El valor de la democracia concreta

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Uno de los problemas centrales de nuestro tiempo radica en la concepción política liberal ilustrada que ante el poder del Estado sólo deja espacio para los derechos individuales. La individualización de los derechos es la respuesta liberal en el marco del antiguo régimen, filosóficamente ligada a la idea de emancipación y autonomía personal. Como todas ellas, su origen señala una falla del sistema, y propugna una vía valiosa de solución, pero su afirmación de que los derechos individuales como único bien a preservar acaba comportando graves carencias y desequilibrios sociales, en beneficio de los que tienen el mayor poder.

La nueva situación presenta dos diferencias esenciales en relación al régimen medieval. Es el individuo aislado que en todo caso discute con el poder y esto significa siempre un mal asunto para el discrepante. Pero como no puede afrontar solo al poder se desarrolla más y más la administración de justicia hasta construir un régimen híper fiscalizado como el actual, que surge de aquella debilidad individual, y de otra muy importante, el olvido o menosprecio de la virtud, su reconocimiento, educación y práctica. Para compensar el individualismo surgen otras fórmulas de carácter asociativo voluntario, y se desarrollan los Partidos, y los Sindicatos, que evolucionan hasta asemejarse hoy a los gremios medievales, en lo peor; la defensa a ultranza de unos estrechos intereses corporativos, Porque es muy evidente, en el caso de España, que los grandes sindicatos no actúan en beneficio de todos los trabajadores, sino sobre todo de los asalariados con contratos fijos.

El nuevo ser individual protegido solo y protegido por la ley es un ser auto referenciado, y no tiene otra limitación que la que él quiera interpretar o legislar. Se desarrolla así otro Imperium cultural de difícil control: el subjetivismo más desbocado, el predominio del Yo sobre el nosotros, la destrucción de lo común, y con él del vínculo. La crisis enorme de la familia está inserta en esta dinámica.

La revolución liberal e ilustrada tiene, y esto no se puede olvidar, un origen y una aplicación política concreta, que después se ha universalizado. Se trata de la emergencia de la burguesía como grupo social, que disponía de un importante poder económico, pero carecía del correlativo peso político, sobre todo a causa de los derechos colectivos, tanto por parte del rey y la aristocracia, como, y no hay que olvidarlo, de las comunidad intermedias, como los municipios, los gremios, cofradías y hermandades; la propia Iglesia, los derechos sobre pastos, bosques y agua, eran un buen ejemplo. La revolución liberal y burguesa generó un nuevo tipo de derecho particularmente importante para la persona que disponía de un buen patrimonio y buenas rentas, y muy limitado para el payés y el menestral. La contrapartida para ellos resultó negativa, porque desaparecerían los derechos colectivos, muy concretos y específicos, que los protegían de los excesos del poder económico, y les garantizaban beneficios comunales y gremiales. Emergieron derechos individuales generales y abstractos, y fueron liquidados derechos colectivos concretos. No tenía por qué ser así, ni visto en perspectiva esta ha resultado la mejor solución.

Cuando se llega a este punto claramente económico, la lógica del razonamiento liberal da un salto y deja de justificar la transformación por un principio ético, el de los derechos individuales, sobre derechos colectivos destruidos, e introduce un razonamiento de signo económico, muy preciso, que hoy es hegemónico en el ámbito económico, y está en la raíz de los problemas de depredación económica, injusticia social y destrucción medioambiental. El argumento hoy vigente es que el nuevo modelo liberal permitía maximizar la producción ahogada por derechos colectivos. Ya no se trataba de un equilibrio entre los diferentes estamentos, sino de una cosa muy diferente: propiciar la máxima acumulación de capital. El tipo de capital que se acumula, sus consecuencias -las externalidades del economista-, la afectación sobre la vida de la comunidad, la sujeción de las unidades de producción a los intereses de la comunidad, esto ya no interesa. Sólo cuenta la acumulación y eso tiene dos expresiones no necesariamente buenas: la riqueza personal como fuente de la máxima legitimación y reconocimiento, y el Producto Interior Bruto, el PIB, como máxima expresión de la riqueza de un país, con las profundas y negativas consecuencias que tiene la forma en cómo se practican. Este es el fundamento del capitalismo, y también el de su derrotada antítesis, el marxismo, que se mueve, como bien recuerda MacIntyre, dentro de la misma lógica liberal. La respuesta es igualmente unidimensional: eliminar de hecho los derechos individuales y sólo dejar los colectivos, pero bajo el mismo imperativo de maximizar la producción Si la primacía de la individualidad es regulada por el mercado, la del colectivismo comunista lo es por la planificación centralizada, un instrumento perfectamente absurdo para una sociedad mínimamente compleja. Este cuestionamiento de la concepción liberal ilustrada está presente en países de democratización temprana y sin tradición liberal, como Estados Unidos, a través de los intentos históricos de limitar el poder de las grandes cooperaciones económicas que escapaban al gobierno de la comunidad. En contra de lo que trivialmente se afirma, en la tradición política americana hay siempre presente una preocupación por la dialéctica entre libertad de empresa y bien común reconocido en los intereses y necesidades de cada comunidad concreta.

Hoy el poder liberal y de mercado es criticado desde muchas vías. Quisiera señalar una que me parece particularmente constructiva: la perspectiva comunitaria, Sandel, Etzioni, entre otros, y mucho antes y desde una escuela distinta Maritain en Europa, y sobre todo dos autores que no son comunitaristas en el sentido formal del término, pero que son fundamentales, MacIntyre y Taylor.

La democracia liberal está en crisis y es bueno repensarla, que no destruirla. Respondió a un momento histórico, hoy tenemos suficientes experiencias para ver sus limitaciones, y también para recuperar y actualizar formas de participación y gobiernos tradicionales que la democracia individualista destruyó.

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