El voto en democracia (I): la proporcionalidad en el sufragio

Hablemos desde una perspectiva histórica por un momento, no personal. Contabilicemos el tiempo en décadas, o siglos, no en años. …

Hay adolescentes de 16 años con una opinión mejor formada sobre la política que adultos de 32. Hay adolescentes de 16 años con una opinión mejor formada sobre la política que adultos de 32.

Hablemos desde una perspectiva histórica por un momento, no personal. Contabilicemos el tiempo en décadas, o siglos, no en años. Si nos ponemos a analizar la evolución de los sistemas políticos modernos nos daremos cuenta de que el sistema democrático, implantado de manera sincera y total en un país, es un fenómeno relativamente nuevo.

Pocas generaciones han vivido bajo el espectáculo de la política multipartidista. Pocas, comparándolo con la historia mundial completa. Pero las personas no somos buenas en ponernos en la piel de los demás cuando estos han vivido en épocas distintas a la nuestra. Es muy difícil imaginar la vida cotidiana, con todos sus aspectos más nimios, y el sentir y la mentalidad de la gente corriente de entonces. Por eso, cuando oímos o leemos que una sociedad en otro lugar o tiempo fue o está siendo gobernada de manera autoritaria, muchos no somos capaces de imaginarnos plenamente el estar en esta situación. Es por eso que, aunque la ausencia de sistemas democráticos no está aún muy lejos históricamente, en la mentalidad de las generaciones actuales hemos desterrado de nuestros pensamientos e incluso de las plausibilidades más futurísticas o utópicas un sistema que retraiga los tan aclamados derechos de la ciudadanía, que con tanta sangre se lograron.

La idea detrás de la democracia es tan básica y justa que, para ejercer de abogado del diablo, y luchar contra ésta, hay que estar realmente preparado, y tampoco tiene mucho sentido hacerlo. Hay muy poco que se puede decir contra la idea de que el mero hecho de vivir en un país, de pisar sus calles, de aportar con el trabajo personal el crecimiento de éste y participar en sus costumbres te convierte automáticamente en un legítimo dueño de una pequeña parte al menos, de la soberanía nacional. Y esto es porque un país no es sino lo que su población es y crea. Pero todo esto lo sabe todo el mundo ya, de una forma más o menos definida. Y también todo el mundo sabe que la única forma de prescindir de esta idea es convertir un gobierno en autocrático. En ser injusto.

Pero, una vez que vemos que el sistema democrático, el mejor hasta la fecha, esta implantado y bien implantado, como lo está ya hoy en día aquí, es bueno empezar a hacerse preguntas, aunque sea simplemente para motivar un debate. Como, por ejemplo, si la soberanía popular reside en que uno existe dentro de la sociedad, con todo lo que conlleva existir, ¿no significaría eso que las personas más productivas están siendo tratadas de forma más injusta que las que lo son menos a la hora de ejercer su poder político, es decir, votar? O dicho de otro modo, si la única forma de cobrar en una determinada empresa es mediante entrando en ella, ¿porque entonces no todo el mundo en esa empresa cobra exactamente lo mismo? ¿por qué hay diferencias en la sociedad que premian a los más trabajadores con dinero, o cosas más abstractas, como el éxito social? La sociedad se moldea de manera automática alrededor de los más exitosos en todos los aspectos, hasta en quién dirige un trabajo en grupo en un colegio, pero las instituciones, con su naturaleza rígida, imponen a todo el mundo un solo voto, de valor 1.

Si a la hora de buscar consejo la gente busca a sus amigos más sabios y las empresas a los expertos más famosos, ¿por qué es buena idea el de tomar con la misma consideración al analista político de profesión y la persona que vota al candidato mas guapo/a? Máxime cuando estamos hablando de algo tan importante como es escoger el presidente de la nación. Quizá tengamos que reconocer que esta inconsistencia lógica es una demostración de que nuestro sistema político es todavía imperfecto, y que es excitante mirar al futuro.

