El escándalo de Oxfam y algunas cosas más.

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Lo que empezó siendo una bomba para Oxfam, las orgías de Haití, por parte del responsable de la misión y otros miembros de la ONG, se ha convertido en una reacción en cadena que dista mucho de haber terminado. La manipulación y ocultación de los hechos, el permitir que los afectados salieran sin mácula de la fechoría y pudieran entrar a trabajar en otras organizaciones de este tipo tirando de currículo de Oxfam, es solo uno de los datos que han ido apareciendo. Pero hay más y de muy graves. Uno, la evidencia de muchos más sucesos de este tipo, 24 según Médicos Sin Fronteras, vete a saber cuántos en realidad, visto el descontrol y la ocultación que rige en estos casos.

La entidad afectada por el escándalo tiene que informar del número de personas afectadas y no solo de denuncias sobre hechos, porque como muestra el caso de Haití un solo suceso ha conllevado la prostitución de un indeterminado y no pequeño número de mujeres, en parte menores.

La reflexión es obligada: Oxfam tiene casi 10.000 empleados, muchos en los países desarrollados, sujetos, por tanto, a mayor control. Pero, así y todo, 385 empleados por escándalo es una cifra terrible, insoportable. ¿Se imaginan esta ratio aplicada a cualquier gran organización social? Pero es que si lo medimos por el incierto número de víctimas, supongamos una media de cinco por cada suceso ahora conocido, ¡entonces hay una persona dañada, mayoritariamente mujeres, por cada 79 empleados! Eso no se arregla con disculpas.

Pero hay más, y es la práctica imperialista de no presentar los casos ante la justicia del país, por considerar que no están en condiciones de impartirla. Oxfam se sitúa por encima de estados miembros de la ONU, y determina su idoneidad. Esto es intolerable desde cualquier perspectiva que asuma el Estado de derecho

El resultado global de todo ello no es del todo desconocido. Se trata de la existencia de una clase profesional y corporativa de la solidaridad, con retribuciones y prebendas que se equiparan a ejecutivos de una gran empresa, que tienden a no pisarse mutuamente la manguera.

Hay más factores de crítica, como la surgida de los estados africanos, que se quejan de que esa acción teóricamente benefactora trasmite al mundo una imagen falseada de África, porque solo acumula el retrato de lo malo para mover más ayudas y donaciones, lo que al mismo tiempo espantan lo realmente importante: la inversión exterior. En cierta medida Oxfam y otras ONG han construido un relato que fácticamente opone “solidaridad” a inversión, ayuda a desarrollo económico

Oxfam, Intermón y otras grandes organizaciones, también UNICEF, aunque esta no sea una ONG pero se disfrace de ello para buscar ayudas de personas y empresas, cuando en realidad es una agencia de Naciones Unidas (algo así como si la OIT o la OMS, recabasen dinero de agentes privados), deben replantearse radicalmente su misión y organización, comenzando por el hecho de que sus salarios sean uno de los principales incentivos, en lugar de la vocación, caso por ejemplo de Caritas. Y también, sus objetivos y estrategia que, cuando existen gobiernos locales han de articularse con ellos y sus necesidades, incluida la promoción de las ayudas. También debe existir un protocolo público y concreto de cómo prevenir, y en su caso actuar, en casos como los que se han producido.

Mientras esto no suceda, no existirán garantías para que los escándalos sexuales y abusos de la ley no se repitan.

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