En torno a la Universidad Católica

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La Universidad es, sin ninguna duda, una de las instituciones sociales de mayor arraigo social y que a lo largo de su historia a pesar de todos los cambios se le reconocen unas funciones singulares que no son totalmente heterogéneas con las fundacionales. Universidades de gran prestigio muestran como merito especialísimo su origen secular y la mayor parte de ellas conservan costumbres académicas que son reflejo de esta dilatada historia. Actos académicos, grados, edificios y otros muchos aspectos reflejan esta realidad.

También es verdad que como tantas otras instituciones de arraigo histórico, esta institución ha estado sometida en los últimos años a unos cambios y transformaciones que podrían hacer pensar que también a ella le ha llegado el momento de transformación radical. Algunas de estas transformaciones son fruto de los cambios sociales y las necesarias adaptaciones que tiene que realizar toda institución que pretenda estar al servicio de la sociedad, otras mas discutibles aunque se pretendan justificar como exigidas por las anteriores. Por ejemplo se afirma con cierta frecuencia que el saber, el conocimiento, no constituye ya, en nuestros días, el principal objetivo de la actividad universitaria, si fuera así, quizá tendríamos que reconocer que la institución ha sufrido tal cambio que ya solo conservamos de ella su nombre.

Se puede constatar como los intereses personales, las coyunturas políticas, la instrumentalización por el poder y la inercia institucional fueron causa de que fuera perdiendo el vigor y entusiasmo original que acompañaron el objetivo central de su actividad: la búsqueda y comunicación de la verdad.

La universidad es la institución europea por excelencia, constituida por la comunidad de profesores y alumnos, con unos estudios reconocidos socialmente, y gozando, por lo menos inicialmente, de una gran autonomía, creada durante la cristiandad medieval, por una iniciativa generalmente conjunta de la Corona y de la Iglesia. A lo largo se su historia, especialmente a partir del siglo XVI, se extiende por todo el mundo acompañando la misma expansión de la cultura occidental. Por ello podemos decir que, es fundamental su contribución a que el proyecto cultural cristiano de Europa trascendiera sus fronteras La universidad había sido fundada al servicio de un proyecto cultural, fundado en una sabiduría de raíz teológica, que buscó y encontró en la filosofía griega un instrumento filosófico coherente con ella .Todo ello puesto al servicio del fin último de la vida humana siempre presente en todo su quehacer. Además del saber teológico y filosófico, también las exigencias de la vida humana en sus aspectos corporales y sociales serán objeto de su actividad académica. A este proyecto cultural obedecen la conocida división de la Universidad medieval en las facultades de Artes, Derecho, Teología y Medicina.

Ni la demanda de personas con preparación profesional o educación general, ni las demandas y motivos gubernamentales, eclesiásticos sociales y económicos fueron los factores primarios constitutivos, realmente fundamentales y determinantes, subyacentes al origen y naturaleza de las universidades como comunidades totalmente nuevas y sedes de la enseñanza y del estudio. Esto no significa que no se reconociera la utilidad de estos conocimientos para la formación de las personas que ocuparán los puestos de responsabilidad social, ya sea en el ámbito eclesiástico o en el político. En todo caso podríamos decir que la consideración del carácter primordial del conocimiento explica su fecundidad en el orden práctico

Originalmente el titulo de licenciado no era un reconocimiento profesional que habilitase para un ejercicio determinado. El mismo prestigio de los conocimientos reconocidos abría posibilidades profesionales indudables. De este modo la doble finalidad claramente jerarquizada de transmisión de conocimientos y profesionalización se alcanzaba simultáneamente.

Esta doble finalidad, sin ser negada, estuvo sometida a diversas interpretaciones en momentos posteriores de su historia. La cuestión principal es la respuesta sobre el lugar que ocupa el conocimiento en la vida del hombre, y concretamente el sentido último de la finalidad de la actividad puramente especulativa. Como ha observado A. Toynbee en su Estudio de la Historia, la filosofía a partir de Descartes se apartó de su proyecto original griego y se convirtió en un saber al servicio de lo útil, especialmente en el ámbito del poder. Por ello mismo, afirma el autor inglés, que la filosofía moderna tiene más afinidad con la actividad llevada a cabo por los “sabios” Babilónicos que por los filósofos griegos. En Babilonia la ciencia astronómica estuvo ligada a la astrología como consecuencia del prestigio social adquirido por un saber como el astronómico, y arrastrados por este mismo objetivo social no científico se pretendió encontrar en el estudio de los astros el conocimiento del futuro de los acontecimientos humanos. De este modo, en la sociedad Babilonia la ciencia era sinónimo de poder. El conocimiento de la realidad era clave para poder desentrañar aquello que se consideraba fundamento del poder político: el conocimiento del futuro. La astronomía fue el precedente inmediato de la astrología. Lo científico dio lugar a lo mítico y no al revés como generalmente se afirma. De acuerdo con este planteamiento que sugiere Toynbee la filosofía como actividad especulativa que se justifica por si misma o como saber practico dirigido a ordenar la vida moral de los hombres queda sin justificación. Todo saber tiene que asumir directamente o indirectamente una dimensión de utilidad. Este cambio significa en la vida universitaria una transformación del proyecto cultural originario.

