El sistema electoral español: Algo se mueve

El viernes 18 de junio, la vicepresidenta primera del Gobierno español, Mª Teresa Fernández de la Vega, anunciaba entre un cúmulo de informaciones que…

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El viernes 18 de junio, la vicepresidenta primera del Gobierno español, Mª Teresa Fernández de la Vega, anunciaba entre un cúmulo de informaciones que el ejecutivo propondrá el desbloqueo de las listas electorales para futuras elecciones. Es una noticia que ha pasado inadvertida para la mayor parte de los medios de comunicación pero que encierra una notable importancia y que debe relacionarse con otra anterior, mucho mas conocida, como es la elección directa de los alcaldes. Definitivamente el sistema electoral español, uno de los menos democráticos de Europa (por no decir directamente el que menos), parece que va a ser revisado. Ya era hora.

El sistema democrático español se basa en la proporcionalidad reforzada por aplicación de uno de los múltiples métodos que existen en este sentido, en nuestro caso la ley D’Hont. La proporcionalidad nace de la experiencia histórica, del mal resultado del sistema de mayorías y minorías que se dio durante la Segunda República española y que forzaba la formación de grandes bloques a derecha e izquierda, sin capacidad para que se desarrollase el centro. Hay politicólogos que suscriben la teoría de que, en España, no habría habido guerra civil si el sistema electoral hubiera sido distinto. Esto explica la querencia por la proporcionalidad durante la transición, que es cuando surgió la ley que ahora tenemos. Esa proporcionalidad es común a la casi totalidad de países europeos. Las diferencias de población entre circunscripciones al escoger como ámbito la provincia (compárese, por ejemplo, Teruel con Barcelona) ha dado lugar a una notable diferencia del número de votos necesarios para obtener un diputado. Pero el principal efecto es que, en las circunscripciones pequeñas, aquellas que eligen 4 diputados o menos, el sistema proporcional se comporta en la práctica como mayoritario.

Pero con todo, estas posibles limitaciones de la ley electoral no deberían mover a una especial preocupación, dado que todos los sistemas son por definición imperfectos. Es como una manta un poco corta que, si se estira hacia arriba, deja descubiertos los pies y, cuando los pies quedan tapados, es el cuerpo el que está expuesto al frío. La cuestión más grave radica en la circunstancia de que las listas españolas son cerradas y bloqueadas. Esta segunda característica, que también tiene una explicación histórica, sí que es una anomalía extraordinaria en Europa, una excepción, porque todo el mundo sabe que el resultado es la desvinculación entre el elector y el elegido y la conversión del sistema democrático en una partitocracia. Cuando se celebraron las primeras elecciones de la actual democracia, el 15 de junio de 1977 y después en 1979, los partidos políticos que surgían de la época franquista, donde la falta de libertad impedía su desarrollo, eran por naturaleza frágiles. De ahí que las listas cerradas y bloqueadas fueran la mejor terapia para fortalecerlos. Así se conseguía que la dirección del partido tuviera una voz determinante en la elección de los diputados. En realidad, era dicha dirección quien decidía quién era diputado o no al ordenarlos en la lista. En función de las expectativas de cada organización política, se podía saber cuáles eran los diputados seguros, los probables si las cosas iban bien y los que, con toda certeza, no saldrían. Y esto, sin duda, es una fuerza determinante, absoluta en la vida política.

A diferencia de otros países, donde el centro de gravedad de la política de partidos está en los diputados, porque son ellos los que deben esforzarse en conseguir los votos, en España está en los respectivos secretarios generales y sus aparatos. Un secretario de organización es un hombre 100 veces dotado de mayor poder político que la mitad de los diputados juntos. El resultado, que tenía en su inicio un propósito benéfico (dar consistencia a los partidos políticos), se ha transformado en el transcurso del tiempo en un mecanismo perverso. Los ciudadanos hoy no votan a personas, a diputados, sino al que encabeza la lista. De esta manera, se transforma cada elección en un sistema presidencialista cuando, en realidad, funcionamos bajo un parlamento y, en todo caso, vota la etiqueta.

Funcionamiento único en Europa

Es el peor sistema de funcionar. De hecho, en Europa, no existen casos parecidos ya que, en todos los casos, cada país se ha buscado un poco a su manera la mejor forma de articular, de relacionar el diputado con sus votantes. En Francia, donde impera un sistema directo a doble vuelta, cada circunscripción elige directamente a su diputado. Este sistema, una variante atenuada del sistema uninominal británico donde todos se eligen a una sola vuelta, tiene la ventaja de que relaciona perfectamente el diputado del distrito con un numero reducido de electores que saben a quién deben dirigirse para exigir el cumplimiento de las promesas, para presentar la serie de problemas y necesidades que se producen a lo largo de los 4 años de gobierno, algo que no existe en España, donde el ciudadano es un ser desnudo que no tiene donde acudir. En otros lugares, existe el sistema proporcional y el voto preferencial en la lista, es decir que, a diferencia de España, la lista no está bloqueada, sino que el elector puede marcar a aquellos diputados de sus preferencias. Esto tiende a primar el reconocimiento de las personas y a buscar a aquellos que más satisfacen por su perfil a los ciudadanos.

Es un paso en un sentido positivo, aunque no corrige del todo la naturaleza impositiva de las listas ni, por otra parte, crea de manera clara el diputado por circunscripción, aunque siempre pueden practicarse adscripciones a posteriori que tendrán mucho de artificioso, porque aquel diputado que se encargue de un territorio determinado sabe que, en el futuro, su lugar en la lista y sus preferencias dependerán del conjunto de ciudadanos y de su propio partido, y no sólo de aquellos a los que se dedica a defender. Pero en cualquier caso, es una solución mejor que la carcelaria lista cerrada y bloqueada española. El sistema proporcional con voto preferencial todavía puede mejorarse si la lista es abierta, al facilitar que se puedan mezclar candidatos de distintas listas. Esta fórmula es, desde todos los puntos de vista, mucho mejor que la anterior, aunque requiere una gran educación política de la ciudadanía. Pero esto nunca debe ser visto como un inconveniente, sino como un acicate. Su máxima dificultad radica en el recuento de los votos, que es mucho más largo y extenso.

Posiblemente el rey de los sistemas sea el que se practica en Alemania, que combina la proporcionalidad pura con la elección directa de los diputados. Su funcionamiento es muy claro. De hecho, cada ciudadano tiene dos votos: Uno sirve para elegir el diputado de distrito, es decir a la inglesa, con circunscripciones personales donde solamente sale elegido un diputado, que es aquél con quien los ciudadanos mantendrán relación directa. Y un segundo voto se dirige a las listas que funcionan bajo el sistema proporcional. En este caso, los escaños se distribuyen con criterios estrictos de proporcionalidad, si bien suele existir un límite mínimo que se sitúa en el 5 por ciento, barrera que también puede situarse en el 3 por ciento para poder acceder a un diputado. Esta bolsa común que forman las listas proporcionales puede ser a escala de todo el país o bien en el ámbito de los estados federales o landers, el equivalente a las comunidades autónomas, como sucedía en el pasado.

Una cosa esta clara: El sistema actual de elegir diputados en España debe desaparecer, porque es necesario y urgente que los ciudadanos puedan elegir directamente a sus representantes.

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