El Reino de los Cielos: un western de indios buenos y blancos malos

Decía hace poco el escritor de novela histórica (El Abisinio, El Cerco de Ispahán) y diplomático francés Jean-Christophe Rufin que el peligro del mund…

Forum Libertas

Decía hace poco el escritor de novela histórica (El AbisinioEl Cerco de Ispahán) y diplomático francés Jean-Christophe Rufin que el peligro del mundo no está en los fanatismos, sino en "el imperio de la ideología soft". Y como síntoma, que "la Historia es vigilada y reducida a elementos folclóricos estilo Parque Astérix, un consenso blando en que los derechos humanos han proliferado hasta el absurdo". Pues esta es la ideología que sustenta -es un decir- El Reino de los Cielos.
 

La historia empieza como Gladiator, pero allí tenía mucho más sentido. Al general romano Maximus le había traicionado el nuevo emperador, había asesinado a su mujer e hijo y había arrasado sus tierras. Después desfallece y es llevado al desierto africano. Con el tiempo recuperará las ganas de vivir a partir  de una pasión primaria y comprensible: vengarse.
 
Pues bien, en El Reino de los Cielos, Balian es un herrero rural francés (de fondo, desaprovechado, el magnífico castillo de Loarre en Huesca). Está trastornado porque su hijo murió y por ello su mujer se suicidó. Aquí ya hay una diferencia: Maximus recibió un golpe muy fuerte cuando asesinaron a su familia en la pacífica Hispania del s.III, pero perder un niño pequeño en la Francia medieval entra dentro de lo frecuente. ¿De verdad es esto causa de sucidio para una joven madre del campo francés en el siglo XII?
 
El tema es importante, porque todo se inicia con unos insensibles aldeanos y un clérigo fanático que entierran a la suicida en un cruce de caminos tras cortarle la cabeza. Tras esto, el cura rural va a pedir a Balian que se haga cruzado para expiar los pecados de su mujer, aunque ella está -asegura el cura -en el infierno sin cabeza (¿qué se puede expiar, si ya está en el infierno?, nos preguntamos). Vemos una constante en la película: la falta de voluntad para entender la cultura que se retrata, una cultura en la que el sufrimiento es frecuente pero también la esperanza. El suicidio se veía como una deserción, el rechazo del amor de Dios, de la esperanza y el futuro. Las comunidades medievales, que tienen la muerte integrada en su vida cotidiana mediante ritos, oración y vivencia compartida, no pueden admitir el suicidio. Pero de ahí a regocijarse en el cura insensible hay diferencia.
 
Balian, enfurecido, ataca y mata al cura. Es culpable y sabe que es culpable: eso le diferencia de Maximus en Gladiator. Cuando le vienen a prender soldados del obispo, podría haberse entregado, asumir su culpa y redimirla marchando a las cruzadas, que de hecho es lo que ya estaba pensando hacer. En vez de eso, se entabla un combate absurdo entre los soldados y los cruzados que han acogido a Balian. Vencerá y con el tiempo, tras un naufragio, despertará en el desierto de Tierra Santa para iniciar su nueva vida… como Máximus hacía al despertar en el desierto africano de Gladiator.
 
De hecho, toda la película está llena de peleas absurdas desencadenadas por personajes de motivaciones poco claras. Los templarios, con Guy de Lusignan a la cabeza, atacan una caravana musulmana, al parecer para enriquecerse; luego causan una matanza de civiles para provocar la guerra. ¿Qué les mueve en realidad? ¿El fanatismo religioso? Quizá, pero no queda claro en sus palabras, y mucho menos en la psicología de Lusignan: para ser un fanático religioso hay que demostrar algo de religiosidad sincera. ¿La simple voluntad de poder y riquezas? ¿Por qué entonces se enfrentan tan directamente al poderosísimo Saladino cuando es evidente que no tienen fuerzas para ello? Que son fanáticos religiosos lo sabemos porque se nos repite, pero ni lo vemos ni se comprende.

 
Continuamente se repite el efecto que ya hemos visto en esas películas del Oeste en que los indios son buenos, quieren la paz, pero los blancos son malos y de gatillo rápido. En estas películas los protagonistas blancos intentan mantener la paz parlamentando con los sabios ancianos indios, mientras los jóvenes bravos (indios o blancos) buscan la guerra sin cesar. Esto, que se entiende en el Western americano, no es muy creíble en la era de las Cruzadas, cuando musulmanes y cristianos llevaban un siglo largo de guerra y paz intermitente en Tierra Santa y habían establecido -según el gusto medieval- un fuerte respeto por el rival y unas normas de comportamiento y diplomacia. Los medievales -cristianos y musulmanes por igual- eran ante todo ceremoniosos y protocolarios. Sin que eso impidiese barbaridades de distinto tipo.
 
Tampoco las escenas militares satisfacen al espectador. La gran batalla de Hattin se nos escamotea: vemos marchar al ejército con la reliquia de la Santa Cruz -sin la guardia de Jerusalén- y luego ya vemos los cuervos sobre los cadáveres y a los musulmanes cortando y apilando cabezas. Tampoco en el Krak de los Templarios hay una verdadera batalla: Balian y unas docenas de sus caballeros cargan contra cientos de jinetes, la cámara desde el cielo nos los muestra maniobrando no se sabe bien para qué y poco después han sido todos vencidos. Al fondo, el castillo de Loarre otra vez, pero esta vez hace de fortaleza templaria en Tierra Santa.
 
