España, otra vez

Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. (Ca…

Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. (Catecismo de la Iglesia Católica, 314).

1. La vida humana es cosa de dos: Dios y el hombre.

Arrancamos de dos postulados. Uno proviene de la fe, el otro de la evidencia. El postulado que proviene de la fe está tomado de Catecismo y es este: “Dios es el Señor del mundo”; el que proviene de la evidencia es la existencia de libertad humana. De la conjunción de ambos nacen la vida real de los individuos y de los pueblos. La vida del hombre no se explica por sí misma porque el hombre no es autosuficiente; la vida del hombre, en su doble condición de vida individual y vida social, se explica por la acción conjunta de Dios y del hombre.

Estamos ante una variante del archidiscutido problema de la libertad y la gracia. Creemos en ambas, exquisita y misteriosamente armonizadas tanto en la unidad de vida de cada hombre como en la trayectoria histórica de las naciones. Si no estuvieran armonizadas habría dos historias, la que conduce Dios y la que conducimos los hombres, pero es evidente que ninguno de nosotros vive dos historias paralelas, sino una sola en la que sin saber cómo -“los caminos de la providencia nos son con frecuencia desconocidos”- coexisten en unidad de vida las buenas y las malas acciones, las esperanzas y los miedos, las respuestas coherentes y las contradicciones, el heroísmo y la cobardía, las virtudes y los vicios… el trigo y la cizaña, en definitiva. Ir aclarando este campo confuso procurando eliminar las contradicciones, dejando solo los polos buenos (heroísmo, coherencia, virtud, etc.) es lo que tradicionalmente se ha entendido como lucha ascética, que en realidad no es otra cosa que vivir, ir viviendo, tratando de hacerlo cada vez con más perfección de vida.

En cuanto a la dificultad para unificar armónicamente la libertad y la gracia, tal vez pueda aportar alguna luz la explicación de la naturaleza del “acto compartido” (acto cooperativo). El acto compartido es un solo acto con autoría doble, triple, etc., lo cual significa que tanto la autoría, como la ejecución, como las consecuencias, como el mérito o la culpa, pertenecen por entero a cada uno de los cooperantes (aunque pueden pertencer en distintos grados). Un acto compartido es, por ejemplo, el engendramiento de un hijo. El hijo procede de un solo acto, no de dos, sino de uno solo que es, eso sí, acto compartido. Por ser un solo acto, el hijo no se divide al cincuenta por ciento entre sus progenitores, no es medio hijo del padre y el otro medio de la madre, sino que es hijo entero, en totalidad, de ambos y de cada uno.

Si ahora trasladamos este esquema a la historia de los pueblos, diremos que la historia es el conjunto de actos compartidos (por la acción conjunta de los hombres entre sí y por la acción conjunta de Dios y los hombres) que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo en un mismo territorio. No hay, pues, media historia que le correspondería a Dios -todos los aciertos y todo lo bien hecho- y media historia que nos correspondería a los hombres -algunos aciertos y todos los errores-, sino una única historia que nos corresponde por entero a Dios y por entero a los hombres. Alguien podría pensar que a Dios no le puede corresponder lo mal hecho (el mal) cuyos autores somos los hombres y no Dios. Ciertamente, Dios no puede ser el autor del mal y no le puede corresponder por autoría, pero sí le corresponde por asunción. Dios Uno y Trino, en la Persona de Jesucristo, por un por un acto de liberalidad infinita “sin perder la naturaleza divina asumió la naturaleza humana”[1] lo cual significa exactamente que, por vía de desposorio, ha hecho suyo todo lo nuestro, lo recto y lo torcido, lo bueno y lo malo[2]. Jesucristo, de manera tan misteriosa como real y efectiva, ha hecho suyos por asunción todos y cada uno los actos humanos, en su doble vertiente de actos individuales y actos colectivos. Y lo admirable y desconcertante es que esta asunción de lo humano por parte de Dios, al hombre le ha salido gratis, pero a Cristo no, Cristo la ha pagado a precio de sangre, su sangre.

En un segundo momento vamos a considerar la “modalización”, el cómo se hace realidad en nuestra vida, individual y colectiva, esta acción conjunta de Dios y del hombre. Estamos ante la pregunta cómo. ¿Cómo ha hecho -y cómo hace- Dios para llevar adelante la historia siendo al mismo tiempo acción enteramente suya y acción enteramente nuestra? La respuesta no la tenemos porque eso solo lo sabe Dios, pero sí sabemos que dentro del modo de hacer de Dios Creador está lo que llamamos vocación. La vocación de todo cuanto existe, en el sentido originario, fundamental y amplio del término vocación significa llamada, pero no llamada y ya está, sino llamada respondida. “Dios (que) llama a las cosas que no son para que sean”[3], no puede quedarse sin respuesta. Vocación es la llamada de Dios y simultáneamente el sí de la criatura que responde al grito creador, amoroso e imperativo de Dios.

2. Rasgos de la vocación

a) La vocación es universal, en cuanto que afecta a todos los hombres. “El hombre ha sido creado para conocer, servir y amar a Dios; para ofrecer en este mundo toda la creación a Dios en acción de gracias; y para ser elevado a la vida con Dios en el cielo”[4]. Como hombres ya sabemos que tenemos un para qué genérico, como personas este para qué genérico se explicita en cada vocación particular. Desde el momento en que todo hombre es persona, resulta que no hay persona sin vocación. Todo hombre ha recibido una vocación. A veces al hombre le puede ser difícil entender el para qué de su propia vida o de la vida de de tal o cual persona, pero ese negocio particular entre Dios y cada cuál solo lo sabe Dios.

A veces lo vemos con más claridad, otras con menos, del todo no lo vemos nunca porque la vida personal no es una cuestión científica de la que un día podamos explicar todos sus pormenores, la vida personal tiene muchas zonas a las que la luz de nuestro entendimiento no puede llegar y se quedan sin explicar irremediablemente. Acercar la luz de la razón humana al propio hombre, tratando de entenderlo, significa quedarse en el intento porque estamos ante un misterio, el misterio del hombre, el cual “sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado"[5], es decir, que tampoco se esclarece del todo, porque la encarnación del Verbo no por visible deja de ser misterio. No sabemos, pues, todo lo que hay que saber de nadie, ni siquiera de nosotros mismos, ahora bien, por lo que atañe a la vocación, lo que sí sabemos es que toda vocación personal se inserta en la vocación humana genérica (“conocer, servir y amar a Dios”), cuyo paraguas abarca a todos y a cada uno de nosotros.

b) La vocación es un asunto humano. La vocación es una categoría humana, ausente, por tanto, del mundo infrahumano. A cualquier animal las cuestiones vocacionales le dicen lo mismo que las jurídicas o las filosóficas, o sea nada, absolutamente nada. Fuera del mundo humano no tiene sentido hablar de vocación. No porque no exista, que sí existe, sino porque en los seres no personales la vocación coincide con su existencia mientras que en los hombres no es así. Vocación es sinónimo de llamada, llamada de Dios a la criatura, en primer lugar para que exista. La diferencia entre los seres humanos y no humanos no está en que haya o no haya llamada, que la hay en todo caso, sino en el contenido de la llamada y en la exigencia de respuesta. Ya se ha hecho notar que todos los hombres somos personas, lo cual significa que los seres infrahumanos se les hace una llamada impersonal y para responder les basta con existir, mientras que a los hombres se nos exige una respuesta personal, mantenida en el tiempo, en la que el papel decisivo lo juega la libertad. Dicho en términos eutiquianos, la vocación de los primeros (astros, animales, plantas, etc.) es un factum mientras que en el hombre la vocación es un pacienzudo. En el animal la vocación está realizada en su existir, pero la vocación del hombre no se reduce a existir; el hombre, cada hombre, tiene que realizar su propia vocación y en eso consiste construir su vida.

