En recuerdo del obispo Barrachina

Conocí a Don Pablo de cerca, a mis 22 años, actuando como maestro de ceremonias en la fiesta de Santo Tomás de Aquino, 7 de enero de 1955. A los pocos…

Conocí a Don Pablo de cerca, a mis 22 años, actuando como maestro de ceremonias en la fiesta de Santo Tomás de Aquino, 7 de enero de 1955. A los pocos días, por medio del Rector Don Juan Martínez, me requirió para acompañarle a la visita pastoral de La Campaneta. Desde entonces, no cesó mi relación de servicio a él.

 

Hombre de fuerte voluntad, como he dicho, de temperamento emotivo primario activo, mostró desde el comienzo de su pontificado un dinamismo extraordinario.  Su estilo contrastó con el de su antecesor, hombre pacífico, dialogante y conciliador; y con el ritmo tranquilo de nuestro clero diocesano rehaciéndose aún de las heridas de la persecución religiosa.

 

Don Pablo no era como el Obispo Gómez de Terán, del que se decía que las cosas las hacía y luego las pensaba. Pero, muy parecido en el genio activo, repetía que cuando una cosa quería que se hiciera la encomendaba a la persona que más trabajo tenía, no a un equipo.

 

Por esa fortaleza y voluntad superósu larga y pesada recuperación del accidente de automóvil en Albacete, del que le quedó para toda su vida una disimulada cojera.

 

Nada se le resistía: Buen predicador, daba conferencias, Ejercicios espirituales a sacerdotes, seglares y a las altas autoridades civiles y militares. Se adaptaba a todos los auditorios y sobre todo, como buen maestro de escuela, a los niños.

 

En el Concilio Vaticano II, fue el obispo español que más veces intervino.

 

En la Conferencia Episcopal, no hace mucho me confiaba un Señor Cardenal: “Cuando Don Pablo tomaba la palabra en las reuniones, se le escuchaba con atención y respeto”.

 

El bien de las almas, de los pueblos, de los sacerdotes, del seminario, eran sus objetivos absorbentes.

 

Realizó seis visitas pastorales (lo que el común del pueblo llama ‘inspecciones’) a todas las parroquias. Yo le acompañé como secretario y chofer en dos de esas vueltas (diez años). Durante ellas celebraba la Eucaristía, administraba la Confirmación sin ayuda de nadie (recuerdo la de Santiago de Villena, encerrado con mil doscientos niños, y la de Cox, a cuyos niños fue imposible hacerles guardar silencio).

 

En cada parroquia visitaba a los enfermos y, si eran pobres, les dejaba bajo la almohada una ayuda económica según sus necesidades.

 

Buen valenciano aunque, como decía él, era rayano con Aragón (nació en Jérica) su estilo humano fue siempre de abierta simpatía, campechano con todos, sobre todo con las personas sencillas de los pueblos y barrios del campo, pero a veces le salía aquello del dicho aragonés: “Cuando un niño nace, lo lanzamos contra la pared y si se agarra es aragonés”; Don pablo era muy aragonés, de ahí sus simpatías con el clero de Teruel y otros de aquella tierra de la Pilarica.

 

Su físico daba prestancia a la dignidad episcopal, sobre todo para las gentes sencillas; son muchas las personas que le recuerdan llenando de respeto los actos en los que se presentaba con el ferroyiolo. Un huertano de Orihuela me dijo no hace mucho: "aquel sí que era un obispo de coj…".

 

No era un hombre chirigotero. Reía a gusto con los sencillos y humildes; se encontraba feliz con los vecinos de barrios, aldeas y poblados de entre los campos de la Vega Baja, de secano como El Rodriguillo, Casas del Señor, Encebras, La Canalosa o Guadales y Confrides con Abdet.

 

Su preocupación preferida era el Seminario diocesano. Después de consultar, procuraba dotarlo de los mejores superiores y profesores, según las circunstancias. Lo visitaba frecuentemente y dialogaba con formadores y alumnos. Añoraba el estilo de su Obispo en Segorbe Don Ramón Sanhauja y Marcé, de quien decía haber sido un  gran maestro de futuros sacerdotes; como Orihuela-Alicante no es Segorbe, no pudo imitarle aunque hubiera querido.

 

El incombustible Obispo Barrachina, ha terminado su vida terrena, ha concluido su servicio a Dios entre nosotros. Nos queda orar por él para que el Señor premie sus méritos que, según nuestra opinión, no fueron pocos.

 

Ildefonso Cases Ballesta, Secretario Particular de D. Pablo Barrachina

 

 

Mons. Dr. Dn. Pablo Barrachina y Estevan

 

SU VIDA Y MINISTERIO:

 

Nació en Jérica (Castellón) el 31 de octubre de 1912.

 

Hijo de Don Manuel Barrachina Foj, abogado, muerto el 19 de septiembre de 1928, y de Doña Eladia Estevan Capilla, muerta el 19 de septiembre de 1916, en Jérica. Toda su vida lamentó Don Pablo la muerte de su madre siendo tan niño.

 

Consiguió el título de Maestro de 1ª Enseñanza el día 2 de marzo de 1936, época de la 2ª República.

 

Hizo sus estudios sacerdotales en Segorbe y en la Gregoriana de Roma en donde se doctoró en Derecho Canónico.

 

Por la fuerte voluntad de la que siempre hizo gala, se entregó al estudio con tal intensidad que enfermó y los médicos le prohibieron estudiar durante un tiempo.

 

En su diócesis ostentó los oficios de Rector y Director espiritual del Seminario, consiliario de los hombres de Acción Católica y, por fin, promovido a una canonjía en la Catedral de Segorbe por el Obispo Doctor Sanhauja y Marcé, al que por su ejemplaridad siempre recordaba Don Pablo.

 

Promovido por S. S. Pío XII para Obispo de la Diócesis de Orihuela, fue consagrado Obispo en su pueblo natal, Jérica, el día 29 de junio de 1954.

 

Tomó posesión oficial por poderes el día 29 de agosto de 1954, siendo Mons. Joaquín Espinosa Cayuelas el encargado de hacerlo en su nombre. Recuerdo que salió al balcón principal del palacio en Orihuela, y desde allí, siguiendo la tradición antigua en estos casos, lanzó al público asistente varios paquetes de monedas en calderilla.

 

Hizo su entrada solemne en la Ciudad de Orihuela, montado en la tradicional mula blanca, el 5 de septiembre de 1954. Era el obispo más Joven de España, 42 años. Yo estaba presente con el resto de seminaristas, cuando la mula blanca dobló la esquina de la Calle Adolfo Clavarana con la del Paseo, y lo contemplamos por primera vez recto como una vela sobre la mula, con el bastón de mando, entonces habitual en los obispos, y me dije: Este Obispo nos va a meter en vereda a todos".

 

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