Y es que aunque continuamente aparecen masas increíbles de ejércitos (siempre sin carros de suministro) e impresionantes bosques de lanzas y estandartes, sólo hay una batalla auténtica: el asalto a Jerusalén. Aquí sí vemos tres rondas de asalto a una ciudad amurallada, catapultas y trebuchets, arietes bajo cubiertas de madera, magníficas torres de asalto, aceite hirviendo, oleadas de flechas, todo a su ritmo, en su momento, según lo que captamos como el "arte de la guerra", con un orden que da realismo a este combate. Dejando aparte una escena espectacular pero poco creíble (torres de asedio cayendo en dominó enganchadas por garfios de cruzados) el ataque a Jerusalén redime buena parte de la película. Desde la Juana de Arco de Luc Besson, ningún asedio medieval se había trabajado con tanto realismo (exceptuamos el impresionante asedio de El Retorno del Rey por sus elementos fantásticos: es otro género y otra la motivación).
 
El fallo principal de la película es su condescendencia sobre los medievales y su religión. Todos los curas y obispos son cobardes desequilibrados. Los personajes buenos son aquellos que no se creen del todo su religión. Balian hace una arenga a los defensores de Jerusalén que jamás habría hecho nadie del s.XII, explicando que los Santo Lugares no son tan santos, que da lo mismo que sean de los musulmanes que de los cristianos… ¡y con eso quiere convencerles de que luchen frente a Saladino! Balian tiene dudas sobre Dios, ha rezado en el Gólgota y no ha sentido que Él responda.
 
Un caballero de la Orden del Hospital le recomienda que no se preocupe de la fe, sino de las obras, que lo que vale son las buenas acciones, lo cual no deja de ser una simple predicación del pelagianismo. Balian quiere ser un caballero íntegro, pero se acuesta con una mujer casada sin el menor remordimiento. Eso sí, no quiere que a su marido se le ejecute -¡aunque es culpable!- porque va contra su honor… como si el adulterio no fuese contra el honor de un caballero.
 

Saladino y el Rey Balduino (el rey Leproso, con una mascara de elegante metal al estilo Gladiator) son unos caballeros (lo cual es bastante histórico) porque no son muy creyentes, o al menos no dan mucha importancia al tema… y esto ya no es tan histórico. La idea de fondo, una y otra vez, es que no hay diferencia entre las religiones, que tener convicciones religiosas fuertes es malo y que lleva a la guerra. Hay una caricatura de la realidad medieval con predicadores en los caminos europeos proclamando "matar un infiel es el camino al Cielo". Nada que ver con el respeto a la religiosidad popular con que se trataba a Maximus en Gladiator: una y otra vez, el general romano rezaba a sus antepasados, ante figurillas de los lares de su linaje, esperando el reencuentro en el Más Allá. Aquí, en cambio, el cristianismo no pasa de ser rito vacío…
 
Por último, cabe criticar la música: en los momentos "eclesiásticos" combina polifonías del barroco, en la muerte de Balduino es casi belcanto, y no viene a cuento. Durante el asedio suena un Ave María demasiado moderno y sin que haya habido ninguna alusión a la Virgen en toda la película. En general, la música es anacrónica y desacertada. En cuanto a la fotografía, no es luminosa ni en Francia ni en Tierra Santa: no ciega el sol sino el polvo. Los interiores parecen un eterno atardecer melancólico, no necesariamente elegante.
 
Ridley Scott, el agnóstico
 
Puede ser interesante recordar unas anécotas de Scott con periodistas cristianos comentada en CHRISTIANITY TODAY:
 
"Yo soy agnóstico porque atravesé el típico proceso de tener padres que me insistían en que fuese a la iglesia a pesar de que ellos no lo hacían. Así que allí estaba yo, en la silla, pensando qué hago aquí, mejor estaría jugando a tenis, de verdad. Yo era monaguillo, y entonces van mis padres y descubren que hace un año que no me paso por allí a hacer de monaguillo, que llevaba un año jugando a tenis los domingos, así que cuando me dijeron supongo que no es lo tuyo, respondí, la verdad es que no."
 
Scott rápidamente enfatiza que aunque tiene dudas sobre los sistemas e instituciones religiosas, no tiene problemas con la fe en sí, y de hecho insiste -en la película y ante los periodistas- en que Jesús decía que el Reino de los Cielos está en la gente (Lucas 17,21). En la perspectiva católica, el Reino de los Cielos en la tierra empieza en la Iglesia, es la gente bautizada y transformada en Cristo. Pero puesto que en la película la Iglesia son sólo fanáticos y corruptos y los buenos cristianos son los que no tienen una relación personal -ni institucional- con Dios sino sólo algunos individuos que "hacen cosas buenas", queda claro que al final todo se reduce a tener sentimientos más o menos caritativos.
 
O volviendo a Jean-Cristophe Rufin, una desideologización de la sociedad. Pero para hacer una historia sobre las Cruzadas, iría bien alguien con capacidad de creer que los medievales no eran tontos ni crueles ni fanáticos, sino que estaban sinceramente convencidos de que valía la pena el esfuerzo de peregrinar y luchar en Tierra Santa frente a un Islam que llevaba siglos extendiéndose por la espada y que en apenas cuatro siglos más ocuparía buena parte de Europa y llegaría hasta Viena.

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