Si no hubiera vocación en los seres infrahumanos, habría que situarlos a todos ellos en el abismo del absurdo. Sería un grave error, porque todo lo que existe, existe para algo. Todas las criaturas tienen una misión que cumplir, todas tienen su razón de ser y cuando esta razón de ser, este logos, no se respeta, las consecuencias son patentes y dolorosas. Hoy estamos pagando facturas muy caras en términos de desequilibrios ecológicos bien conocidos cuyo origen está en el dominio despótico y arrasador que el hombre está haciendo de las criaturas (no personales), un dominio arrogante y codicioso causado por el desconocimiento o el desprecio de la íntima vocación de esas criaturas.

c) La vocación es multidimensional. Es como una cuerda tejida por varias hebras; siendo una sola, está compuesta por varios elementos diferentes. Cualquier cristiano casado, padre de familia, por ejemplo, vive el día a día como el ejercicio de varias dimensiones vocacionales. Al mismo tiempo que es cristiano, es padre, es esposo, es profesional en un trabajo, etc. Si con los textos del Magisterio de la Iglesia en la mano, nos preguntáramos cuál es la vocación de este hombre, tendríamos que decir que no es ninguno de esos aspectos referidos, sino otro más sublime: ser santo[6], lo cual no anula sino que exige todos y cada uno de los anteriores.

Quien conozca la vida o los escritos de la beata Teresa de Calceta sabe que Madre Teresa hablaba de su vocación de Misionera de la Caridad como “la llamada dentro de una llamada”[7] anterior. Por la primera, descubierta en la infancia, entendió que debía consagrarse a Dios en la vida religiosa, la segunda, recibida en la adultez la llevó a dar a conocer el amor de Dios a los más pobres de entre los pobres.

d) La vocación se descubre, no se inventa. La palabra vocación procede del latín vocatio, que significa llamada. Desde la etimología de la palabra es fácil comprender que la vocación se oye, no se pronuncia.

Si esto es así, y lo es, las consecuencias no se hacen esperar. La primera de ellas es que la vocación no inicia su recorrido en el que oye sino en el que llama; la vocación se da en el vocacionado, pero no brota de él, en el vocacionado la vocación es cosa recibida.

La segunda es que tiene carácter de gratuidad, de dádiva que se nos hace, no de derecho que nos pertenece.

La tercera es que debe haber un dador y si no lo hubiera no podría tener carácter de don. Ese dador es Dios, no puede haber otro. Los hombres podemos ser inductores, mediadores del don, podemos favorecer su desarrollo y podemos obstaculizarlo, pero nunca podemos ser fuente original. A las personas que no tienen fe esto les cuesta entenderlo, y se resisten a aceptarlo, en cambio a quienes sí la tenemos nos parece la cosa más normal del mundo. Se entiende que la fe, o la falta de ella, nos divida en este punto -como en tantos otros- y lo asumimos sin ningún reparo, lo que no podemos hacer es caer en el error de decir que la vocación viene de Dios “para el que tiene fe”, y viene de sí mismo para el hombre que no la tiene. Flaco favor haríamos a nadie si consintiéramos en este lenguaje. No. La vocación viene de Dios en todo caso (objetivamente), de igual modo para los que lo creen como para los que no lo creen, y luego unos lo acogen y otros no (subjetivamente). Habrá que recordar en este punto que la fe no crea la realidad sino que la ilumina. La fe no es potencia creadora sino iluminación de la inteligencia, de modo que quien la posee ve la acción de Dios y quien no la posee se encuentra incapacitado para ver esa misma acción. “La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre”[8].

e) La vocación se descubre en el interior del sujeto, si bien se activa con estímulos externos. Este descubrimiento se manifiesta como atracción, como imantación hacia algo o hacia alguien que ejerce esa atracción con carácter de seducción. Habría que acometer toda una tarea de limpieza del lenguaje con la cual despojarle de los posos insanos que el uso ha podido ir acumulando sobre ciertos vocablos y conceptos. Seducir es uno de ellos. La seducción no es sino un recurso, una herramienta con la que atraer con fuerza a alguien hacia una realidad. Lo propio de la seducción es ser medio, un medio muy poderoso y muy difícil de resistir porque va dirigido al corazón del hombre, coloreado de promesa feliz, cautivándolo y rindiéndolo. Ocurre con demasiada frecuencia que la seducción es hábilmente usada como estrategia por el mal para atraer con fuerza, para hacer daño y por eso la seducción nos puede parecer peligrosa, pero por sí misma ni es peligrosa ni no lo es. Lo que es peligroso es el mal, no el recurso con el que el mal nos atrae. La seducción está en el origen del primer pecado y de todos los demás. Pero hay que insistir en su carácter de recurso y como tal adquiere su sentido al ser usado; si lo usa el mal habrá que defenderse de él, si lo usa el bien bastará, en principio, con dejarnos llevar. El mal lo hace con engaño, con doblez, con disimulo, y en cambio Dios lo hace abiertamente. Por si acaso a alguien le suscitara algún reparo esta idea de que Dios nos atrae hacia Él seduciéndonos, véase esta cita del profeta Oseas, digna de ser meditada como lo que es, un texto tomado de la Sagrada Escritura. En ella Dios habla así: “Por eso yo la voy a seducir, la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón”[9]. Así pues, vemos que Dios seduce al alma y el Maligno también. La pregunta que se desprende es clara: ¿Hay alguna diferencia entre ambos tipos de seducción? Sí la hay; ambas son seducciones pero no producen los mismos efectos en el alma. Quienes tienen experiencia probada, los santos y especialmente los santos místicos, coinciden todos a una en enseñar que Dios atrae con ansias de amor, el Maligno con ansias de vértigo; Dios deja el alma serena, inundada no de paz, sino de “su” paz, la que solo Él puede dar y no el mundo[10], el Maligno en cambio la deja turbada, metida en alboroto y en zozobra.

f) La vocación se sitúa en el ámbito del hacer y sirve de eje de continuidad biográfico entre el ser y el hacer. Con muchísima frecuencia se suele plantear el binomio ser-hacer como dos contrarios. No lo son. Son dos ámbitos de realidad diferentes, eso sí, pero ni son contrarios ni son independientes. En la persona humana hay diferencias importantes[11] entre ser y hacer: El obrar sigue al ser y no al revés; el ser es uno mientras que el hacer es diverso; el ser es permanente, el hacer transitorio; etc. Las diferencias son notables, pero ambos ámbitos, ser y hacer, coinciden necesariamente en un único yo. El yo, cualquier yo, es uno en su ser y múltiple en su hacer. Pues bien, la vocación es lo que da unidad de sentido a la vida de cada persona, lo que posibilita que el hombre experimente y viva la unidad de su persona en todas las facetas en las que se desenvuelve su vida. Esta unidad de vida es la expresión de la identidad personal y permite responder a la pregunta ¿quién soy?, a pesar de estar en riesgo permanente de fragmentación y de dispersión entre lo que la persona es y lo que la persona hace, o bien entre esas diversas facetas del hacer.

