Encargos y organización familiar (III): que ayuden los hijos mayores

A los hijos más mayores, adolescentes, les encanta participar en las decisiones sobre la organización familiar y la distribución …

A los hijos más mayores, adolescentes, les encanta participar en las decisiones sobre la organización familiar y la distribución de encargos. Las responsabilidades proporcionan a los adolescentes un sentimiento de importancia.

Tienen voz, e incluso voto de calidad. Los encargos fomentan la preocupación por los demás, el espíritu de servicio y la conciencia de ser útil a los otros, por eso tienen un gran valor formativo. La adolescencia será un tiempo estupendo para mejorar esas tareas, pues hay mil y un detalles nuevos que descubren a diario en sus encargos, y así mejoran ellos mismos.

Valdrá la pena hablarles de trabajo bien hecho, responsabilidad, confianza, servicio, empatía, sociabilidad, comprensión, solidaridad,… Y de que, esos encargos familiares que a veces nos vienen tan cuesta arriba, son ocasión estupenda para concretar los grandes ideales que despiertan en ellas y ellos.

Sabemos que nuestros adolescentes necesitan responsabilidades que sean orientadas hacia otras personas. En el cuarto y último artículo indicaremos algunas tareas específicas como ejemplo, aunque si se os ocurren o queréis explicar vuestra experiencia, comentadlo para todos, por favor.

Animemos a nuestros hijos y alumnos a que piensen de manera independiente. Sentemos las bases para que formen su propio criterio, resaltemos el valor de su opinión personal. Apliquemos la cuestión de: "Tú me has dicho lo que la familia está haciendo o pensando, ahora dime lo que tú piensas."

A los hijos mayorcitos les irá bien tener encargos de especial responsabilidad, como hacer pequeños arreglos en la casa, mejorar el jardín (¡con un presupuesto previo, claro!), ir a llevar o a buscar una documentación oficial, hacer gestiones administrativas diversas, acompañar alguna larga tarde de invierno a la abuelita indispuesta, etc.

Evaluar

Siempre, tanto para los grandes como para los pequeños, será bueno pedirles resultados de su encargo cada cierto tiempo. Eso es más eficaz y menos agotador que estar recordando cada día el cumplimiento del mismo. Se les tiene que enseñar a evaluar el final de su esfuerzo. Que vean que de nada sirve decir: "Fui a comprar fruta y estaba cerrado", "Esta semana no he limpiado zapatos porque tenía exámenes de evaluación". Ellos mismos tienen que aprender a encontrar las soluciones.

Las tablas de doble entrada, tipo gráfica semanal, puede ser muy adecuada, pero no para presumir de una hoja impecable u obsesionarse por el “cumpli-miento”. Más bien les ayudará a conocerse ellos mismos y saber dónde es preciso que pongan un esfuerzo mayor. Esas cuadrículas o tablas nos servirán para sistematizar el seguimiento de esas pequeñas tareas, personalizadas para cada miembro de la familia, y poder incidir en concreto en las prioridades marcadas para las criaturas y hasta para nosotros mismos.

Asimismo, será preciso ser muy prudentes e intentar evitar “pagos”. Según como se planteen, pueden acostumbrar a las criaturas a compensaciones meramente materiales por el hecho de hacer lo que es bueno. Además, es crucial que muchas cosas las hagan por puro amor a los demás.

A través de los encargos el niño descubre que un trabajo exige preparación y adiestramiento, y que cada día puede superarse haciéndolo mejor y más rápido. Además, también es una lección importante el magnífico hecho de reconocer las propias limitaciones a la hora de cumplir con un encargo.

Estamos de acuerdo en que todo esto exige constancia y responsabilidad por parte de los hijos, y también exige paciencia y flexibilidad por parte de los padres: tal vez a los niños no les quede tan bien hecha la cama, pero si han puesto todo de su parte, eso tiene mucho valor.

Los padres debemos ser comprensivos para cambiar un encargo establecido, siempre que no sea por capricho. Con imaginación y creatividad –las madres tienen una especial visión de la jugada- pensaremos en otra tarea en la que pueda esforzarse igualmente y que no tenga una dificultad desproporcionada para las capacidades de esa chica o chico.

En el momento de la valoración final es muy importante. Interesa evitar la mentalidad del “cumpli-miento” y facilitar que el encargo no les suponga la frontera de su aportación a la familia. (Que superen la idea del “yo ya he hecho lo que se me había dicho, por tanto ya puedo olvidarme de todo e ir a lo mío”).

Es preciso hacer hacer, pero también hacer pensar

Hablábamos de adaptarnos al niño y poder observar su mejora, según sus posibilidades reales y sus circunstancias. Pues bien, no os parece que la mejor motivación para evaluarse y comenzar una nueva tarea es que se de cuenta que en otra ocasión ya fue capaz de sacar adelante una responsabilidad similar. Creo que los hijos y alumnos recordarán nuestra supervisión positiva y entusiasta que les animó a realizar, con cariño y muy bien, las tareas encomendadas.

Puede ser discutible, pero considero básico buscar razones en el entendimiento y la voluntad. ¿No os parece que educar es fácil si ponemos lucha -ejercitar el entendimiento y la voluntad, negarnos a lo más cómodo-, que es muestra clara del amor que ponemos en nuestros quehaceres? Y al revés. ¿No os parece que una estima verdadera por los demás será la que moverá realmente nuestra voluntad, esfuerzo diario, y así hacer lo mejor, aun cuando tengamos motivos razonables para relajarnos?

A todos nos toca ahora allanar el camino de nuestro entendimiento y acompañar y estimular el de los demás.

Creo que en esa doble relación –junto con el tesoro del tiempo que papá y mamá entregan cada día a los hijos- está la clave del éxito en la organización básica de nuestros hogares y la distribución de tareas como medio de mejora personal y familiar.

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