Extraños son esos cristianos bien integrados en el mundo pero no sometidos a él. “ Por medio de una dirección, de una disciplina del alma y una rigurosa aplicación moral, han adelantado hasta tal punto que nada tienen que envidiar de los auténticos filósofos”.
No es ninguna sofisticada estrategia o plan pastoral lo que propaga la fe, sino la actitud existencial. Obispos que saben que su fin es el martirio, la santidad o ambas cosas, y que no viven temiendo el poder de los hombres. Presbíteros consagrados a Jesucristo, entregados día y noche a su comunidad, respetados y cuidados por ella porque son iconos del Maestro. Pobres, señores, soldados, “filósofos” -cada vez más-, hombres y mujeres -laicos- que viven su vida al lado de los demás, comprometidos esforzadamente con su fe.
¿A quién puede extrañar, por tanto, que la Iglesia aquí languidezca cuando tantos cristianos temen -por serlo- la muerte, social, pública, económica, como cualquier pagano?
Josep Miró i Ardèvol
josepmiro@e-cristians.net  

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