La vocación no es una mera elección de camino, como tantas veces se oye decir, ni es tampoco “algo añadido a la persona, una incidencia aleatoria, que puede o no sobrevenir en algún momento de la vida. Por el contrario, la vocación, en cierto modo, configura y constituye a la persona misma, es la clave más profunda de su identidad y la razón de su existir”[12].

g) La vocación se certifica con el pasado. Toda vocación se descubre en perspectiva de futuro, se vive en el presente y se certifica con el pasado. Toda vocación se orienta al futuro, pero el futuro no está nunca en manos del hombre. El futuro de cada persona y del mundo entero le pertence a Dios y se lo tiene reservado en exclusiva. De una vocación se puede tener certeza roqueña, pero la certeza no es la verdad. La certeza es el estado en que se encuentra quien cree estar en la verdad, pero no hay garantía de que lo esté. La verdad es objetiva por definición, mientras que la certeza -también por definición- es subjetiva. En la verdad no cabe el error, en la certeza sí. Uno puede saberse empujado hacia un camino concreto, por ejemplo una carrera profesional, pero solo sabrá que ha sido vocación de Dios cuando ese camino haya sido andado, cuando, con el paso del tiempo, la profesión se está ejerciendo o se ha ejercido. Nadie puede saber, ni siquiera columbrar, qué le pedirá Dios en un momento determinado de su vida, aunque todos podamos entender una parte considerable de lo que nos ha pedido hasta ahora.

Hasta aquí hemos señalado sucintamente siete rasgos sobre la vocación. Son siete postulados que actuarán a modo de basamentos sobre los que levantar el edificio de nuestras consideraciones. Uno de ellos sí nos parece que merece una atención más detenida, el segundo. Por eso le vamos a retomar para hacer de él el siguiente epígrafe, cambiando la palabra humano por personal, con la intención de dedicarle un espacio mayor.

2. La vocación es un asunto personal

Entender a la persona humana exige entenderla como ser individual y al mismo tiempo como miembro de una sociedad, y ambas cosas en plano de igualdad. Decía Enmanuel Mounier, el padre del personalismo contemporáneo, que “la persona no es más que anarquía sin las comunidades que la realizan”[13]. Este doble trazo continuo -ser individual y ser social- que nos constituye a cada uno en el ser que somos podría compararse sin dificultad con los dos raíles de un ferrocarril, o con las dos alas imprescindibles para el vuelo. Una sola vida, la personal de cada uno de nosotros, ha de sostenerse y discurrir, necesariamente, sobre estas dos dimensiones de la existencia humana. Ya se entiende que la condición entre ambos trazos es el equilibrio; cuando por acentuar uno de los dos desequilibramos el par, la consecuencia es el desajuste en cualquiera de sus dos vertientes: el gregarismo por merma del yo individual o el individualismo cuando la merma se produce en el ser social.

Estamos, pues, ante una exigencia antropológica ineludible, que habrá de estar presente siempre que queramos acercarnos al hombre y tratar de entenderlo, bien sea de una manera global, bien sea en cualquiera de sus aspectos.

Esta categoría personal de la vocación es de índole teleológica y se sitúa, como ya se ha visto, en el ámbito del hacer. Dicho de otro modo, significa que la vida tiene un para qué. No solamente existimos, sino que existimos para algo, o, mejor aún, para alguien; para dedicarnos a unas tareas y a unas personas.

Ahora bien, por la doble condición de nuestro ser (individuos y miembros de una comunidad) la pregunta por la finalidad, el para qué, no puede apuntar solamente a la diana del individuo (para qué existo yo, hacia adonde tengo que apuntar yo) sino también a la diana de la sociedad (para qué existimos nosotros, hacia adónde tenemos que apuntar).

De este modo aparece la vocación como algo propio de la persona en cuanto individuo y como algo propio de la persona en cuanto miembro de una comunidad. O, dicho de otro modo, Dios llama a los individuos y llama también a los pueblos para encomendarles unas tareas concretas. Sobre la llamada individual ya hemos bosquejado algunos apuntes, sobre los pueblos nos disponemos a hacerlo ahora.

Las posibles dudas que pudieran caber sobre la vocación de los pueblos se despejan sin mayor dificultad cuando nos acercamos a la historia de Israel, el pueblo elegido por Dios. Las páginas del Antiguo Testamento están cuajadas de textos en los que el propio Dios se dirige no a un individuo, sino a todo el pueblo, y le hace objeto de sus promesas, de sus encargos y de sus premios y castigos. Así le habla a Israel: “Tú eres un pueblo consagrado a Yahveh tu Dios; él te ha elegido a ti para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la haz de la tierra”[14]. De igual modo vemos a Jesucristo sufrir y romper a llorar por todo el pueblo en su conjunto representado en Jerusalén al tiempo que le reprocha -al pueblo, no a tal o cual individuo concreto- su dureza de corazón y la falta de acogida de que él mismo ha sido objeto. “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas y no quisiste![15] Es evidente que cuando Jesús dice ¡Jerusalén, Jerusalén! no se está refiriendo a las piedras de las calles ni a las casas de la ciudad, ni a cada uno de los habitantes de la ciudad (que muchos sí habrían acogido gustosos este deseo del Señor), sino a la ciudad como pueblo, como comunidad.

El pueblo de Israel es el pueblo donde la vocación colectiva se hace más patente, pero Israel no es el único pueblo, sino uno entre la muchedumbre de pueblos que han desfilado por este mundo, aunque al tiempo haya de decirse que la singularidad de Israel no la tiene ningún otro pueblo. Israel es el elegido para traer la salvación a todos los hombres a través del hijo del hombre, el Hijo de Dios e hijo también de este pueblo, Jesucristo. Es una misión exclusiva, singular y excelsa del antiguo Israel que heredará después la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, pero no es la única misión dada por Dios a una nación. Ninguna llamada de Dios (sea a un individuo o a un pueblo) se opone ni solapa otras llamadas; al contrario, se complementan admirablemente.

Israel ha tenido (¡y tiene!) su misión en la Historia y España tiene la suya. Y el Imperio Romano, y Francia, y Australia, y Mozambique… y todas y cada una de las naciones que han existido y existen. El 1 de diciembre de 2001, el cardenal Poupard, en una conferencia dada el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma, titulada «Francia: testigo de esperanza para el nuevo milenio» comenzaba su intervención con esta afirmación: “Los pueblos, como las personas, tienen un alma y una vocación que llenar en el curso de su historia”[16].

3. La vocación de España

¿Qué es España? ¿Qué son los Estados Unidos, China, Etiopía, etc.? Con ánimo de despejar el campo, digamos antes lo que no son.

Una nación no es ninguna de sus representaciones ni la suma de todas ellas tampoco. Una nación no es una idea, la que pueda proceder de un dibujo coloreado en un mapa, ni el territorio físico real copiado a escala en el dibujo, ni su Constitución, ni sus instituciones, ni su bandera, ni su lengua, ni sus costumbres exclusivas, ni su historia… ni la suma de estos elementos y todos aquellos otros con los cuales pudieran identificarse sus habitantes. Estos datos no pueden faltar pero por sí solos no son la nación. La nación son las personas que lo forman en cuya vida colectiva están presentes todos esos elementos identificadores: el territorio que habitan, la fe que profesan, la lengua con la que se comunican, las fiestas que celebran, la historia que comparten… los cuales les hacen reconocerse ante todos los demás como mexicanos, argentinos, japoneses, alemanes, españoles, etc.

¿Se puede hablar de la vocación de España?

