En busca de la trascendencia‘, de Alejandro Llano

Alejandro Llano es autor de uno de los libros más importantes de los últimos decenios en el panorama filosófico español. Publicado allá por 1987, su t…

Alejandro Llano es autor de uno de los libros más importantes de los últimos decenios en el panorama filosófico español. Publicado allá por 1987, su título, La nueva sensibilidad, anunciaba ya la tendencia de los tiempos, en cuyo sustrato se adivinaba una amalgama de corrección política paulatina (hoy extrema) y tiranía de los grupos de poder: ecologismo panteísta, feminismo castrador, indigenismos y pacifismos irredentos, regionalismos pacatos… entre otros.

Todo ello cuajaría con el correr de los años en lobbys cuyas notas comunes son la ausencia de pensamiento, manifestado en la repetición de consignas a modo de mantra, y la configuración forzada de una realidad que se les presenta como poco menos que reaccionaria.

Ese libro, de complicado acceso pero de inusitada clarividencia, dejaba entrever una lucidez y una anticipación asombrosas, y también un grado de ahondamiento intelectual difícil de igualar.

Por ese motivo es difícil glosar la trayectoria de un pensador y profesor de tanta influencia y enjundia como Alejandro Llano. Catedrático de Metafísica (su manual de gnoseología, editado en Eunsa, es uno de los mejores libros sobre filosofía que uno haya leído jamás), profesor en Valencia, Madrid y Navarra, ha publicado títulos tan importantes como Metafísica y lenguaje, El futuro de la libertad, El diablo es conservador, y, en Ariel, La vida lograda y el manual Humanismo cívico, donde daba ya signos de cierta desorientación, en forma de abundancia de lugares comunes y agostamiento intelectual debido al corsé de la corrección política.

Por lo demás, sus méritos intelectuales son indudables, por lo que este libro, sin duda bienintencionado pero mediocre, es aún más decepcionante.

Pergeñado a modo de digresión, este breve ensayo intenta ser una justificación racional de la existencia de Dios, aunque más bien parece una especie de “teodicea del agnosticismo”, como ha resumido de forma genial un amigo.

El intento es fallido y las carencias son diversas; ni en lo formal ni en lo material acierta el autor con su propósito. Respecto de lo primero, la prosa transparente que anuncia el volumen apenas se deja ver por sitio alguno, y tampoco la justificación del subtítulo (“Encontrar a Dios en el mundo actual”) guarda relación estrecha con el contenido de la obra, rebosante, por lo demás, de un lenguaje académico y pomposo, lleno de tecnicismos.

En este sentido, el libro apenas se deja leer más que por alguien que ya conozca la terminología filosófica, teológica o cientificista (sus teorías sobre sociobiología son simplemente inaccesibles para los legos en la materia, si se la puede llamar así), por lo que deviene en un pequeño volumen dirigido exclusivamente a iniciados.

Pero es en lo conceptual donde se observan con mayor claridad los problemas que el libro tiene.

En primer lugar, llama la atención esa querencia de Llano (achacable de igual modo a un sector del tomismo) por reconciliar la filosofía kantiana con el Cristianismo, como si éste último fuese un sistema ético más, otra ideología u otro conjunto de leyes morales con las que ir tirando en ese marasmo de confusión que es el mundo moderno. No parece ése el camino. O la necesidad continua de desmarcarse del neoliberalismo como si fuese el mismísimo diablo:

“Cerrar puertas suele ser mal asunto. Revela un cierto empecinamiento, un planteamiento provinciano. A mí no me gusta nada la globalización neoliberal, porque creo que la factura del cosmopolitismo la pagan, cada vez más, los pobres de la tierra”.

Son esas aseveraciones tremendistas y políticamente correctas, sin razonar, las que dejan en mal lugar al autor y lastran el libro. Como si la receta fuese añadirle una pizca de maniqueísmo al brebaje de buenismo ingenuo que nos endilgan. De modo que lo que al final queda es poco más que un remedo del infame El mundo de Sofía, revestido, eso sí, de pompa intelectual, con un tufillo redicho y plomizo, más bien aburridote.

Dejo a modo de corolario una cuestión menor pero reveladora. El libro se construye en permanente diálogo entre el autor y su alter ego, un agnóstico pedante y más bien descreído, que se la pasa haciendo de Pepito Grillo. En el fondo una mayéutica pueril y esquizoide, alejada del elegante estilo socrático.

Pero esa disposición formal, la del continuo e imaginado diálogo consigo mismo, ora a favor, ora en contra, le acaba recordando a uno la figura de aquel capellán francés de la película Ridicule, que, ufano de su envolvente oratoria, se vanagloria delante del Rey por los aplausos que despiertan sus argumentos en favor de la existencia de Dios, y anuncia que luego defenderá exactamente la postura contraria. Un instante después, el Rey detiene su sonrisa y ordena que le detengan; el capellán acaba siendo ejecutado por sofista.

Es lo que tienen las metáforas: su cariz ejemplarizante.

En busca de la trascendencia
Alejandro Llano
Ariel, 2007
162 páginas

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