Enfrentamiento políticamente envenenado entre obispados católicos

Cuatro sentencias del Tribunal Supremo de fecha 3 de junio de 2015 con la misma esencia jurídica han ratificado que las obras de arte de la Fra…

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Cuatro sentencias del Tribunal Supremo de fecha 3 de junio de 2015 con la misma esencia jurídica han ratificado que las obras de arte de la Franja (territorio aragonés de habla catalana) y piezas de Peralta de Alcofea y Berbejal (Huesca) que se encuentran en el museo de Lleida, así como el tesoro artístico del monasterio oscense de Sijena, que se halla en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), deben ser devueltos a los aragoneses.

Un largo litigio

El litigio se inició en 1999. Por decisión vaticana, muchas parroquias aragonesas dejaban de pertenecer a la diócesis de Lleida y pasaban a la de Barbastro-Monzón. Pero las obras de arte de aquellas parroquias continuaron en el museo de Lleida. A partir de ahí empieza la tensión y se inicia un procedimiento legal.

En 2005 el caso se ve en la jurisdicción eclesiástica, en aplicación de los Acuerdos entre España y la Santa Sede, y la sentencia firme es que se da razón a los reclamantes de Aragón, por lo que las obras deben ser devueltas a esta comunidad autónoma, pero el obispado de Lleida alega que no puede cumplir la sentencia sin la autorización de la Generalitat de Cataluña.

La Generalitat reabre el caso en la jurisdicción civil, y en 2011 la Audiencia de Lleida vuelve a sentenciar que las obras deben ser devueltas a Aragón. Tampoco esta sentencia se cumple.

Las nuevas sentencias de junio de 2015 del Tribunal Supremo prescriben que las obras de arte deben devolverse sin más demora. Con estas sentencias, el Tribunal Supremo da una nueva cobertura jurídica a las anteriores resoluciones, entre ellas la del propio Vaticano. El TS dice también que la Generalitat de Catalunya catalogó irregularmente las obras como parte del patrimonio cultural catalán, en primer lugar porque dio este paso en 1999, cuando el litigio estaba abierto y sin publicarlo para que no pudiera ser recurrido, en una maniobra para blindar la devolución de estas piezas, pero, sobre todo, porque no podía declarar como parte del patrimonio catalán y colección inescindible un grupo de obras de arte de las que no era propietaria, sino que estaban en depósito en el museo de Lleida desde hace un siglo.

Si las autoridades catalanas siguen incumpliendo las sentencias se pueden enfrentar ahora a denuncias por apropiación indebida.

Una actitud de fondo

No son dogmas ni argumentos religiosos los que llevan a discernir a quien corresponde la propiedad de tales obras de arte. Para ello están los tribunales civiles o eclesiásticos y estos se han pronunciado, con lo que lo lógico es respetar sus sentencias. Tampoco debe olvidarse y dejar de mostrar reconocimiento a la diócesis de Lleida por haber custodiado y mantenido tales obras durante muchos años en el Museo de Lleida, lo que muy probablemente las ha salvado de la destrucción, el pillaje o, en el mejor de los casos, de haber ido a parar a manos de coleccionistas, lo que ha ocurrido con una gran cantidad de objetos y obras de arte religiosas de numerosas parroquias rurales.

De otro lado, sentencias como estas plantean una cuestión mucho más amplia: la cantidad inmensa de obras y objetos de arte que se encuentran en grandes museos mundiales y que son reclamados hoy por los países de origen de tales obras.

Al margen de los aspectos legales, hay otro tema de fondo más ligado a la caridad, e incluso al sentido común si se tiene visión cristiana. Me lo comentaba un sacerdote hace tiempo, mucho antes de las últimas sentencias. Ponía aquellos ejemplos de Cristo explicados en el Evangelio, de cómo actuar si un hermano tiene una queja o una reclamación contra otro. Cómo buscar la reconciliación, adelantarse a resolverlo, sin litigios, sin pleitos. Lo razonable en el caso en cuestión era que, desde el primer momento, los obispados se hubieran puesto de acuerdo sin necesidad de recurrir a los tribunales ni llegar a enfrentamientos. Las soluciones hubieran podido ser diversas: repartir tal patrimonio, dejar que por períodos de varios años las piezas estuvieran en un museo de un lado y otros en el del otro, devolver a sus lugares de origen las obras pero llevándolas de vez en cuando a Lleida para ser expuestas…

No se trata aquí de decir cuál era la fórmula más adecuada, y menos cuando hay varias sentencias tras más de quince años de pleitos y tensiones. Lo importante era ser conscientes de que no debía haberse llegado al litigio. No solo por el valor de un patrimonio, que no es poca cosa, sino para no dar a los fieles, y a los ciudadanos en general, tan mal ejemplo. Sabemos que la salud del anterior obispo de Lleida resultó muy afectada por este problema y sin duda no era culpable de lo que ocurría, pero la imagen que se ha dado es la de que se ha estado muy atento a intereses no espirituales. Más aún, ha contribuido a enfrentar unas personas y zonas contra otras, incluidos los católicos de ambas partes.

No puede olvidarse en todo este asunto que con el paso del tiempo, con los litigios en marcha, con los incumplimientos de las primeras sentencias, dejó de ser un asunto puramente interno de la Iglesia, de discrepancias entre unos obispados. Entraron en juego los políticos de Cataluña y de Aragón. El asunto se había envenenado.

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