La expresión “vocación de España” ni es nueva ni está en desuso. No tiene nada de nueva pero muchos sentirán extrañeza al oírla. Para algunos no será sino una licencia literaria referida a nuestra historia; para otros una antigualla que produce alergia y a la que con toda seguridad mirarán con un profundo rechazo porque se asocia con el lenguaje de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, esa veintena de años que han venido en denominar con el despectivo nombre de nacionalcatolicismo; para otros, en tercer lugar, un rasgo de nuestra identidad colectiva que perdura y se transmite con el curso de la historia. En cualquiera de los tres grupos no será difícil encontrar quienes guarden memoria de algunos textos escolares de esa época en los cuales se hablaba de la “vocación de España”[17]. Pero la expresión no es franquista. La expresión “vocación de España” ni nace dentro del franquismo ni se agota con la desaparición de este, antes al contrario, se mantiene y en la actualidad sigue conservando su vigor. Tal vez pueda sorprender encontrarla en discursos de autoridades políticas españolas de diverso signo, entre ellas los presidentes del gobierno que ha habido en el siglo XXI, si bien cada uno le da su sesgo personal o ideológico.

Ahora bien, la cosa no está en ver si suena bien o mal, si provoca adhesiones o rechazos. La cosa está en ver si encierra verdad, si existe o no tal vocación, si tiene contenido real o no lo tiene, porque si lo tiene, merece la pena pararse a considerarla, ver cuál es y qué consecuencias pudieran derivarse; y si no lo tiene, es bueno saberlo para caer en la cuenta de que estamos ante una ficción.

Pues bien, no estamos ante una ficción; con toda propiedad se puede hablar de la vocación de España. Se puede y se debe.

Dos son las fuentes que nos van a suministrar los datos necesarios en los que apoyar afirmación tan rotunda: la fe y la historia. Desde la fe por supuesto que es legítimo hablar de la vocación de España, tanto como de cualquier otro país. Ya se entiende que por ser cuestión de fe, mal podrá aceptar la vocación de España como un encargo de Dios quien no acepte como encargo de Dios la vocación de los individuos.

Desde la fe han hablado muchísimos católicos españoles de toda condición haciendo coincidir nuestra vocación con la defensa de la fe católica y su extensión por el mundo. En el mismo sentido lo hizo en varias ocasiones el Beato Juan Pablo II[18]. El hecho de ser un prestigioso intelectual (el filósofo y teólogo Wojtyla) ya sería suficiente como para prestarle oídos, si además es no español, no cabe pensar en ningún interés patriótico, pero si a ello se añade su autoridad de Vicario de Cristo, entonces sus palabras adquieren un relieve especialmente privilegiado. En el viaje realizado en 1989, decía en el aeropuerto de Labacolla lo siguiente: “España ha tenido siempre una vocación universal, católica”[19]. Y siete años antes, en su primer viaje a nuestra patria, explicitaba mucho más esa vocación de España acudiendo a unos cuantos de los grandes hitos que jalonan nuestra historia. Desde su singularísima atalaya de pastor universal, en su primer viaje oficial a España, hablaba de esta tierra nuestra como de “una tierra objeto de los desvelos evangelizadores de San Pablo; que está bajo el patrocinio de Santiago el Mayor, cuyo recuerdo perdura en el Pilar de Zaragoza y en Santiago de Compostela; que fue conquistada para la fe por el afán misionero de los siete varones apostólicos; que propició la conversión a la fe de los pueblos visigodos en Toledo; que fue la gran meta de peregrinaciones europeas a Santiago; que vivió la empresa de la reconquista; que descubrió y evangelizó América; que iluminó la ciencia desde Alcalá y Salamanca, y la teología en Trento”[20].

La segunda fuente es la Historia, nuestra historia. La historia son hechos. Los hechos admiten interpretaciones muy diversas pero ni se pueden negar ni se puede argumentar contra su existencia (contra facta non valent argumenta).

La historia es larga y dilatada. Tan larga como el tiempo que la sustenta y tan dilatada cuanto dan de sí las acciones de los hombres. Por ese motivo cualquier narración histórica, por muy amplia que quiera ser, siempre será una selección, un resumen. Aquí no aspiramos ni siquiera a eso, pero sí vamos a señalar, de la mano de Manuel García Morente, los cuatro hitos de nuestra historia que representan otros tantos momentos críticos en los que España se ha jugado su destino, su continuidad histórica como tal España. En los cuatro se decidió la suerte de esta secular patria nuestra y los cuatro han tenido eco universal. Son los siguientes:

– La conquista por Roma.

– La reconquista.

– La monarquía de la Casa de Austria durante los siglos XVI y XVII.

La II República.

Estos son los que García Morente nos presenta en su obra Idea de la Hispanidad[21]. Cabría añadir otros dos de considerable importancia por lo que se refiere a la vocación de España: 1808 y 1986. 1808 es el año del comienzo de la guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas y 1986 el año de nuestra incorporación a la actual Europa comunitaria.

Digamos un apunte a modo de síntesis de cada uno de estos momentos clave.

La romanización

La romanización da nombre y ser a esta tierra: Hispania. Roma nos hizo ser algo porque antes de Roma no éramos. Antes de Roma esto era un enjambre de docenas de tribus diseminadas en una tierra sin nombre, una tierra apetecida por varios pueblos mediterráneos (griegos, fenicios, cartagineses) pero sin unificar por nadie. Con Roma adquirimos estructura, instituciones, una lengua común y todo un cuerpo jurídico y cultural que legamos a nuestros invasores, el pueblo visigodo, con quienes nos fundimos en un solo pueblo, la Hispania visigótico-romana, constituida en un reino peninsular unificado cuya capital acabó estableciéndose en Toledo.

La reconquista

La reconquista es la lucha cerrada, sostenida durante más de siete siglos y medio donde los reinos cristianos de la península (Castilla, Aragón, Navarra y Portugal) aún no son uno, pero sí tienen una empresa que les atañe a todos por igual: Expulsar al enemigo común, el Islam. No teníamos unidad política, pero sí había tres elementos de unión que revelaban un destino común en la historia.

En primer lugar estaba la unidad religiosa fortalecida frente al arrianismo cuyo aglutinante hispano habían sido los concilios de Toledo y cuya corona de gloria eran los grandes santos obispos del siglo VII, especialmente estos cuatro: Isidoro, Braulio, Eugenio e Ildefonso.

En segundo lugar estaba el sentido de pertenencia a la Hispania visigótica (hispanorromana) que se manifestaba en la añoranza por unidad perdida. “Tras la conquista de la mayor parte de la península Ibérica por los invasores musulmanes (…) el término «España» siempre estuvo presente, ya fuera como referencia a un pasado de unidad (…) o como expectativa de un proyecto de futuro y, por supuesto, también de unidad”[22].

En tercer lugar merece ser señalada la unidad de acción contra el antiguo invasor venido de África. Si hubiera que elegir un momento representativo de este quehacer conjunto habría que señalar el año 1212 y una batalla épica en la que nos jugamos nuestro ser: Las Navas de Tolosa. La reconquista fue un asunto común y particular hispano, pero de alcance europeo. Dos detalles iluminan y demuestran la trascendencia europea de nuestra reconquista. Uno, el carácter de “cruzada” que tuvieron sendas campañas contra los musulmanes en dos momentos distintos: en 1212, concedida por el Papa Inocencio III a petición del rey Alfonso VIII de Castilla, y en 1483 por Sixto IV para la guerra de Granada. En el primer caso, el llamamiento papal tuvo escaso eco en los caballeros cristianos que vinieron del otro lado de los Pirineos y una menor traducción práctica en el campo de batalla, pero certificó para la historia la preocupación de la cristiandad europea por lo que ocurría en su extremo suroccidental.

