Es la sociedad la que debe estar agradecida a la Iglesia

No nos llamemos a engaño, por boca del Sr. Rubalcaba hemos podido saber cuál es el proyecto político del futuro socialismo progre…

No nos llamemos a engaño, por boca del Sr. Rubalcaba hemos podido saber cuál es el proyecto político del futuro socialismo progresista y renovador, ése que nos sacará de la crisis en la que los mismos socialistas nos metieron. La cosa no puede estar más clara. La culpa de todo lo malo que nos está pasando, naturalmente, la tiene la Iglesia, como siempre. Fuera por tanto la casilla de aportación a la Iglesia en la declaración de IRPF, fuera la clase de Religión de las escuelas, porque así nos ahorraríamos el sueldo de muchos profesores, fuera la exención fiscal. Nada se dice, en cambio, de las subvenciones millonarias a los sindicatos y partidos políticos despilfarradores y corruptos, nada de sus privilegios fiscales. ¿Por qué el secretario general de los socialistas no exige una autofinanciación para estas organizaciones, tal como el pueblo reclama? Con esta injusta arremetida contra la Iglesia, se pone de manifiesto una vez más la falta de congruencia del totalitarismo laicista, que no acaba de comprender que la aportación católica a través de la casilla es una decisión libre y voluntaria de los ciudadanos con la que unos podrán estar de acuerdo y otros no, pero que a nadie se le obliga. Y lo mismo cabe decir de la opción a la clase de Religión, que por donde quiera que se mire ha de ser decisión de los padres, porque son ellos y no el Estado los que financian la educación de sus hijos. El mismo derecho que tienen unos a pedir una educación laica, lo tienen los otros a recibir una educación religiosa. El proyecto socialista en curso viene a ser una expresión más del totalitarismo laicista, para el que sólo cuentan sus juicios y apreciaciones, como si los demás no existiéramos, como si la sociedad en que vivimos no fuera pluralista. Pero aunque ello es altamente preocupante, no es del sectarismo intransigente, al que ya nos tienen acostumbrados, del que aquí quiero hablar, sino de la ceguera de unos dirigentes políticos incapaces de ver la realidad de los hechos.

Resulta lamentable y grotesco que los mismos que piden medidas contra la pobreza arremetan contra quien más está haciendo por paliar sus efectos. Hace falta ser muy obtuso para lanzar una campaña anticatólica en unos momentos en que la Iglesia, a través de sus numerosas obras benéficas, comedores sociales, centros de ayuda, atención sanitaria, orfanatos, centros de reeducación social, etc., está siendo la última esperanza de miles de pobres, abandonados, marginados, enfermos, drogadictos, ancianos… Por mucho anticlericalismo que corra por sus venas, hace falta estar muy obcecado para no darse cuenta que, en la situación presente, suprimir las partidas presupuestarias a la Iglesia no supondría dejar sin pan y sin cobijo a los obispos, ni siquiera a los sacristanes, sino a los miles de menesterosos, de niños y mayores hambrientos, de personas en situación de extrema necesidad, dejar a la intemperie a un número ingente de necesitados a quienes los socialistas dicen defender. ¿No es esto una contradicción?

No hace falta ser católico para rendirse ante la evidencia y sentirse agradecido a la Iglesia por todo lo que está haciendo a favor de la sociedad, de los ciudadanos y del Estado. De hecho, hay ateos que así lo reconocen; tal es el caso del oncólogo J. M. López, que a pesar de no ser creyente se ve obligado, según su propio testimonio, a señalar la X a favor de la Iglesia por tres razones fundamentales que él explica muy bien. He aquí sus propias palabras:

1ª) Ya sé que existen las recientes criaturas llamadas oenegés, pero cómo negar el papel histórico de las misiones católicas y de Cáritas en ese terreno. No estableceré un ranking de altruismo, pero yo, siendo ateo, dudo que los recursos administrados por la Iglesia sean desdeñables o necesariamente sustituibles: voto por mantenerlos.

2ª) Para explicar la idea de Europa -y no digamos la de España- a un extraterrestre, sería imposible obviar el catolicismo. Entre nosotros, terrícolas, sería fatigoso desgranar su legado intelectual, arquitectónico, ético y artístico…. Voto por ese espíritu de paz y concordia, aunque yo no sea creyente.

3ª) Justo por no serlo, me parece inexplicable el furor obsesivo por bajar los crucifijos de los colegios. Me espanta el fanático que se jacta de clausurar escuelas católicas o quemar frailes. A mi juicio de ateo, es lógico y deseable que el Estado sea laico, pero sucede que España no lo es. Hay vida inteligente fuera del Estado, así que pongo la X para la Iglesia Católica, no vaya a ser que algún insensato la destine a construir mezquitas y tengamos que resucitar a don Juan de Austria. Me queda la curiosidad de saber si el Sr. Rubalcaba y sus correligionarios son capaces de entender el razonamiento de este ateo y de otros muchos que siguen marcando la casilla.

Ángel Gutiérrez Sanz, catedrático de Filosofía

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