España: nuestro futuro depende de los demás

No, no se trata de ninguna referencia a una ética personal la frase que configura el título, sino del estricto reconocimiento de lo que …

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No, no se trata de ninguna referencia a una ética personal la frase que configura el título, sino del estricto reconocimiento de lo que le sucede a España y, más allá de ella, a Europa. Porque la verdad es que las cosas pintan mal, francamente mal. Hasta ahora, China era el gran agente que distorsionaba el mercado mundial con el mantenimiento artificial de su moneda en cotizaciones inferiores a las que le corresponderían y la ventaja de un enorme ejército de reserva de proletarios que trabajan con unos salarios increíblemente bajos. Ahora se le aúna algo mucho más peligroso: la política económica de Obama. Ya lo hemos dicho en otras ocasiones, el actual presidente de los EE.UU. es el que menor interés siente por Europa, como mínimo desde la primera guerra mundial. Su atención es el Pacífico y los países de aquella área. Ni tan solo América Latina, lo que históricamente ha sido el “patio trasero” de la política de Washington, le conmueve demasiado –algo que ya sucedió con Bush-, circunstancia que ha facilitado el liderazgo subcontinental de Brasil y la aparición de personajes como Chávez en Venezuela.

Pero ahora ya no se trata sólo de falta de interés, sino de medidas que van a generar un conflicto de intereses como hacía muchas décadas que no se producía. Para Europa, el peor tipo de presidente americano es el demócrata asustado por la economía, porque automáticamente pulsa el botón del proteccionismo y cierra las puertas a las exportaciones europeas. Esto es lo que está haciendo Obama en una medida exagerada al inyectar demasiado “dinero fabricado” y, por consiguiente, continuar empujando la cotización del dólar hacia abajo, lo que favorece sus exportaciones y va alimentando una barrera de costes que frena sus importaciones.

El despegue de la UE, que tiene como motor fundamental Alemania, se basa precisamente en el mercado exterior, y dentro de él EEUU es una pieza clave. Por consiguiente, las buenas perspectivas alemanas se ven ahora enturbiadas. Con otro riesgo añadido, este de tipo político. Cada vez que EEUU ha levantado la bandera del proteccionismo la repercusión europea ha sido el nacionalismo. Pero nacionalismos de los duros, como los de los años 30, que poco tienen que ver con las etiquetas que ahora se reparten con tanta generosidad.

España, a su vez, en su trayectoria económica, que ha venido siendo regida por políticas mucho más continuistas de lo que nos pueda parecer, desde el plan de estabilización de 1959, se ha basado en la apertura al mercado exterior, la inversión extranjera, el turismo y en general el desarrollo de los servicios y el olvido de la industria. La construcción, en fases distintas, ha venido a ocupar el papel que el sector industrial tiene en los países de economía fuerte de Europa.

Algunos ministros de economía, como Solchaga, llevaron a sus últimas consecuencias este olvido, y los gobiernos de Zapatero, flotando en la burbuja inmobiliaria, lo consumaron en un grado superlativo. Y sin industria de buen nivel el futuro es difícil. Para que España funcione necesitamos que venga viento de fuera, turistas, inversiones, compras de bienes que producimos en general no demasiado elaborados ni tecnológicamente potentes. Hay excepciones, pero insuficientes. Pues bien, el viento exterior no va a soplar con fuerza durante bastantes años y España no tiene sobre la mesa nada más que palabras. Eso lo saben Zapatero y Rajoy, y si no hablan de ello es sencillamente porque no tienen respuestas suficientemente válidas. Hay que decir a su favor que resulta extraordinariamente difícil encontrarlas.

Ese es el problema, España puede vivir, no 5 años, sino 10 o más tiempo, anclada en la mediocridad, con tasas de paro muy altas y, por consiguiente, retrocediendo en las condiciones de vida alcanzadas. En la medida que asumamos esta realidad y seamos capaces de plantear sus consecuencias con honestidad, se podrán establecer las posibles respuestas dotadas del rigor y el valor necesario.

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