Él

Hoy voy a hablar de él. Al menos mientras me duren los ojos humedecidos. Qué le voy a hacer. Me pasa como a mi padre. Mi padre ten&iacut…

Hoy voy a hablar de él. Al menos mientras me duren los ojos humedecidos. Qué le voy a hacer. Me pasa como a mi padre. Mi padre tenía un temperamento fuerte y sanguíneo. Cuando yo o uno de mis hermanos soltábamos una impertinencia a la hora de comer, podía descargar un puñetazo en la mesa indignado por la insolencia y recolocar todos los vasos en una bonita pirámide. Incluso los libros de las estanterías se reordenaban. El aire se espesaba y se paraba el tiempo. Y todo el mundo sabía que la educación y la urbanidad tenían trazadas una línea que no debía cruzarse alocadamente. Luego, ese mismo hombre rubicundo e intransigente con la falta de modales, lloraba por un anuncio del Almendro, vuelve a casa por Navidad. Y ya no era nadie.

Me temo que he heredado su pronto y melindre a partes iguales. Así que mientras me dure la sensiblería por la lectura de su último artículo, hablaré de él.

Nunca he sido un mitómano. He de agradecer a casi 18 años de trabajo radiofónico la ausencia absoluta de mareo por plantarme delante de la estrella rutilante del momento y entre entrevista y backstage de concierto, comprobar que su carne era mortal como la mía. Y que olía como yo. En algunos casos peor. Así que nunca me han temblado las piernas por hablar con famosos, distinguidos o afamados. Insisto que no por virtud. Sólo por valor mercenario. Pero a mis cuarenta y algo he de reconocer que admiro a este tipo con un sentimiento secreto de groupie.

Un día, pienso, me lo cruzo por la calle Mayor y con todo lo admirado resulta ser un cretino de cuidado. Pero eso también me pasa cuando me miro al espejo. Así que la imbecilidad, no siendo un demérito en exclusiva de nadie, tampoco lo será suyo. Y sigo reflexionando sobre los motivos de esa admiración por él.

Mi padre era de Mazarrón y él de Cartagena. Luego compartimos la misma sangre murciana. Y orgullosete me añado ese detalle a mi saco. Su época de reportero de guerra le confiere una triste consciencia y una perspectiva aventajada respecto a la miseria y mezquindad humana. Mi periodo en los cuerpos y fuerzas de seguridad me proporcionan casi la misma visión de esa humanidad herida y suplicante. Por su compadreo profesional en lo bélico admira las curvas de un AK-47 y su historia revolucionaria, o disfruta con la explicación meticulosa de por qué el sable dibuja un ligero arco en su filo y posee un peso proporcionado a su capacidad ofensiva. Yo suscribo eso y me relamo en la rectitud de la corredera de una Glock 17 o en la estética de una Walther P99; así como me emociona la historia del bastón estoque, arma romántica por excelencia del siglo XIX, y como ocultaba en su fuste el acero de los duelos y el honor.

Entiendo perfectamente cuando uno se sorprende callejeando pegado a los edificios, y sin llegar a ser un gesto paranoico, se identifica eso como eco pasado de la prudencia de antiguo oficio y situaciones. Y me sonrío.

Los dos, como tantos millones, compartimos también el orgullo de sentirnos españoles sin complejos y sin complejos también asumimos lo torpes, palurdos, envidioso y cainitas que podemos llegar a ser.

Siendo mediterráneo como soy, el mar me da un respeto muy considerable, y admiro esa pasión por la náutica que ofrece y describe a la mínima ocasión, relacionándola con un navegar cotidiano en un océano de asfalto y humo.

Pero no comparto la desesperanza por el futuro, la desilusión por el hombre ni el amor sobredimensionado por los animales, por muy de compañía que sean.

Cuando me enteré que Vargas-Llosa se llevaba el Nobel de literatura, arremetí alocadamente contra el peruano-español de dentadura mural. Reconozco que lo hice como un empecinado y estúpido, más por prejuicios y desinformación que por un conocimiento contrastado. Lo que reconozco fue injusto y mentecato por mi parte. Y eso me llevó a ganarme una somanta de palos en diversos foros y discusiones. Cuando venga tu amigo Pablo, me dijo mi mujer ya cansada de mi tontura, te va a poner la cara como la bandera de Japón por lo que has dicho de Vargas LLosa. Y así fue. Mi amigo Pablo, que sí sabe de qué habla en lo referente a literatura (y fútbol) y puede mostrar cicatrices de editor, me tiró a la cabeza La ciudad y los perros, Conversaciones en la catedral y La fiesta del chivo sólo verme. -¿Qué me han dicho que vas diciendo por ahí de Vargas LLosa? mientras me abofeteaba con soltura y desprecio con conceptos como justicia en este premio, escritor estratosférico y genio de la literatura universal.