Hasta ahora no se podía tener en cuenta este fallo, aunque fuera por razones meramente logísticas. ¿Como podía ser capaz de contabilizar hasta ahora un gobierno el valor de la contribución de cada una de las personas de su país? Era imposible. Pero hasta ahora. Ya se podría implantar un sistema de votación más complejo con las nuevas tecnologías informáticas, y la verdad, no sería muy difícil tampoco (si descontamos la voluntad política).

Hagamos un pequeño ejercicio de imaginación. ¿Qué cosas podrían aumentar el valor de voto de cada persona? La edad, por ejemplo. La edad otorga una experiencia y sabiduría irremplazable que debería ser contabilizada si queremos que las mejores intenciones y los mejores juicios sean las que dicten el futuro de la nación. El nivel educativo también es un indicador. Pasar Primaria, Secundaria, estudios superiores, cada escalón ha de poder sumar también. Cosas que pueden bajar el valor pueden ser antecedentes penales. Saber idiomas puede subir. Haber hecho el servicio militar puede subir. Dedicarse a causas humanitarias profesionalmente o crear riqueza de forma excepcional puede subir. Todo el mundo empezaría, de niño, con el valor de 1. Y dependiendo de cómo vive su vida cada uno, irá aumentando más o menos. La diferencia entre la gente consistiría al final en unas cuantas décimas.

Pero esto plantea dos problemas, dos injusticias. La primera y más obvia: ni siquiera en los países más avanzados nadie nace en una tabula rasa con la misma igualdad de oportunidades. Ha de haber un valor multiplicador que se acreciente cuanto más bajo sea el nivel de vida con quién alguien empezó a vivir, porque no es lo mismo ser un niño de clase alta poco inteligente y vago que desde pequeño tuvo todas las facilidades para ‘subir su valor de voto’ que ser un superdotado muy trabajador nacido en una familia muy pobre. Cada cosa que haga el segundo tiene mucho más mérito de por sí, comparándola con el primero, y éste mérito es precisamente lo que hay que contabilizar también.

El segundo problema radica en que muchas veces los jóvenes están mejor preparados, más informados y comprenden mejor la sociedad que mucha gente mayor. Además, tiene más mérito un proyecto emprendido por un joven que el mismo proyecto emprendido por alguien ya mayor y experimentado, de tener los dos proyectos el mismo éxito. Los ancianos tendrían visto su valor de voto elevado en comparación al de un joven, no correspondiéndose con la realidad esta relación. Por tanto, también un valor multiplicador que se atenúa con la edad es necesario para abordar esta desigualdad.

Al final, a muchos todo esto les suena complicado e innecesario, pero si de verdad la sociedad está harta de políticos populistas que tratan a la ciudadanía como niños u ovejas (fórmula muchas veces con éxito, desgraciadamente), este sistema puede ser un revulsivo que ayude a los políticos a tener un discurso más intelectual, sea éste de la ideología que sea, y con unos objetivos más realistas y largo-placistas, aunque sean dolorosos para la ciudadanía, porque sabrían que tienen un mayor respaldo para hacer las grandes reformas de turno que todo el mundo sabe que hay que hacer pero no se acaban haciendo nunca. Habrá gente que abusará del sistema, seguro. Se encontrarán resquicios, algunos se aprovecharán, otros muchos se quejarán porque su valor no se corresponderá al de la realidad, muchas veces con razón. Pero no se trata de eso. Hay que ir con la mentalidad de que medir a todo el mundo de la forma más precisa y verdadera es imposible, utópico. Y hay que ir con la mentalidad de que ese sistema es un avance sobre el anterior, en que a todo el mundo se les contaba igual.

Y por último, en línea con todo lo anterior, hay que aprovechar el cambio para quitar la artificial barrera de los 18 años para votar y diseñar un sistema relativamente simple por el cual la capacidad para votar se dé en línea con la progresión de la madurez de cada cual. Hay adolescentes de 16 años con una opinión mejor formada sobre la política que adultos de 32.

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