A partir de aquel momento, la Universidad inicia su decadencia, son frecuentes las críticas dirigidas a una comunidad que no aporta beneficios a la vida social. Por otro lado, los mismos miembros de la institución universitaria buscaban en ella otras finalidades ajenas al conocimiento, alcanzar una mayor proyección en la vida pública constituía una de objetivos fundamentales de la vida universitaria.

Por lo tanto, podemos constatar cómo la pérdida de sus características originales es también la causa de su descrédito social. El razonamiento es evidente, si el conocimiento sólo se valora por su dimensión practica o por su capacidad de aportar una mejora material de la vida social, el juicio sobre la universidad era de ser una institución anquilosada, ajena a las nuevas exigencias de la vida social.

Nuevas circunstancias políticas que conmovieron la sociedad europea hasta sus más profundas raíces también van a afectar, como no podía ser de otro modo, al modelo universitario. La sociedad europea del siglo XIX está marcada por el proyecto napoleónico, con sus realizaciones, sus críticas y sus fracasos. La universidad también se pone al servicio de este nuevo proyecto. Nuevas exigencias de estudio dirigidas ahora a garantizar el funcionamiento del nuevo Estado. Al mismo tiempo, hay que tener presente que este nuevo Estado tiene como objetivo último conformar un nuevo tipo de hombre y con ello un nuevo tipo de sociedad.

En aquella misma década en que se fundó la Universidad Imperial napoleónica y en la cercana Prusia, nació en la atmósfera del idealismo alemán un nuevo género de universidad que tendría no menor influencia que la napoleónica. Sus principales propulsores fueron los filósofos Schelling y Fichte y el barón Guillermo von Humboldt, filólogo y humanista. Y con respecto a la renovación de la universidad, el enfoque fue radicalmente distinto de la napoleónica: la Universidad Humboldtiana, creada en 1810, se edificó basándola en la investigación científica y en la incorporación de los nuevos resultados en la enseñanza. La reforma se propuso impulsar el desarrollo de todas las ciencias: las del espíritu, las naturales y las exactas y, en el campo médico, sobre todo las disciplinas básicas.

Esos nuevos patrones institucionales fueron fruto de proyectos culturales diversos que inspiraban los nuevos modelos universitarios, y mantenían, sin embargo, muchas formas de la antigua institución. No se quiso renunciar al prestigio derivado de su origen histórico. Las nuevas necesidades de formación en orden a la profesionalización que fueron surgiendo a lo largo del siglo XIX y primera mitad del XX encontraron lugar en establecimientos académicos que no recibieron el nombre de universidad. Continuaba la universidad centrada en el Derecho, Medicina, Ciencias exactas y empíricas y en un saber cultural más o menos humanista. En algunas universidades alemanas y de origen anglosajón, aun formaba parte de la costumbre académica que el rector procediera del ámbito del saber teológico o filosófico, considerado la auténtica expresión del saber propiamente universitario, por igual motivo el título de máximo nivel académico era el de Doctor en Filosofía, aun cuando no siempre significaba que el titular tuviese conocimientos de filosofía

A partir de la segunda mitad del siglo XX entramos en un proceso de cambio que hace difícil reconocer en la actual universidad no sólo la institución originaria, sino también en muchos casos los nuevos modelos creados durante el siglo XIX.

Cada vez más la universidad es un conjunto de escuelas de formación profesional media o superior, que se han ido integrando en el ámbito universitario, teniendo algunas de ellas una exigencias científicas mínimas, dado su carácter eminentemente práctico, que coexisten con las antiguas Facultades que han conservado sus nombres, Derecho, Medicina, y junto a ellas institutos de investigación altamente especializados, ligados frecuentemente con la utilización de la tecnología mas avanzada. La actividad docente no constituye para muchos profesores su principal actividad, más bien tendríamos que decir que es algo que se soporta con resignación o con dificultad. Los alumnos detectan rápidamente que ya no son, a pesar de declaraciones más o menos demagógicas, el principal protagonista de la actividad universitaria. Mientras tanto multiplicamos los exámenes reconociendo que ya no se puede motivar a los alumnos por el interés que suscita lo que se enseña, lo que nos obliga, si queremos que el alumno estudie, a motivarlo con el interés por sus resultados académicos. Es la confesión de un fracaso no siempre reconocido, pero sí acompañado muy a menudo por las quejas sobre un alumnado apático y desinteresado.