Y mientras estaba en el suelo ya hecho un cuatro y encajando las patadas de Pablo y mi mujer, alguien gritó por detrás ¿Y si no se lo lleva Vargas Llosa, quién se lo va a llevar, tonto del haba? ¿Eh? ¿Quién?

¡Coño!, pensé, ¡Que se lo lleve él! ¿Acaso no tiene un listado de obras de estimación comparable? ¿No ha conseguido que un público bachiller narcotizado por el Facebook y la Play, se imbuya en pleno Siglo de Oro español, entre callejones oscuros, aceros, sonetos y pasiones? ¿No es capaz de equilibrar con maestría la crónica diaria, soez y arrabalera, con el relato histórico y erudito? Y si de dignidades se trata ¿No es acaso tambien académico de la lengua?

¡Cállate hereje! me gritaba mi amigo mientras me pateaba las costillas y me mandobleaba con una primera edición de Pantaleón y las visitadoras en la cabeza.

Y es cierto que como uno de sus personajes posiblemente no sea ni el más honesto ni el más piadoso de mis escritores cotidianos. Pero sí el más querido. Por eso quería hablar de él. Me consta que en la mesilla se ha de dar codazos con Lewis, Chesterton, Posteguillo o De Prada -y algún otro que no citaré porque me dijeron que era novela femenina que ponía en entredicho mi masculinidad en preferencias literarias-, pero todo junto me importa menos que poco.

¿Qué puedes pedirle a un escritor? Que de aquello de lo que te habla, te estoque el alma sin piedad. Sin opción de acogerte a sagrado. La letra y tú, cara a cara. Qué pasa. Como un puñetazo en el estómago. Que esa página te deje con la boca abierta mendigando el aire a bocanadas. Los ojos muy abiertos y la inteligencia y la razón revuelta como la cama una loca. Porque aquello que lees, lo identificas como increíblemente propio o es una novedad desconcertante en tu vida, o te apasiona y emborracha, o te troncha de la risa floja, o te indigna hasta regurgitar ácido, o te ilustra y te admira o te emociona hasta llorar… pero no te deja indiferente. Jamás tibio. ¡Que un libro te lleve a otro, y otro a una película, y esa película a otro libro y ese otro a una calle importante, a un museo, a otro libro… y ese a otro!

Con todo el ruido carnavalesco, de estropicio etílico y mercado babilónico que destila la calle, la televisión y el rebaño de todas las madres que los parió juntos, que un fulano escriba como para asomarte a la ventana de la vida con los ojos entornados y pensando en silencio, es un regalo precioso que no tiene precio. Ni descripción posible.

Y seguro que le huelen las axilas como a mí. Eructa en ocasiones y se gira disimuladamente si se cruza con unos andares al borde del disloque, sinuosos y prietos.

Pero en la tecla es un trapecista elegante, o un gruñón ya de vuelta, sin atuendos de diseño, que en cuanto puede elogia y aprecia la educación y los modales sin tener que levantar el meñique para beber té. Y en el mismo teclear, y quiero insistir en esto porque en el caminar diario no tengo el gusto, te borda una aventura, te explica una batalla, o una película del oeste o de submarinos, te sitúa en la historia, esputa de lo que le duele España, la humanidad o un recuerdo, se aboca a un escote, se cisca en el que manda, se conmueve por una foto, le pone una vela a Quevedo y otra a Góngora, te iza la mayor, te tararea un narcocorrido y se calza un sombrero Panamá. O al menos eso me han dicho.

A todo esto me doy de morros con otro artículo suyo que me emociona como un tontuelo, y pienso ¡qué grande es el jodido!. Otra vez él. Un día me lo cruzo por Arenal y le digo algo. Así, cortito. Que pueda resumirlo todo en el instante que dura el cruce. Sin incordios.
Buenas días, don Arturo[Pérez Reverte].
Y gracias.

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