Eremitas del Tercer Milenio

Prácticamente desde el siglo III la Iglesia arrastra ese peculiar misticismo que hoy es más que una realidad constatada

A pesar de la vorágine globalizada que surca pertinazmente entre los mundanales estratos que conforman la sociedad, hay quienes se entregan, con plena vocación y sano juicio, a la vida contemplativa. Los eremitas, ermitaños o anacoretas, son parte de aquellos que consagran su existencia enteramente a Dios. Actualmente, en la enriscada localidad zaragozana de Purujosa, D. Francisco Barrionuevo, sacerdote perteneciente a la diócesis de Tarazona, es un eremita que habita “oficialmente” en la cueva de la ermita de la Virgen de Constantin.

Prácticamente desde el siglo III la Iglesia arrastra ese peculiar misticismo que hoy es más que una realidad constatada. Desde sus orígenes, en Egipto y en la cuenca mediterránea hasta nuestros días, la savia que nutre la pía sobriedad de estas personas para encontrar plenamente a Dios se integra con la oración, la soledad, la penitencia y la pobreza. Coyunturalmente la vida eremítica goza de una solida vigencia, la cual desplaza cualquier brote de prosaica ficción anclada en el pasado. Asimismo este especial ascetismo que perdura en el tiempo, declina la mera nostalgia de aquellos relatos que narran, con el simple afán de ser “bestsellados”, el intrincado contenido de sus historias noveladas.

El abandono de D. Francisco, el cenobita reseñado, es de tal magnitud que vive absolutamente de la Providencia, de lo que voluntariamente le llega gracias a la caridad que mueve a sus congéneres. La intimidad, la austeridad y la confianza sobrenatural que circunscribe su cotidianidad, aportan una luz renovada a un mundo que pugna habitualmente entre discordias, ansiedades y egolatrías. El silencio diario es el que alimenta el dinamismo de cada jornada, orientándolo con rumbo a la perfección evangélica.

Las primeras poblaciones de Purujosa, población ubicada en las faldas del Moncayo, datan de la prehistoria. Esta villa, que destaca por ser la más pequeña del mundo en la que sin embargo hay semáforos, ahora también queda acentuada al compartir su entorno con la total dedicación de un ermitaño cuya labor se desarrolla entre el más estricto rigor ascético, y cuya meta no es otra que glorificar a Dios con el objeto de conseguir la salvación del mundo.

Las sociedades modernas, a veces tan abiertas y tan plurales, tan ávidas de emociones fuertes, quizá no han reparado en la gran aventura y en el fascinante desafío que supone encontrase con Dios y consigo mismo en medio de la soledad. Esta forma de vida frugal y virtuosa, lejos de provocar excentricismos fundamentalistas, estimula la esfera espiritual y rejuvenece a su vez  la dimensión ontológica del ser humano.

La libertad, ese don tan preciado que nos capacita para elegir aquello que nos conviene, es además la llave que nos permite entrar por los senderos misteriosos de la vida. En este caso, la de un eremita, no es cómoda a los ojos de los apetitos humanos, de la tibieza espiritual o del aburguesamiento acomodaticio. Bien al contrario, exige disciplina, autocontrol y, sobre todo, un sistémico abandono en las manos de Dios.

En uno de sus comentarios, S. Antonio Abad decía: “vi todas las redes del enemigo desplegadas sobre la tierra y pregunté gimiendo: ¿Quién puede pasar a través de estas trampas? Entonces escuché una voz responderme: la humildad”. En pleno Siglo XXI, entre el vanguardismo tecnológico y el acelerado progresismo económico y social, también podemos hacer uso de la humildad para que, conscientes de nuestras limitaciones y sabedores de nuestras necesidades, busquemos un oasis de paz interior, quizá no tan drástico como el eremita, para alcanzar diariamente un anhelado y personal encuentro con el Creador, pues a pesar de encontrarse en lo oculto, Aquel enjuga delicadamente con el almíbar de su ternura, las lágrimas de nuestro tránsito terrenal.

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