Esta breve memoria de la institución universitaria nos ha llevado a señalar reiteradamente cómo la búsqueda de la sabiduría, en el sentido más amplio de la palabra, ha estado en las entrañas del nacimiento de esta Alma Mater. Cuando esta búsqueda se ha debilitado no sólo la institución se ha transformado, sino que ha perdido el norte en su actividad. Los problemas se han multiplicado, la actividad docente ha perdido interés, la fragmentación de los conocimientos fruto de la especialización y de la ausencia de un conocimiento integrador, ha llevado a la imposibilidad de constituir una verdadera comunidad universitaria. Coexisten los profesores en una misma institución y coinciden en algunos de sus actos institucionales, pero ya no participan de unas mismas preocupaciones intelectuales.

Mientras tanto el agobio por la investigación, la actividad realmente valorada en la vida universitaria, y la multiplicación de la tarea calificadora de los alumnos poco motivados da lugar a que desaparezca aquello que tendría que ser y ha sido uno de la pilares de la vida universitaria: la relación personal maestro-alumno. Sólo se aprende y se enseña cuando la relación docente se desborda en una relación de profunda y singular amistad entre el alumno y el profesor.

Es muy frecuente encontrarse en la presentación de muchas universidades católicas la utilización de dos palabras: excelencia e identidad católica. Creo que sería extraño que un Studium generale como el de París, el de Oxford o el de Bolonia se hubieran referido a su labor académica con estas palabras. Si una universidad no tuviera esta pretensión de excelencia ya no sería universidad. No hay tarea más excelente que la búsqueda y enseñanza de la verdad, una verdad que no sólo es lo único que satisface a la inteligencia, sino que también es comunicación de vida y de vida abundante. Para una mentalidad medieval no hay nada propiamente universal si no es católico, universalidad que no es heterogénea con lo “universitario” no sólo etimológicamente, sino también en lo que se refiera al contenido de su actividad y a las actitudes de sus miembros. La universidad nace de un proyecto cultural conformado por una visión de la vida del hombre, de la historia y la sociedad que tiene en su centro la fe cristiana. Sólo ella fue capaz de alumbrar una actividad especulativa que penetró en todos los ámbitos de la vida humana, porque nada humano le era indiferente. Todo encontraba su sentido y en todo ello brilló la fe que la inspira.

En nuestros días ya no resulta innecesario, sino todo lo contrario, explicitar que forma parte de la singularidad de una universidad la aspiración a que su labor también esté penetrada a e iluminada por la fe cristiana. Por ello las palabras del obispo Fernando Sebastian nos ayudarán a realizar una reflexión sobre las exigencias de una universidad católica. Pero antes de resumir su pensamiento quisiera que tuviésemos en cuenta un principio esencial. Lo propio de una universidad es que sea católica. Lo de católica no añade algo extraño a la universidad sino que la hace posible. Cuando las universidades dejan de estar penetradas por la fe cristiana empiezan a dejar de ser universidades. Pueden ser centros de enseñanza superior muy especializados, realizar una investigación muy avanzada tecnológicamente, escuelas de formación de funcionarios competentísimos o de dirigentes empresariales muy eficaces, pero dejan de ser un lugar donde los hombres movidos por amor a la verdad se dedican a ella, se la comunican, como algo que es más que conocimiento porque también es vida.

Desde esta perspectiva recojo unas reflexiones de monseñor Fernando Sebastián sobre las notas características de una universidad católica[1]

“En primer lugar el amor a la verdad, un amor que es interés, respeto, veneración por la verdad de las cosas, confianza en la inteligibilidad y en la bondad de la creación, en la capacidad de la razón para conocer todo lo existente”.

La fe en un Dios creador que por amor crea todas las cosas. Éstas serán objeto de la investigación humana, y en ellas descubrirá la huella de su Creador, pero donde se manifiesta su amor creador es especialmente en el hombre. Aquí el hombre encuentra el fundamento de su dignidad, de su grandeza, de sus posibilidades de conocimiento y de las exigencias de su vida.

“La fe en el Dios creador nos dice que todo fue hecho por Dios para el bien del hombre por lo cual podemos pensar que no conocemos del todo una cosa mientras no la situemos en el conjunto del universo al servicio de la verdad y del bien del hombre”

La fe no altera la autonomía de la ciencia, al contrario obliga a respetar cuidosamente el método racional y científico para descubrir con exactitud lo que se pretende conocer.

“A los estímulos de la fe hay que añadir los de la caridad. El amor ilumina, acerca, ensalza la realidad del ser o de los seres queridos y facilita el conocimiento”. Pero no solamente esta fe y caridad hacen posible e impulsan la actividad propia de la vida universitaria, sino también son el fundamento de su vida comunitaria. La actividad docente es un acto movido por la caridad, es decir, de profunda amistad hacia el otro.

