España debe reconocer sus problemas

España vive apresada por graves problemas. Unos son más recientes, otros vienen arrastrándose desde hace largo tiempo, y a&uacute…

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España vive apresada por graves problemas. Unos son más recientes, otros vienen arrastrándose desde hace largo tiempo, y aún unos terceros se han desarrollado con fuerza sin dejar nunca de pervivir. Existe una circunstancia que lo agrava todo y es la propia acumulación de los mismos. Esto no se resuelve con frases estereotipadas ni tópicos, ni con clamores a la unidad. No es un problema exactamente de fines sino en primer término de medios. No es un problema del qué sino del cómo. No es un problema del destino final sino del hacer camino unidos. Y todo esto implica que el Gobierno, los partidos, las instituciones y el conjunto de la sociedad española asuman estos problemas en toda su dimensión. Que no utilice la táctica del enfermo grave de negar su enfermedad.

Desde nuestro punto de vista, cinco son las cuestiones que se deben abordar. La primera, evidentemente, la gran recesión y las consecuencias sociales que está teniendo para cada vez más personas. Una segunda intervención acentuaría todavía más estas dificultades y podría cuestionar la última promesa del presidente Rajoy de no toca las pensiones. Es una evidencia que no se puede afrontar esta situación crítica solo con recortes presupuestarios, sobre todo si además estos no están hecho bajo un plan de racionalización de la Administración Pública, que hoy por hoy no existe. Se necesita una acción de fomento, de desarrollo, que tampoco aparece en el escenario. Son dos graves agujeros. No puede mandar solo la economía financiera.

El segundo problema es la acentuación de las desigualdades sociales en España, que ya son claramente superiores a la de los países anglosajones y de los vituperados Estados Unidos de América. En España ya no rige el modelo de capitalismo renano, sino que por los efectos que causa vivimos en una situación de un liberalismo extremo, es decir de desigualdad. A ésta se le añade otra creciente, la que existe entre el norte y el sur de España que se manifiesta con la diferente tasa de paro. Mientras en el sur se sitúa cerca del 33%, casi uno de cada tres, en el norte está por debajo de la mitad, en el 15,4%. Esto, además, cuestiona muy a fondo el modelo de desarrollo regional español, porque precisamente las transferencias hacia el sur han sido a lo largo de las últimas décadas extraordinarias. Solamente hace falta ver su nivel de equipamiento público, sus infraestructuras, los recursos de inversión, los medios puestos a disposición de la enseñanza, la cantidad de funcionarios que las administraciones del sur han podido contratar. Todo esto no está sirviendo, al contrario, parece como si fuera una especie de droga que lo que hace es volver más y más dependientes a estas economías de la subvención.

El tercer problema es el creciente desapego de una gran parte de la sociedad catalana y su pérdida de vínculos con España. No se trata de un tema menor y que pueda zanjarse con menosprecio. Tampoco con llamadas a una unidad que hoy por hoy y al menos en gran parte de la población no existe. Los niveles mutuos de incomprensión son extraordinarios y bien evidentes para quienes vivimos a caballo entre Madrid y Barcelona. Los próximos meses pueden llevar a elecciones a alguno de los gobiernos en Cataluña y el País Vasco con claras mayorías parlamentarias a favor del derecho a la autodeterminación. No se puede vivir de espaldas a esta realidad, hay que darle algún tipo de respuesta y ha de ser una respuesta madura.

El cuarto aspecto es la emergencia educativa que desde hace años viene sufriendo España. Ahora ya está claro que no se trata de un problema de recursos económicos porque es evidente que España tiene unos resultados muy por debajo de los que aplica. Esto, que es una realidad científica comprobada, despertó su pequeño escándalo cuando hace pocos años el Instituto de Estudios del Capital Social de la Universidad Abat Oliba presentó su trabajo sobre la ‘Anomalía española’ que, precisamente y a través de la comparación de resultados y recursos entre diversos países de Europa, llegaba exactamente a esta conclusión, la de que España tiene un problema grave en su capacidad educadora. Una vez más el ministro de turno lo aborda y una vez más lo hace prescindiendo de aquellas instituciones que realmente tienen mayor capacidad de educar que la escuela: primero y ante todo la familia, y también el entorno educativo, el tiempo libre en que viven los jóvenes. Si estas dos cuestiones, sobre todo la primera, no se abordan, la emergencia educativa española hundirá el futuro próximo del país.

Por último, la mayor amenaza de todas a largo plazo: el invierno demográfico. Ni la gran recesión, ni la desigualdad social y territorial, ni el problema de Cataluña y el País Vasco, van a poner en peligro de manera definitiva el futuro de España como lo va a hacer la falta de nacimientos. En el 2050 este país es absolutamente inviable, pero ningún político, ningún empresario, ningún sindicalista se atreve a mirar tan lejos. Punto y final, este es un desastre donde campa por libre la cultura del aborto como solución y la del hijo como penalización.

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