El otro detalle que resulta revelador de la importancia que en Europa se daba a los asuntos hispanos tuvo lugar en 1492. La cristiandad europea sabía que se jugaba mucho en el pulso sostenido que los cristianos hispanos estaban manteniendo contra los moros. Por eso cuando las tropas de los Reyes Católicos dieron al traste con el último reino islámico en España, la victoria se celebró prácticamente en todo occidente. En Roma las campanas de la basílica de San Pedro voltearon de júbilo y las celebraciones por tan feliz acontecimiento, todas ellas de tipo religioso, tuvieron su broche profano con las españolísimas corridas de toros en propia ciudad Roma.

La monarquía de la Casa de Austria durante los siglos XVI y XVII.

En estos siglos tenemos un papel determinante en dos frentes: Europa y ultramar. En Europa deben destacarse dos situaciones delicadas en las que España fue protagonista de primera línea: La Reforma protestante (que incluye nuestra aportación al concilio de Trento) y la lucha contra el turco cuyo broche de gloria se llama Lepanto.

En lo que se refiere a ultramar, estos son los siglos de nuestra expansión por Asia y América. La conquista, hispanización y evangelización de un extensísimo imperio constituyen aspectos de un mismo proceso. Del emperador Carlos de Habsburgo (nuestro rey Carlos I) hemos heredado en el escudo de España las columnas de Hércules con la leyenda “plus ultra”: Más allá. En la Antigüedad se pensaba que el mundo terminaba justamente aquí, en las columnas de Hércules, situadas en el finis terrae. Esta idea se resumía en la expresión “non plus ultra”, no había más allá porque más allá no existía sino el abismo. En cambio, portugueses y españoles se encargaron de hacer saber al mundo que la primera palabra, “non”, había perdido su razón de ser. Sí había más allá: América y el Pacífico. Sí había más allá: Filipinas y Oceanía.

A estas alturas de la historia los acontecimientos ya nos permiten ir respondiendo a la pregunta por la vocación ¿Cuál es la vocación de España? Respuesta: Europa y América. Con qué finura lo cantó mosén Jacinto Verdaguer en el siglo XIX en su precioso poema Atlántida y con qué maestría lo musicalizó Manuel de Falla. España no se hundió en el abismo del océano con las tierras de Atlántida sino que quedó salvada “mecida por dos mares”, porque tenía una misión dada por el Altísimo: “unir de la tierra los extremos”, reunir en un abrazo las riberas de ambos lados del Atlántico por medio de un mensajero, Cristóbal Colón:

¡España!, ¿quién te salva, si la nave ligera

que a remolque seguías, hundióse? ¡Sólo Dios!

Él colocó el tesoro de Atlántida en tu popa:

te atracó al Pirineo de águilas nidal;

te puso tras el muro de la riente Europa,

mecida por dos mares cual Venus ancestral[23].

(…)

Mensajero del Altísimo, Coloma Christum ferens,

tu vendrás a unir de la tierra los extremos[24].

La II República

Estamos en 2013, segunda década del siglo XXI. Hace ochenta y dos años que se proclamó la II República en España y setenta y siete que comenzaba nuestra última y durísima guerra civil. Vamos camino de los cien años y aún no se han apagado los rescoldos de aquel huracán violento que fueron los ocho años habidos entre 1931 y 1939. Vocación de España puesta nuevamente a prueba, y prueba de fuego. Porque eso fueron esos años, una prueba de fuego. Fuego de gasolina que arrasó casas y templos y fuego de pólvora escupido por la boca de las armas.

Otra vez nuestra vocación histórica sometida a examen.

Así lo cuenta García Morente:

“Las necesidades políticas de un Estado extranjero[25] y las obligaciones ideológicas de una teoría social exótica[26] determinaron que desde 1931 España fuese invadida, sin previa declaración de guerra por un ejército invisible, pero bien organizado, bien mandado y abundantemente provisto de las más crueles armas. La Internacional comunista de Moscú resolvió ocupar España, apoderarse de España, destruir la nacionalidad española, borrar del mundo la hispanidad y convertir el viejísimo solar de tanta gloria y tan fecunda vida en una provincia de la Unión Soviética. De esta manera el comunismo internacional pensaba conseguir dos fines esenciales: instaurar su doctrina en un viejo pueblo culto de Occidente y atenazar la Europa central entre Rusia por un lado y España soviética por el otro (…) Este plan, cuya base principal era la sovietización -deshispanización- de España es el que ha convertido a la nación española hoy en el centro o eje de la historia universal”[27].

Hasta aquí los mojones que más sobresalen en nuestra historia. Si pudiéramos encontrar una peculiaridad, o un conjunto de peculiaridades, que permanecieran constantes a lo largo de los siglos, sin que su esencia fuera modificada por las circunstancias concretas de cada momento, esa peculiaridad o el conjunto de ellas podría situarnos en el camino acertado para comprender la vocación de la nación. Pues bien esa peculiaridad existe y es la cuestión de la fe católica.

Si buscamos qué tienen en común hechos tan distantes como la romanización, la reconquista, la expansión por el Nuevo Mundo y los años treinta del siglo XX, la respuesta está servida: la cuestión de la fe católica. En todos ellos subyace y descuella la cuestión de la fe católica como elemento de continuidad histórica. Bien es cierto que la cuestión religiosa está detrás de estos hechos y de todos los hechos, al menos si seguimos la máxima de Donoso Cortés cuando afirma que “en toda gran cuestión política va envuelta siempre una gran cuestión teológica”[28]. Desde luego en nuestra historia esta máxima es ley. Se ha cumplido siempre, tanto en los momentos cumbre antes señalados como en cualquiera que decidiéramos analizar examinándolo bajo cualquier criterio, incluido el azar. Si al azar tomáramos un hecho de la historia española, de antemano podemos dar por hecho que o bien es de naturaleza religiosa, o bien, como dice Donoso, la cuestión religiosa va envuelta.

Ahora bien, la cuestión religiosa, siendo el elemento omnipresente en nuestra historia no puede ser ninguna vocación porque la vocación, aun no siendo estrictamente un hacer, se sitúa en el ámbito del hacer. Se impone, pues, la indagación en este ámbito mirando al pasado porque la vocación se certifica con el pasado. En un segundo momento dirigiremos nuestra atención al presente y al futuro inmediato. Mirando al pasado podemos preguntarnos por lo que hemos hecho, mirando al presente la cuestión es ver qué estamos haciendo y mirando al futuro cabe conjeturar qué tenemos que hacer.

4. Lo que España ha hecho

Hemos visto que la cuestión religiosa ha sido omnipresente en nuestra historia, pero si nos fijamos bien en los hechos fundamentales de nuestro pasado, veremos que no siempre nos ha tocado acometer las mismas acciones, sino que en cada momento la respuesta a las circunstancias que se han ido viviendo en nuestro suelo se ha concretado en acciones diversas. Siempre nos hemos movido en torno a la fe católica, pero en cada caso de manera diferente. No era lo mismo impregnar de cristianismo la cultura romano-visigótica que luchar contra el Islam. Tampoco podemos poner en paralelo la empresa evangelizadora llevada a cabo en América en los siglos XVI y XVII con la batalla dada al comunismo internacional durante la guerra civil del siglo XX.

Lo que sí se advierte como elemento común en nuestra historia es un doble movimiento de fuerzas de expansión e interiorización: una fuerza ad intra, aglutinadora, centrípeta, de compactación interna (la fusión visigótico-romana y la Reconquista); y otra expansiva, ad extra, proyectiva (la lucha contra el turco o la expansión por América)[29]. Vida interior y apertura hacia afuera.

