“Entender es una fiesta”

De un gran intelectual, recientemente fallecido, Leonardo Polo, filósofo eminente, se cuenta una anécdota sucedida cuando ejercía…

De un gran intelectual, recientemente fallecido, Leonardo Polo, filósofo eminente, se cuenta una anécdota sucedida cuando ejercía como profesor de Universidad. A una joven alumna que asistía a su clase, le costaba comprender las explicaciones del titular de Filosofía, hasta que, en una ocasión, logró entenderlas, y así se lo dijo al profesor. Éste, como respuesta le contestó: “Entender es una fiesta”.

Para entender hay que estudiar, pensar, ponderar, y parece que esto no es algo que domine en los distintos ambientes en los que hoy se mueve el ser humano -con excepciones, naturalmente-. La falta de reflexión anula o disminuye el ejercicio de la inteligencia para saber captar el valor de la vida humana y todas sus posibilidades: libertad, eternidad, cultura, riqueza interior, Dios…, todo un programa que dotaría a la persona de una capacidad de entender la propia existencia como la ha diseñado el Creador. Conocer el origen (Dios es el ser originario) ayuda a plantearse la vida como un bien positivo, como una fiesta.

De ahí que la frase del filósofo me parezca genial: “Entender es una fiesta”.Y fiesta no es la frivolidad de divertir sólo el cuerpo, de intentar dar satisfacción a lo caduco, incluso de pensar que cualquier exceso: borracheras, drogas, sexo… es una situación festiva. En todo caso, se ignora que existe la fiesta del entendimiento, que es regocijo interior, paz, felicidad, y supera en mucho cualquier diversión externa. Ya decía Aristóteles que “la felicidad consiste en hacer el bien”.

El no entender, o peor aún, no querer entender, conduce a la persona a caer en una apatía incomprensible que desnaturaliza su dignidad, y la pone en peligro de caer en las redes bien sutiles de la explotación del hombre. La falta de ponderación no anima a buscar el antídoto para desechar esos peligros y a rechazar con contundencia lo que se opone a la ética más elemental.

Puede ocurrir, a veces, que no se quiera reflexionar para no tener que rectificar una actitud errónea o tomar una resolución que no apetece, o también negarse a profundizar en un asunto que desembocaría en una exigente elección, pasos que muchas veces no se desea dar. Siempre existen soluciones nobles, aunque sean dificultosas, que puedan mejorar la propia vida. Si valoramos nuestra existencia en su justa medida, surgirá el estímulo de hacerla fructificar. El riquísimo mundo interior que puede desarrollar el hombre se transforma en bagatelas cuando solo se centra en placer, violencia, comodidad o indiferencia.

A fuerza de no pensar, de no esforzarse en entender, se llega a considerar la libertad, bien principalísimo, de un modo frívolo, sin aceptar responsabilidades. De este modo nuestro entendimiento jamás será una “fiesta”, y será imposible conseguir autenticidad, felicidad ni alegría.

Sobre la libertad, Leonardo Polo la describe así: “Nosotros no podemos estar a la altura de nuestro tiempo más que en la medida que aceptemos un ejercicio de nuestra libertad muy intenso, en la medida en que aceptemos nuestra capacidad de verdad y la ejerzamos. Sin esto estamos simplemente, fuera de nuestro tiempo y cualquier propuesta que no parta de esta tesis no puede hacerse cargo del futuro.”

Para el hombre frustrado que ha desechado las cuestiones últimas, esta filosofía es una esperanza que se abre al futuro.

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