“Una universidad católica así concebida se mantiene libre de las ingerencias de otras instituciones y se declara independiente ante las presiones inevitables de la política o del dinero. Estará atenta a las necesidades de la sociedad para formar buenos profesionales en los diferentes campos de las ciencias y de la técnica, pero no caerá en la tentación del pragmatismo ni del mercantilismo. Mantendrá siempre un espacio para la filosofía y las humanidades en sus itinerarios formativos. Los ayudará a conocer científicamente los fundamentos de la fe cristiana y a conocer los contenidos de la Revelación con una lectura religiosa y científica a la vez de la Escritura, especialmente del Nuevo Testamento, ofrecerá a sus alumnos un conocimiento suficiente de las intervenciones del magisterio de la Iglesia en cada momento y ante cada nuevo problema moral que planteen los nuevos conocimientos y las nuevas técnicas.”

“Una universidad católica se caracterizará por ser el lugar privilegiado donde se desarrollará de forma espontánea el dialogo entre la fe y la cultura”. Es decir que la fe iluminado y purificando la razón dará lugar a un conocimiento más profundo y preciso de la realidad y a una educación en que la verdad y el bien constituyan el sustrato intelectual de toda la en enseñanza universitaria.

Con esta formación procurará que salgan de sus aulas “hombres y mujeres bien pertrechados culturalmente que sean capaces de dar un testimonio aquilatado de las verdades de la fe, ciudadanos capacitados para actuar e influir en los diferentes campos del apostolado y de la vida cultural, social y política”.

Para terminar será oportuno recordar una reflexión que escribió Juan Pablo II en su libro Memoria e identidad [2].

“En 1994 tuvo lugar en Castel Galdonfo, afirma Juan Pablo II, un simposio sobre el tema de la identidad de las sociedades europeas. La cuestión en torno a la cual se desarrollaba el debate se refería a los cambios que introdujeron los acontecimientos del siglo XX en la conciencia de la identidad europea y de la identidad nacional, en el contexto de la civilización moderna. Al comienzo del simposio Paul Ricoeur habló de la memoria y del olvido como dos fuerzas importantes y, en cierto modo, contrapuestas que actúan en la historia del hombre. La memoria es la facultad que fragua la identidad de los seres humanos tanto en lo personal como en lo colectivo. Porque a través de ella se forma y se concretiza en la psique de la persona el sentido de la identidad. Entre tantos comentarios, hubo uno que me llamó poderosamente la atención. Cristo conocía esta ley de la memoria y recurrió a ella en un momento clave de su misión. Cuando instituyó la Eucaristía durante la última cena dijo: “Haced esto en recuerdo mío”. La memoria evoca recuerdos. Así pues, la Iglesia es de algún modo memoria viva” de Cristo: del misterio de Cristo de su pasión, muerte y resurrección de su Cuerpo y de su Sangre. Esta “memoria” se realiza mediante la Eucaristía, es decir, haciendo “memoria” de su Señor, descubren continuamente su identidad. La eucaristía manifiesta algo más profundo aún y a la vez mas universal: la divinización y de la nueva creación en Cristo. Habla de la Redención del mundo. Pero esta memoria de la redención y la divinización del hombre, tan profunda y universal, es también fuente de otras muchas otras dimensiones de la memoria del hombre, tanto personal como comunitariamente considerado. Permite al hombre entenderse a sí mismo desde sus raíces más profundas y, al mismo tiempo, en la perspectiva última de su humanidad. Le hace comprender también las últimas comunidades en que se fragua su historia: la familia, la ascendencia y la nación. En fin le permite adentrarse en la historia de la lengua y de la cultura en la historia de todo lo que es verdadero, bueno y hermoso”.

Siguiendo esta rica sugerencia de Juan Pablo II me parece que se puede afirmar que si queremos entender el sentido e identidad de la universidad en nuestros días también tenemos que hacer un ejercicio de memoria que nos permita descubrir en su historia originaria y fundacional todo aquello que la institución tiene de bueno, verdadero y hermoso, y con toda seguridad esta memoria fecunda nos hará capaces de renovar esta institución venerable por su años, benemérita por su servicios al bien del hombre y verdadera Alma Mater para tantas generaciones de hombres mujeres que han dedicado su vida a la búsqueda y enseñanza de la verdad.



[1] Fernando Sebastian La universidad católica en un mundo laicista. Universidad católica: ¿ Nostalgia, mimetismo o nuevo humanismo” Universidad Francisco de Vitoria Madrid 2009

[2] Juan Pablo II Memoria E Identidad La esfera de los libros. Madrid 2005 Págs. 177-179

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