Es el mismo esquema que se da en la vida individual de las personas: intimidad y apertura. Merece la pena considerarlas, porque gracias a la tensión entre ambas, España se ha construido a sí misma en el interior y se ha vertido hacia afuera en eso que hemos convenido en llamar hispanidad. Estas fuerzas bipolares, son igualmente necesarias para mantener el equilibrio de nuestro propio ser como nación, y con ello de nuestra vocación. Sin la fuerza centrípeta nos quedaríamos en pura exterioridad. Un pueblo sin vida interior ni consistencia interna, -y lo mismo una persona- no tiene otro destino que la fragmentación, como cacharro que se rompe y se esparce en multitud de esquirlas que por sí mismas quedan carentes de sentido. Y al contrario, cualquier persona o pueblo que se queda encerrado en sus fronteras, sin proyección exterior se convierte, quieras que no, en autista. Intimidad y apertura se necesitan y se realimentan. Lo que nos puede unificar como nación es una empresa allende nuestras fronteras, pero esa empresa externa solo se puede llevar a cabo desde una profunda cohesión interior.

Así lo vio Ortega y Gasset, pero lo vio solamente a medias. Para él la relación entre fuerzas de unidad y expansión solo tiene un sentido, el que va de afuera hacia dentro. Por eso explica que “las grandes naciones no se han hecho desde dentro sino desde fuera; solo una acertada política internacional, política de magnas empresas, hace posible una fecunda política interior”[30]. Cierto. Es verdad que “la idea de grandes cosas por hacer engendra la unificación nacional”[31], pero también es verdad si intercambiamos la causa y el efecto y decimos que solo una unidad nacional interna fuerte posibilita llevar a cabo grandes cometidos afuera. No se puede plantear ningún proyecto de futuro hacia afuera si no contamos con un sujeto dotado de la suficiente fortaleza interna. Una empresa externa, una tarea a realizar, puede dar el empuje necesario para actuar en un momento determinado, pero no puede imprimir continuidad, porque el propio dinamismo de la historia impide la perpetuación de ninguna tarea, sea esta breve o dilatada, inane o trascendente. Ninguna tarea puede ser permanente pero la vocación sí lo es. Al empezar este trabajo decíamos que “la vocación se sitúa en el ámbito del hacer” pero no es una tarea, un mero hacer, sino un “eje de continuidad biográfico entre el ser y el hacer” y por eso hemos aceptado entender la vocación como “la clave más profunda de [la] identidad y la razón de su existir”. Si la vocación fuera una tarea, acabada esta la vocación desaparecería. Puede pensarse, por ejemplo, que la vocación de España haya sido la evangelización e hispanización de América. No va desencaminado el pensamiento, pero si fuera así, tendríamos que admitir que a partir de 1810, con los primeros movimientos independentistas en Argentina y México nuestra vocación habría empezado a enfermar, para venir a morir en 1898 con la pérdida de Cuba y Puerto Rico, de tal modo que ya llevaríamos ciento quince años sin vocación. Nadie nos ha asegurado que España vaya a permanecer siendo España hasta el final de los tiempos, pero mientras exista como tal nación, no podemos renunciar a cumplir nuestra vocación porque si existimos, existimos para algo. “Ningún pueblo, ninguna cultura, ninguna lengua ha recibido la promesa de existir para siempre, con excepción del pueblo elegido [Israel]”[32]pero en tanto que haya presente hay vocación porque la vocación se vive en presente.

Estas dos fuerzas, ad intra y ad extra, que se tensionan recíprocamente tienen su correlato en los conceptos de ataque y defensa, empuje y resistencia, respectivamente. Ahora bien, ataque y defensa son los dos momentos de una misma virtud, la virtud de la fortaleza. La virtud de la fortaleza consiste precisamente en esto, en la firmeza para acometer las acciones necesarias con el fin de alcanzar un bien arduo y más aún en resistir las embestidas de quien quiera privarnos del logro de ese bien[33].

Llegados a este punto, si ahora acertáramos a ensamblar los datos con los que ya contamos, podríamos ofrecer una visión suficientemente estructurada sobre la vocación de España hasta ahora.

Lo que nos ha ido apareciendo ha sido lo siguiente:

– La vocación de España está ligada a la fe católica.

– No consiste en una tarea determinada, sino un dato de identidad colectiva que se mantiene en el decurso de los siglos y se va concretando en los diversos avatares del acontecer histórico que nos va deparando el tiempo.

– Es un empeño firme que reviste carácter de lucha, con sus momentos de alternancia entre la acometida y la resistencia.

– En cuanto quehacer fuera de nuestras fronteras, nuestra actuación se ha dirigido de igual forma a Europa y a América.

Con estos ingredientes, ¿qué nos ha tocado hacer? En mi opinión, y esta sería nuestra vocación, ser instrumento de la Iglesia a nuestro modo, al modo hispánico. Cooperar con la Iglesia en el establecimiento del reino de Dios en la tierra desde el desarrollo de una cultura propia, la hispana, fruto y expresión de nuestra identidad que “consiste en tener una instalación en la vida”[34], un modo de estar en el mundo. Esta cultura ha sido gestada y desarrollada aquí, pero no se ciñe a nuestro solar sino que ha trascendido y trasciende nuestras fronteras en todas direcciones y especialmente hacia el poniente. En el concierto de las naciones la cultura hispana resulta muy llamativa y tal vez por ello el hispanismo (estudio de lo español, especialmente de la lengua y literatura castellanas) ejerce un gran atractivo entre los estudiosos de muchos otros países, hasta tal punto que entre nosotros se ha forjado el tópico de que lo español es más conocido y valorado por los extranjeros que por los propios españoles.

Esta es la síntesis de nuestra historia. Esto es lo que Menéndez Pelayo describió en esa celebérrima página con la que pone broche de oro a su magna obra Historia de los heterodoxos españoles:

"España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas"[35].

Esto es lo que hemos hecho en el mundo con nuestros aciertos y nuestro errores. Ni queremos desconocer esta vocación, ni podemos menospreciarla, ni debemos sobrevalorarla hasta el punto de confundirla con la de la propia Iglesia. “La Iglesia no puede identificarse jamás con una nación”[36].

Ignorarla es la gran carencia, especialmente presente en este momento; menospreciarla hasta el ridículo es la postura de quienes por aversión hacia lo cristiano y mayor aversión aún a lo católico ni quieren esta fe para sí mismos ni para los que habitan su mismo suelo; confundirla con la de la Iglesia es bastante más rara, pero podría darse. Trabajar por la extensión del reino de Dios no es la vocación de nadie en particular (persona o nación) porque es mandato general para todos los que formamos la Iglesia, esa la vocación de todos los pueblos y naciones, cada uno a su manera. Lo que sí ha sido específico nuestro han sido los momentos, los lugares y el estilo[37].

5. Presente y futuro. El problema del aborto.

Responder a este epígrafe en perspectiva histórica es tarea imposible. Nadie puede hacer balance del presente, pero sí podemos estar atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor para tomar postura, enmendar los errores hasta donde se pueda y, de este modo, contribuir al mayor bien posible. El presente es lo que se está viviendo y eso es siempre una realidad dinámica. ¿Cómo podemos dar cuenta del presente? A ciencia cierta no lo sabemos y por eso no lo controlamos, al menos no lo controlamos hasta donde nos gustaría. La realidad siempre se nos escapa, siempre nos sorprende. No tenemos un método preciso, pero algo sí podemos hacer. Podemos, por ejemplo, apoyarnos en los estudios y análisis que hace la sociología. Vamos a fijarnos en algunos relativos a unas cuantas dimensiones fundamentales para la persona, que están a la vista de cualquiera y que confirman las estadísticas oficiales: Tasas de nupcialidad en descenso, rupturas matrimoniales en aumento, caída de la natalidad y la fecundidad, número de parados, fracaso escolar, consumo de alcohol y (otras) drogas, práctica religiosa, edad de inicio a las relaciones sexuales, contenidos televisivos, casos de corrupción política, etc.

