España cañí

Entre flores, fandanguillos y alegría asistimos los españoles, anonadados, al espectáculo del último festejo nacional, los…

Entre flores, fandanguillos y alegría asistimos los españoles, anonadados, al espectáculo del último festejo nacional, los suideshaucios. La corrida llevaba años en prensa y el cartel no podía ser más popular, sobreimpreso en color arena y sangre anunciaba así: 666 toros hipotecarios de la ganadería patria y otros más traídos de afuera. Sobreros de las reputadas haciendas de preferentes, swaps y clips, todas de peligro seguro. Astas sin afeitar. Hagan juego señores. Facilidades irresistibles a incautos, desinformados y necesitados. No va más. Y comenzó la fiesta.

El manso salió orgulloso de la caja al ruedo y como pardillo colocado, tras el mareo vertiginoso de dar varias vueltas que le llevaron a ninguna parte, se quedó embobado mirando a los tendidos. Cegado por la parafernalia mediática tan solo veía el propio reflejo de sus inermes y bobos ojos plásticos de imprenta y ruido. De improviso, sintió una rasgadura profunda en su carne negra y mestiza. Puyazo hasta la cruz. El acero, frío y pegajoso de impiedad avara, lo empujó hasta los maderos. Luego, banderillas clavadas en comisión que con interés abusivo pusieron una nota roja de color, y el público de la sombra, al resguardo del sol, aclamó al diestro con fervor, en tanto que él, irreverente, correspondió saludando con la gracia de un hidalgo español. Y así descontó la faena, la muy y de muchas maneras hipotecada, y avalada y afianzada, y pignorada hasta que la res mortecina se tambaleó, con la inevitable estocada de no poder pagar tanto favor. Ebria de dolor, mientras se desangraba, al burladero se arrimó, a la par que mendigaba por caridad algún amor. Y en este trance salieron al quite los maletillas del maestro, a los que les tocó en esta ocasión, y por pudor falso, que si un capotazo de protección, que si otro de reestructuración, el bravo manso agonizó en desesperación.

Intentó saltar la barrera para poner fin a tanto escarnio y vergüenza, con la esperanza de desnucarse en el tropiezo fatal, como otros de sus congéneres, y de dejar yerta su piel al sol, pero como intuyó que aquello no era digno fin, ni propia la conclusión, haciendo de corazón tripas, por la necesidad, con él las llenó, y aguantó, y persistió, y….. hasta que cayó. Y entonces alguna gente cantó "Laralalá….que viva España que es la mejor".

Ante la ovación al diestro, de la que la Kokott disintió, se pidió a la presidencia el trofeo mayor. Al novillo nada se le admitió, y su alegación para después quedó, pues esto hubiera retrasado del trofeo su concesión. La presidencia, presta, condescendiendo al clamor de los más “ones” de la plaza accedió: las dos orejas y el rabo. El alguacil, taciturno, se inclinó ante la res, pues la cosa justa no le pareció, y como aquello no olía bien se apresuró a ejecutar tan sólo las orejas, pues aquel toro de rabo adoleció; y a la exclamación de ¡PICHICHAS! aquel resto pendiente de legal usurpación, para ultramar quedó. Y con este sinsabor, propio de una cesión forzada, el ruedo de la vida se vació, bajo el inveterado son: "la vida tiene otro sabor…. y España es la mejor".

Feliz navidad Mr. Scrooge.

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