En defensa del Islam

El Islam suscita en la sociedad reacciones adversas que nacen de una convergencia de vectores. Uno incuestionable, decisivo, es el terrorismo.  Hay in…

El Islam suscita en la sociedad reacciones adversas que nacen de una convergencia de vectores. Uno incuestionable, decisivo, es el terrorismo.
 
Hay intentos poco exitosos de superar esta situación apelando a que no se califiquen de islámicos los atentados que cometen Al-Qaeda y grupos afines, pero parece claro que este es un intento abocado al fracaso. Muchos factores actúan a favor de la denominación. Para empezar, los terroristas se autodenominan así. Un segundo factor es la imposibilidad de encontrar otro nombre común a los atentados de Hamas en Israel y los de Nueva York, Madrid, Londres o Egipto. El tercero, determinante, que los medios de comunicación hace años que prescindieron de la complejidad, optando por la simplificación más gruesa.

Pese a ser tan decisivo, el terrorismo no es el único factor que hace que los musulmanes sean vistos por demasiada gente con incomodidad, cuando no con rechazo. Hay otras causas secundarias. Una de ellas es la actitud clasista con el inmigrado: no es percibido del mismo modo un obrero de la construcción marroquí que el saudí que baja del “Mercedes”. Otra causa ligada a lo anterior radica en el choque, por la diferencia de costumbres y el hacinamiento, que se da en determinados barrios de nuestras ciudades. Quien vive en el cómodo barrio de Pedralbes tiene menos motivo de conflicto convivencial que quien lo hace en el Raval. Hay condiciones objetivas que promueven el conflicto.

Desde el laicismo de la exclusión religiosa el Islam es contemplado de dos maneras perfectamente contradictorias y, por lo tanto, generadoras de problemas graves.

 
Por un lado, son vistos como una amenaza por el rigor de su fe y moral. A la vez el Islam más integrado socialmente, las personas que ya no tienen problemas de supervivencia, repudian el laicismo que margina y ofende a Dios.
 
El laicismo también ve en el Islam una oportunidad estratégica para debilitar el papel institucional de la Iglesia católica. Esta última orientación toma diferentes líneas tácticas. Una es la ayuda económica preferente por parte de las administraciones a aquellos colectivos musulmanes que con más facilidad pueden asumir las tesis del laicismo de la exclusión. Esta discriminación a favor de grupos muy minoritarios y en ocasiones muy heterodoxos, tiene como consecuencia una toma de conciencia contraria a las instituciones de gobierno por parte del resto de organizaciones musulmanas.
 
Otro enfoque -que no tiene por qué ser táctico- es el hecho de defender la igualdad radical entre confesiones con la esperanza de debilitar a la Iglesia. A diferencia de la anterior, esta es una buena orientación, si no fuera un discurso de "boquilla". Que los musulmanes puedan disponer de espacios en los cementerios, facilidades para sus oratorios, la necesidad de una mezquita en Barcelona, recibir cultura religiosa islámica en las escuelas, son -entre otras- cuestiones que hace falta resolver de una vez.

Existen prevenciones que parecen bien justificadas. Mencionaré dos: el papel de la mujer en el Islam y la carencia de libertad en la casi totalidad de países islámicos. En relación a lo primero, hace falta recordar una vez más, que esta religión es más plural de lo que dicen los estereotipos, que incorpora normas que no tienen tanto un origen religioso como una cultura específica del país de procedencia, y que una sociedad que admite que una peculiar forma de relacionarse sexualmente tenga derecho al matrimonio, tiene que tener perspectivas más amplias para enfocar otras concepciones de las relaciones de género como la poligamia del matrimonio islámico.

 
Con respecto a la libertad, es bien cierto que la propia concepción del Islam tiene dificultades para una buena ensambladura de la libertad, pero precisamente por esto es bueno que las personas de esta religión que viven entre nosotros, vean esta posibilidad, la de la libertad. No es que sea una opción arriesgada, es que es la arriesgada única solución.

Hay como mínimo seis buenas razones para asumir con normalidad el Islam:

– El terrorismo no nace del Islam como tradición, sino del pensamiento occidental ilustrado. Es un producto de la evolución ilustrada, del comunismo. (Lo sugiere la lectura del libro Teoría del Partisano, a partir de la página 80). No es la religión la que genera el denominado terrorismo islámico, sino los restos del marxismo leninismo. No es la idea de Dios, sino la idea sobre la libertad del hombre y su integridad, resultado de su naturaleza irrepetible. Bin Laden y los suyos rechazan al Dios todo Misericordioso y la dignidad del hombre por Él creado.

-Son y aún será más compatriotas nuestras. Si integrarse no quiere decir perder la propia identidad, sino desarrollar el sentido de pertenencia a una comunidad de vida, trabajo y proyecto, el Islam tiene que ser visto con normalidad.

– Forman parte de nuestro país como uno de los grupos sociales débiles. La más elemental justicia – si no quieren justicia, amor fraterno, o solidaridad, tanto da- reclama un trato adecuado para normalizar su presencia.

 
-Compartimos con ellos fundamentos básicos de la ley natural por la que ha de regirse la sociedad. No sólo con ellos, pero también con ellos.
 
– No hay conflicto de civilizaciones en los términos de cristianos contra musulmanes. Hay, eso sí, un choque militar entre estados y grupos terroristas por razones de seguridad y geoestrategia. Donde sí hay un choque cultural y de civilización, como he escrito otras veces, es en el seno de nuestra sociedad: el de la Ideología de la Desvinculación contra la Comunitat Responsable.

– Y finalmente, porque con el diálogo y el trabajo común aquí, quizás será más factible ganar espacios de libertad allá, en los países islámicos.

 
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