En la muerte de una priora Carmelita

El 15 de enero de 2015 fallecía la priora del convento de las carmelitas descalzas de Jesús-Tortosa. En este lugar de oración que…

El 15 de enero de 2015 fallecía la priora del convento de las carmelitas descalzas de Jesús-Tortosa. En este lugar de oración quedan ahora ocho monjas, aunque tienen confianza en que no faltarán nuevas vocaciones.

La priora fallecida, Carme Vidal Bru, cuyo nombre en religión era Madre María Ángeles, ha dejado una huella profunda.

Una historia apasionante

“¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” es el título de un libro en que el periodista Jesús García entrevista a diez monjas jóvenes que antes de entrar en el convento habían tenido alguna actividad relevante o exitosa. Algunas eran profesionales destacadas, otras deportistas. Llama la atención incluso una galardonada en esgrima olímpica. Abandonaron sus carreras, sus familias, sus planes de futuro, para entregarse a otra causa, la de Jesucristo.

De escribirlo unas décadas atrás podría haber entrevistado a Carme Vidal. Nacida en Cabacés, en la comarca del Priorat, era reconocida como una de las chicas más guapas del pueblo, con mucho chico moscón detrás y que tuvo novio, pero sintiendo la llamada a ser religiosa lo dejó todo e ingresó en el convento de clausura de las carmelitas descalzas de Jesús-Tortosa en el año 1950 y en él ha permanecido durante más de 64 años hasta su reciente fallecimiento. De ellos, más de 40 ha sido priora de la comunidad.

Era de carácter serio, pero en los recuerdos de las monjas mayores del convento están aún las risas estridentes y contagiosas de María Ángeles y otra compañera suya cuando eran novicias.

Conversamos con ella en diversas ocasiones en el locutorio, con rejas de por medio. Sólo un par de veces en situaciones distintas, una de ellas trasladándola en mi coche al médico junto con otra hermana religiosa.

Un primer rasgo de su figura fue el de la extraordinaria bondad. Era muy querida por las personas que la conocían, aparte de las hermanas del convento. Llueven estos días las llamadas demostrando afecto. Era enormemente generosa, desprendida, nada se guardaba para sí misma. Divertidas, recuerdan las monjas cómo en algunas ocasiones alguien les obsequiaba con algún dulce para ella o para la comunidad, pero antes de que nadie lo probara lo regalaba a otras personas que les visitaban. ¡Otra vez nos hemos quedado sin!, comentaban con alegría a pesar de la pérdida de la golosina.

Olvidada de sí misma, muy devota del Sagrado Corazón de Jesús, persona de oración, la madre María Ángeles estaba siempre pendiente de los demás, en especial de sus monjas. El día antes de fallecer, ya en estado crítico tras varias semanas empeorando, coincidía con el aniversario de otra de las hermanas y, cada vez que ésta entraba en la celda, volcándose hacia ella la priora le cantaba como podía con voz apagada “Cumpleaños feliz”, y decía a las monjas que hicieran aquel día una buena comida para celebrarlo. Se preocupaba siempre de que estuvieran bien alimentadas. En las últimas semanas, a pesar de que no retenía los alimentos, alababa la labor de la cocinera por la sopa de fideos tan deliciosa que le servía. Ni siquiera deseaba ser objeto de atención especial y deseaba comer lo mismo que el resto de la comunidad. Eso sí, como de pasada, recordaba que estarían juntas en la eternidad.

Fue a lo largo de su vida una mujer exigente. Los trabajos de las religiosas debían estar hechos a la perfección, la limpieza al máximo, precisión en el orden, pero se lo aplicaba a sí misma antes de requerirlo a las demás. En la etapa final de su vida bromeaba con las monjas. Era un cambio en su carácter más bien grave, pero había penetrado en ella el sentido de infancia espiritual.

En medio de una clausura rígida, con épocas más rígidas como la Cuaresma que está a punto de empezar, estas religiosas carmelitas de Jesús-Tortosa han dado un sentido abierto a una vida religiosa entregada. Muchos acuden a consultarlas. Tienen detalles con todos. Hasta la noche de Pascua obsequian a los asistentes al oficio religioso con un chocolate divino y unas palomitas de maíz con las que no pueden competir las de los cines.

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