¡El PSOE ha vuelto!

Sí, pero ha vuelto mal. Circula estos días por Internet un maléfico retazo de realidad, una fotografía con texto de Carme …

Sí, pero ha vuelto mal. Circula estos días por Internet un maléfico retazo de realidad, una fotografía con texto de Carme Chacón del 28 de septiembre de 2007, cuando era ministra de Vivienda, con un titular destacado que dice: "vamos a agilizar los desahucios". No es la única ‘perla de la corona’, también podrían divulgarse sus reiteradas afirmaciones de que la construcción no sufría ninguna crisis y que se produciría un aterrizaje suave de la monstruosa fiebre constructora que registraba España. De Rubalcaba también podríamos conseguir jugosas afirmaciones que levantarían hoy el sonrojo. De otros, como Medina, conseguiríamos poca cosa porque, prácticamente, en términos de gestión política, nada ha hecho. El PSOE, en realidad, lo que tiene es un grave problema de cuadros dirigentes: o están quemados o son imberbes. Y la experiencia de ser gobernados por una persona que es prácticamente una pizarra por estrenar, caso de Zapatero, la hemos pagado todos con dureza. A pesar de ello, los socialistas se reúnen y le dedican un caluroso aplauso a aquél que contribuyó de una forma decisiva a hundirnos todavía más de lo que podíamos estar, por una pésima gestión de los tiempos y de los recursos del Estado.

Pero, eso no es todo en relación con la vuelta del PSOE. Solo hace falta leer lo que dicen que harán para que se te caiga el alma a los pies y se constate que estamos ante un partido perfectamente inmaduro. Un programa de gobierno no puede ser nunca una suma interminable de cuestiones que "queden bien". No puede consistir en una especie de catálogo de cosas recolectadas aquí o allá, porque si bien cada una de ellas considerada en sí misma puede ser interesante, positiva, una detrás de la otra configuran un algo perfectamente incongruente e irrealizable porque son plenamente incompatibles. No pueden formar parte del mismo paquete de gobierno comprometerse a una sanidad y educación de primera; a un fondo social para los sectores con menores ingresos; a invertir en las empresas estratégicas; a desarrollar políticas ambientales; a mejorar la inversión en infraestructuras, industrial y energía… Todo eso al mismo tiempo es imposible en un Estado que no tiene dinero. Son promesas de seguro incumplimiento y, como tal, falsas. No se puede afirmar razonablemente que se va a ingresar de un año para otro un montón inmenso de dinero a base de "una reforma fiscal que reduzca el fraude, recupere progresividad y nos sitúe en la presión fiscal europea aportando cinco puntos del PIB a nuestros ingresos". Esto puede ser presentado como un objetivo deseable, pero no como el mecanismo que va a financiar un gasto extraordinario durante los cuatro años de gobierno del PSOE. Todo ello no se consigue de un día para otro. Reducir el fraude es una necesidad absoluta, pero a base de un esfuerzo que va a durar años. Además, si la reforma fiscal no encara mucho más racionalmente la situación actual, en la que se exprime de una forma desaforada a las rentas del IRPF y, al mismo tiempo, se opta por aumentarla, lo que posiblemente suceda es que el fraude aumente, porque este no solo es un indicador de debilidad moral (un problema que no se resuelve de hoy para mañana y mucho menos con una ley) sino que además hay una razón de coste de oportunidad. El estímulo para defraudar es tanto mayor cuanto mejor es el premio. Es decir cuanto más alta es la presión fiscal que con la defraudación se evade.

Esta gran reunión del PSOE que España necesitaba ha sido solo un catálogo de la demagogia de siempre, con la escuela, el aborto, una reforma constitucional al estilo bananero, o sea a base de incorporar multitud de puntos concretos, cuando parecía que habíamos asumido la experiencia de que las constituciones cuanto más breves y generales son, mejores resultan; y después este larguísimo catálogo de medidas que se excluyen mutuamente. El PSOE no ha hecho dos deberes decisivos. El primero, asumir críticamente la fase de Zapatero y pedir perdón por ella. El PSOE está obligado a pedir perdón por lo que ha hecho gobernando durante aquellos ocho años y mientras no lo haga carece de legitimidad moral. La segunda cuestión es la de encarar su propuesta de gobierno para mejorar; lo que hace el PP (que pensamos que no es tan difícil) a partir de diagnosticar con realismo el punto de partida. Esto es precisamente lo que no han hecho y lo que señala que el PSOE está lejos de ser un partido de gobierno. Anda como loco para ganar votos como sea, pero eso resulta más un peligro que otra cosa.

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