Todos ellos son aspectos preocupantes que revelan una salud social muy dañada. Todos necesitan atención urgente porque todos son graves, pero hay uno cuya gravedad es extrema y es el número de abortos voluntarios. Tanto por las cifras absolutas (en torno a 120.000 anuales) como por la tendencia que se sigue, en aumento desde 1985, año en que entró en vigor la ley que despenalizaba algunos supuestos de aborto voluntario, este se ha convertido en un problema social serio, literalmente sangrante. Estos datos hay que enmarcarlos en el contexto geográfico-cultural al que pertencemos, Europa y más ampliamente el mundo occidental, pero el hecho de que sea un problema extendido -y extendiéndose- no le resta ni un ápice de gravedad en cuanto problema nacional. Porque no hablamos de un revés o un desajuste, sino de una auténtica ruina, una calamidad nacional. Ninguna guerra, ninguna invasión, ninguna catástrofe natural ha traído nunca tanta muerte como el aborto voluntario. Nada nos ha dañado tanto, nada nos ha causado tantas bajas inocentes, nada ha dejado en España un número de heridos tan alto, y tan hondamente heridos (en el alma, allí donde las heridas no curan sino con la gracia).

Este es el aborto voluntario: Objetivamente una sentencia de muerte del peor jaez que se dicta contra una víctima inocente e indefensa; socialmente, una calamidad pública; legalmente, un derecho, aunque sea derecho inicuo que contraviene el recto sentido del derecho.

Sentencia de muerte, calamidad y derecho inicuo que lo convierten, moralmente, en una aberración. Aberración, sí, pero aberración autoimpuesta, de la que no se abomina sino que se asume con aires de normalidad como si fuera un fenómeno traído por el empuje del tiempo. Aberración, sí, calculadamente promovida y eficazmente fomentada por sus fautores, tímidamente contestada -que no batallada- por casi nadie, más o menos tolerada por el grueso de la sociedad.

Si ahora nos preguntamos si estamos siendo o no fieles a nuestra vocación histórica, la pregunta resulta chocante y desalentadora. ¿Lo somos? Solo Dios lo sabe, lo que se hace presente a nuestros ojos, evidentemente, indica que no.

Este es, visto muy sucintamente, uno de los síntomas de la cultura de la muerte en la que se encuentra instalado occidente, y dentro de él, Europa y dentro de Europa, España. Ahora bien, algunos -o muchos- no estamos nada conformes con este estado de cosas y nada nos gustaría tanto para nuestra sociedad y para nuestra patria como ver desaparecer todas las lacras que padecemos y especialmente esta del aborto. Algunos -o muchos- no nos resignamos a que esto sea definitivo, antes al contrario, esperamos y deseamos con ardor que la vida triunfe sobre la muerte y que toda persona concebida tenga la oportunidad de vivir dignamente en este mundo. Creemos y esperamos que esta batalla contra la muerte tendrá un final feliz y tal vez próximo. Hablamos de un barrunto que es a la vez un desideratum, pero barrunto justificado.

El aborto voluntario es un mal muy grave, pero “el mal no tiene la última palabra”[38] en ningún caso. Esta afirmación tan rotunda de que el mal no tiene la última palabra, y por otra parte tan preñada de esperanza, podemos justificarla metafísicamente cuando caemos en la cuenta de que el mal no tiene la primera palabra. En el principio no está el mal. En el principio de cualquier realidad nos encontramos, necesariamente, con el ser y todo ser por el hecho de ser, es bueno. En el caso del aborto esto se ve con claridad meridiana porque el aborto (el mal) no es lo primero, lo primero es el ser (el ser concebido y aún no nacido) y ese ser es un bien, un bien inmenso, sin fronteras, independientemente de cualquier circunstancia que haya concurrido en su génesis, sea esta feliz o traumática. Lo segundo, el aborto, no podría darse sin el ser engendrado y no es otra cosa que la destrucción sórdida y violenta de ese bien primero.

Baste con estas brevísimas pinceladas con las que dejar sentado que el mal no tiene la última palabra. No podemos dedicar más tiempo a indagar esta vía que, siendo muy atractiva, resulta improcedente porque se sitúa fuera de nuestro propósito. Quede constancia, no más, de la existencia de argumentos metafísicos muy interesantes aunque a la vez hay que añadir que en este caso concreto es preferible el argumento de fe porque tiene aún más peso. Estamos en el Año de la Fe y quienes somos creyentes católicos, cada vez que rezamos el Credo hacemos profesión de la espera y la seguridad de que el mal no tiene la última palabra. ¿Qué otra cosa significa decir creo en la resurrección de la carne y en la vida del mundo futuro?

Todo barrunto conlleva un déficit congénito que consiste en el hecho de que el barrunto no es un dato, no es una constatación, sino una sospecha. No se puede, por tanto, decir “esto es así”, sino “podría ser que esto fuera así”. En todo caso, nótese que lo que más interesa del barrunto no es su carácter de sospecha sino su orientación hacia la verdad, lo valioso del barrunto no es que sea barrunto sino que atine en cuanto a la verdad de lo que se barrunta. A quienes queremos ver desaparecer esta lacra del aborto nos mueve más el convencimiento de que acabaremos con él que el número frío y escalofriante de los centenares de miles de abortos que tenemos en todo el mundo, año tras año. Eso sí que son datos, eso sí que es una constatación y si pensáramos que no se puede hacer nada por evitarlos no nos quedaría otra salida que el lamento del derrotado, la estéril resignación de aceptar que la muerte siguiera triunfando.

6. ¿Otra vez España?

¿No será de nuevo “la hora” de España?

Hace unas semanas que uno de nuestros líderes sociales[39] más activos en la defensa de la familia y de la vida decía que en esta lucha por la vida naciente hay dos países pioneros, uno a cada lado del Atlántico norte: Estados Unidos en América y España dentro de Europa occidental.

Si esto es así, y él lo argumentaba convincentemente, la pregunta que cabe es esta: ¿No será que estamos siendo llamados otra vez a ejercer esa vocación divino-terrena que es la ser instrumento de la Iglesia para colaborar en la extensión del reino de Dios en la tierra? ¿No será que dentro de la vocación histórica de España, en esta etapa de principios del tercer milenio, nos corresponde dar la batalla al aborto dentro y fuera de nuestras fronteras? La vocación permanece, los cometidos cambian, los modos de acción también. Lo que no ha cambiado es nuestra condición de puente entre Europa y América. No nos hundimos en el océano, como cantó Verdaguer en el mito de Atlántida, porque teníamos una misión que cumplir: Unir las tierras de ambas riberas. Seguimos teniendo un peso reconocido en ambas riberas, nuestra voz sigue siendo escuchada en Europa y en América. ¿La emplearemos para decir una palabra de vida y de esperanza a los pueblos de uno y otro lado del Atlántico?

¿Cabe esperar esto del conjunto de los españoles? La respuesta es no. No, no cabe esperarlo porque no estamos en condiciones de hablar a coro. Quienes al menos sí deberíamos hablar a una somos los católicos. La bandera contra el aborto no es una bandera que corresponda de suyo a los católicos, porque es una cuestión de ley natural y, en consecuencia, afecta a todo hombre; ahora bien, no se hará sin los católicos. Hasta ahora nuestra respuesta ha sido corta e insuficiente, pero la que ha habido procede casi en exclusiva de los sectores católicos, y dentro de estos sectores, al laicado.

