El suicidio católico

Apuntaba el periodista, Francesc Marc Àlvaro, que es un mal asunto que el hecho religioso esté presente en la política. Sucedía en un debate en “Àgora…

Apuntaba el periodista, Francesc Marc Àlvaro, que es un mal asunto que el hecho religioso esté presente en la política. Sucedía en un debate en “Àgora”, ese programa ejemplar de TVC que dirige Ramon Rovira.
 
Pero Montilla y Carod deben pensar lo contrario cuando en plena campaña electoral promueven el realce de sus visitas a los dos arzobispos catalanes, el primado de Tarragona y el de Barcelona, y los abades de Montserrat y Poblet.
 
 Es también  el caso del portavoz de la Generalitat, Nadal, quien acudió por idénticas fechas  al Vaticano para subrayar la voluntad socialista de una mejor sintonía futura con la Iglesia, y con los ciudadanos católicos que en definitiva son quienes intervienen directamente en política.
Todo esto es bueno y lógico. El sentido religioso es constructor de culturas; por tanto intérprete del hombre y del  mundo; de valores, virtudes y comportamientos. Por esta causa la dimensión religiosa está presente en aquellos aspectos políticos que guardan mayor relación con la condición humana.
 
Alguien nada sospechoso de meapilismo como Tessek Kolakoswki lo advierte: “ser totalmente libre de la herencia religiosa o de la tradición histórica es situarse en el vacío y, por lo tanto, desintegrarse”.
La actual buena voluntad socialista, incluso la de ERC, es un signo de madurez aunque pueda parecer oportunista, pero es demasiado tenue para promover ahora el voto católico. Entendámonos, allá cada cual con su conciencia, pero la práctica desarrollada por los partidos del tripartito resulta incompatible con lo que la Iglesia promueve.
El Título I del Estatuto que establece como principios de gobierno concepciones que excluyen necesariamente a los católicos de la vida pública, no es algo que pueda borrarse con carantoñas sino con hechos. Pero estos ni tan siquiera ahora confirman la rectificación.
 
El último y reciente regalo socialista ha sido el proyecto de Código de Familia, recopilación de todo lo que resulta más contrario no ya a lo cristiano sino a la ley natural. Incluye además  innovaciones demoledoras como la de suprimir  la obligación de los cónyuges de guardarse fidelidad. ¿Pero puede existir el matrimonio sin fidelidad?
 
O bien el hecho de que a los pocos días de haberle rendido pleitesía al Vaticano, la consejera  de sanidad, Marina Geli, asumía oficialmente el proyecto que postula la eutanasia. Casa mal esta simultaneidad de realidades con las intenciones proclamadas en las  visitas eclesiásticas.
A lo largo de tres años los partidos del tripartito han rechazado todo diálogo. Han negado de manera irresponsable que exista un modelo socialmente deseable de familia. Tanto da el matrimonio estable con hijos, que las  parejas que cohabitan, los matrimonios desestructurados, o las uniones homosexuales.
 
Confunden el ejercicio de la libertad personal en la vida privada con el interés de la sociedad, que necesita de la promoción y salvaguarda de las instituciones singulares socialmente valiosas, como el matrimonio con descendencia y capacidad para educarla.
 
Han convertido en eje de su gobierno una ideología sectaria, la perspectiva de género, que concibe una sociedad fundada en el principio de que “hombres y mujeres no sienten atracción por las personas de sexo contrario porque no obedece a razones naturales, sino a un condicionamiento de la sociedad”.
 
Han hecho posible que Barcelona sea la meca europea del aborto mediante un fraude gigantesco de ley, hasta el extremo de atraer, por escandaloso, la atención de los medios de comunicación europeos.
 
Y recordemos la limitación de la cultura cristiana en la escuela pública a la vez que se promueven campañas a favor de la increencia; el recorte al ejercicio del derecho de los padres a la educación de sus hijos; la discriminación contra asociaciones que sostienen valores que se oponen a todo esto, convirtiendo la subvención y el convenio en arma de adoctrinamiento.
Esto y más son los hechos de tres años. Ojalá el nuevo enfoque de Montilla permita un futuro distinto, pero en él mientras tanto, apoyar con el voto al tripartito sería simplemente un suicidio católico.
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