En los tiempos del Ágora de Amenábar: San Agustín y el mito de Hipatia (II)

Agustín se convirtió al cristianismo en un proceso que duró unos cuatro años, hasta su ingreso formal en la Iglesia con su…

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Agustín se convirtió al cristianismo en un proceso que duró unos cuatro años, hasta su ingreso formal en la Iglesia con su bautismo en el 387, a los 33 años de edad; una edad nada juvenil para la época. Fue una conversión de un hombre maduro, culto y, a juzgar por la historia, bastante rodado por la vida. A partir de este momento y hasta su muerte en el 430 desarrolló una gran aportación filosófica y, sobre todo, teológica que lo convirtió en uno de los grandes del cristianismo y de la cultura y el pensamiento Occidental.

Conocido, sobre todo, por dos de sus grandes obras, Las confesiones y La ciudad de Dios, su producción fue de una gran amplitud temática, profundidad y rigor conceptual. Abarca la filosofía, la apologética, la doctrina, la moral y la pastoral.

A diferencia de Hipatia, de la que no se conoce obra escrita aunque sí muy breves referencias a algunos trabajos de divulgación, los libros de Agustín, fruto de la creación intelectual, no sólo son bien conocidos sino que han sido comentados, criticados, revisados y seguidos a lo largo de más de 1.500 años y continúan siendo fuente de enseñanza y de debate intelectual y religioso.

Pero, ¿por qué es tan importante no sólo para la Iglesia, sino para la cultura occidental este coetáneo de Hipatia?

Agustín hace tres aportaciones básicas para nuestra civilización de tal manera que una sola de ellas bastaría para considerarlo un gigante del pensar. La primera significa la articulación entre cristianismo y platonismo con el resultado de dotar a esa nueva formulación de un potencial inusitado. También constituye una pieza clave, un pilar, en la construcción de la teología y la filosofía cristiana y, al mismo tiempo, constituye una de las fuentes imprescindibles del pensar moderno, de la que resultan deudoras figuras tan distintas como Rousseau y Kant.

Si el mito sobre la vida de Hipatia se desarrolla entre el 355 y el 415 o 416 en Alejandría, y se nos presenta como la incompatibilidad de la filosofía platónica pagana (aunque la condición religiosa de la mujer siempre aparece desdibujada en la narración mítica), la figura y obra de Agustín muestra, en la realidad de la historia, lo opuesto: la capacidad fecundadora del cristianismo sobre el pensar clásico. Es muy posible que esta cuestión, la riqueza creativa que sobre la filosofía introdujo el cristianismo, resulte subvalorada en nuestro tiempo europeo tan marcado por el auto odio. Pero, ciertamente, en ella radica una de las causas del triunfo cristiano.

El hecho de que con Procloro se produzca el zenit del pensar teológico pagano en la fase terminal del politeísmo, en una fecha tan tardía como el siglo V, mientras que el cristianismo alcance antes un nivel como el de la obra de Agustín forjando una teología potente y original, señala a las claras el gran error o falsedad que significa presentar el cristianismo como el triunfo de la negación del pensar racional y libre. Más bien señala la vía opuesta, la fe cristiana amplía la capacidad de razonar.

Muchos años después y en otras circunstancias muy distintas, otro converso como San Agustín, John Henry Newman, que llegó a ser cardenal de la Iglesia católica proviniendo del anglicanismo, lo constataría, como antes lo hizo Tomás de Aquino y en la modernidad del siglo XX lo desempeñó Maritain, y ahora en época post Ilustrada MacIntyre. De hecho, una de las pocas voces destacadas que en pleno siglo XXI reivindican la razón es el propio papa Juan Pablo II con su encíclica Fides et Ratio. Es la última gran aportación de una cadena de la que Agustín no fue el primer eslabón pero sí uno de los inicialmente decisivos.

El paralelismo entre la realidad histórica de Agustín y el mito de Hipatia permite mostrar la finalidad de adoctrinamiento cerril que se busca con el mito porque, para que actúe como tal, necesita negar la historia. Pero también muestra la importancia del hecho cristiano en la construcción de la identidad moderna, algo perfectamente evidente en obras claves de amplio horizontes, como la de Charles Taylor en Fuentes del Yo, de cuyo texto es fundamentalmente deudora esta reflexión sobre San Agustín, o en el análisis detallado de un tiempo histórico reducido pero crucial en la construcción de nuestra cultura, como acaece con Los orígenes religiosos de la Revolución Francesa, de Dale K. Van Kley. En ambas obras se puede constatar aquella realidad. No existe cultura occidental sin aportación cristiana, incluso cuando nace su singular adversario, la modernidad.

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