Somos los laicos católicos en general, y en nuestro caso los laicos católicos españoles, los llamados a hacer nuestra esta calamidad y curar esta herida. Si el mal no tiene la última palabra, la pregunta es ¿estamos dispuestos a pronunciarla nosotros? Tiene razón el filósofo Ortega y Gasset cuando afirma que las naciones no pueden subsistir sin un proyecto, sin una causa común que las aglutine. Quienes hoy dan a esta nación por desaparecida tienen motivos sobrados para pensar así, la fragmentación social es un hecho y la descomposición política y social en el futuro inmediato más próximo es un riesgo de altas probabilidades. Ahora bien, hay que saber que este diagnóstico de agotamiento colectivo y el riesgo del fin de la nación se han venido anunciando desde hace tiempo y especialmente en los últimos doscientos años. Y podría ser que el riesgo se convirtiera en hecho consumado, no lo sabemos. Si la historia fuera solo cosa de los hombres, la España que hemos conocido habría dejado de existir hace mucho tiempo. Siendo cosa de Dios, que es el Señor de la Historia, nuestras energías deben concentrarse no en prever futuribles en los que nadie puede poner una gota de luz sino en aclarar la densa oscuridad del presente.

¿No hay nada por qué luchar? Quien no lo encuentre, ahí tiene el problema del aborto inserto en la vocación de España. ¿Se le hace poco? ¿Puede darse una causa más urgente y más justa?

Instrumento de la Iglesia al modo hispano.

A nuestra manera. Que quiere decir con fe berroqueña, con esperanza entusiasta, con visión de realidad, con austeridad y elegancia, con generosidad, convencidos, alegres, tenaces, esforzados, decididos a poner fin a esta canallada. La lucha supera nuestras fuerzas, pero esto no es motivo para echarse atrás, al contrario, este es un signo de que la tarea es una encomienda que nos viene dada porque así es siempre en las tareas que Dios encarga. Con todas las armas legítimas, con acción e imaginación, pero muy especialmente con las rodillas, con el Rosario, que fue fundado por un santo español, Santo Domingo de Guzmán, con la ayuda de los innumerables mártires de nuestra historia, especialmente los más recientes, los cuales no han derramado su sangre en balde, invocando al Santo Ángel Custodio de España y bajo el patrocinio de Santiago Apóstol y de María Inmaculada, nuestros patronos.

Y todo ello, y siempre, como enseñara San Ignacio, ad maiorem Dei gloriam, para mayor gloria de Dios.

Estanislao Martín Rincón



[1] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 479.

[2] Dice San Pablo que Dios, “a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co, 5, 21). Y el Catecismo, en el punto 603 señala que “Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Sal 22,2)” (punto 603).

[3] Rom 4, 17.

[4] COMPENDIO DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 67.

[5] TEXTOS DEL CONCILIO VATICANO II. Gaudim et spes, 22, 1.

[6] Cfr. TEXTOS DEL CONCILIO VATICANO II. Lumen gentium, 32.

[7] KOLODIEJCHUK, B. (2008) (ed. y comentarios). Madre Teresa, p. 61 (Barcelona, Planeta).

[8] TEXTOS DEL CONCILIO VATICANO II. Gaudim et spes, 11.

[9] Os 2, 16

[10] Cfr. Jn 14, 27

[11] En la persona humana sí, porque todo hombre es un ser en construcción, pero en Dios no. En Dios su ser coincide con su hacer, al menos en las operaciones ad intra.

[12] MIRAS, J. (2008). La vocación en la Iglesia católica en http://dspace.unav.es/dspace/bitstream/10171/22765/1/vocacion-en-la-Iglesia-catolica.pdf, página 6.

[13] MOUNIER, E. (1988). Obras completas. Tomo IV, p. 852. (Salamanca, Sígueme).

[14] Dt 7, 6

[15] Mt 23, 37

[17] A modo de ejemplo véase ENCICLOPEDIA ÁLVAREZ. Iniciación profesional, p. 981 (Valladolid, Miñón).

[18] En el momento en que se elabora este trabajo la canonización del Papa Juan Pablo II está autorizada por el actual Sumo Pontífice Francisco, si bien aun no está fijada la fecha.

[19] JUAN PABLO II. (1989). Ceremonia de bienvenida a España en el aeropuerto de Labacolla el 19 de agosto de 1989.

[20] JUAN PABLO II. (1982). Ceremonia de bienvenida a España en el aeropuerto de Barajas el 31 de octubre de 1982.

[21] Cfr. GARCÍA MORENTE, M. (2008). Idea de la Hispanidad, pp. 197-205. (Madrid, Homo Legens).

[22] VALDEÓN BARUQUE, J. (2006). La reconquista. El concepto de España: unidad y diversidad, p. 12. (Madrid, Espasa).

[23] VERDAGUER, J. (1992). La Atlántida, canto I, p. 23. (Barcelona, Planeta)

[24] SOCIEDAD ESTATAL DE CONMEMORACIONES CULTURALES (2005). Programa de mano de Atlántida: el último gran sueño de Manuel de Falla, p. 29.

[25] Se refiere a Rusia

[26] El comunismo.

[27] GARCÍA MORENTE, M. (2008). Op. cit., pp. 203 y 204.

[28] DONOSO CORTÉS, J. (1978). Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo, p. 87. (Madrid, Editora Nacional).

[29] En la guerra civil acaecida entre 1936-1939, de igual modo que había ocurrido con la Guerra de la Independencia de 1808, se dieron ambos movimientos, hacia dentro y hacia afuera. No importan ahora las diferencias entre ambas guerras, lo que se quiere poner de relieve es la coincidencia simultánea de las dos fuerzas, centrípeta y centrífuga. En ambas los españoles luchaban por su patria al tiempo que estaba en juego el devenir de la historia más allá de nuestras fronteras. Por este motivo las dos comparten el doble rasgo de ser revoluciones internas y conflictos internacionales.

[30] ORTEGA Y GASSET, J. (197517). España invertebrada, p. 53. (Madrid, Revista de Occidente).

[31] Ibidem, 56.

[32] SCHÖNBORN, C. (1997). Amar a la Iglesia, p. 84. (Madrid, BAC).

[33] Cfr. STO. TOMÁS DE AQUINO. Suma de Teología, II-II, c. 123, a. 2.

[34] MARÍAS, J. (2000). «Ser español es una manera de instalarse en la vida», entrevista a Julián Marías por Mª José Ortiz en ABC de 6 de febrero de 2000, p. 47. Madrid.

[35] MENÉNDEZ PELAYO. M. (2007). Historia de los heterodoxos españoles, vol. 2, p. 907. (Madrid, Homo Legens).

[36] SCHÖNBORN, C. (1997). Op. cit., p. 85.

[37] MANUEL GARCÍA MORENTE, en la obra citada, Idea de la Hispanidad, (pp 247-295) hace una descripción del caballero cristiano caracterizado por once rasgos que según este autor definen “la esencia de la hispanidad, el estilo de la nación española” (p. 247).

[38] JUAN PABLO II. Comentario al Salmo 47. Audiencia general de 17-10-2001.

BENEDICTO XVI. Homilía en las Vísperas de 25-3-2012 en la catedral de León (Mexico).

[39] Por honradez intelectual y porque es de justicia, señalo su nombre. Se trata de don Benigno Blanco Rodríguez, presidente del Foro Español de la Familia y vicepresidente de la fundación Redmadre.

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