España, sin alternativa colectiva a la cultura y moral cristianas

Este inicio de curso viene fuerte. Una ofensiva liderada, sobre todo, por el grupo PRISA y su buque enseña, El País, tiene abierto todos los frentes d…

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Este inicio de curso viene fuerte. Una ofensiva liderada, sobre todo, por el grupo PRISA y su buque enseña, El País, tiene abierto todos los frentes de crítica contra el catolicismo y la Iglesia.

Se utiliza en este sentido la oposición de ésta a la asignatura de Educación para la Ciudadanía –una opción absolutamente legítima y razonable en una sociedad democrática-

También se critica a la enseñanza desde las escuelas concertadas de ideario católico, presentándolas como un privilegio y un foco de desigualdad frente a la inmigración.

Además, se presenta con insistencia, y desde distintos ángulos, a la Iglesia como ganadora de sus “ofensivas“ contra el gobierno. Se aduce que en el caso de la EpC la ministra de Educación ha cedido notablemente (y esto es cierto en parte). Se trata de éxitos relativos, discutibles, y que consisten más que nada en haber recuperado parcialmente la posición perdida por la continuada ofensiva del gobierno.

Porque el hecho real es que a lo largo de esta legislatura ha habido una ofensiva que tiene como objetivo a batir la dimensión católica de la sociedad española, y qué esta se prolongará y acentuará si vuelve a ganar Zapatero.

En su nueva fase se buscará una modificación o reinterpretación constitucional para transformar el pacto que culminó en un estado aconfesional -y, en este sentido, laico-, en otro de beligerancia laicista que ya ni tan siquiera en Francia se practica, y tendríamos que acudir al militarismo turco para encontrar algo parecido.

En realidad el problema de fondo de todo esto no afecta sólo a la Iglesia o a los católicos, sino al conjunto de la sociedad española. Porque con la ciega vocación de liquidar lo cristiano desde el punto de vista de la fe –algo que evidentemente no está en sus manos- batir a la religión, quebrarla, lo que en realidad se está haciendo es liquidar los fundamentos culturales y morales de la sociedad española.

Recientemente en una entrevista en La Vanguardiael premio Nobel de química Aaron Ciecchanover, se definía como “ateo pero judío de tradición y cultura”. Esto, en España, para el complejo mercantil-mediático-político laicista, resulta inimaginable.

Y es que existe una diferencia sustancial entre fe y cultura. La primera necesita de la creencia en Dios y de un vínculo, la religión, con Él. La cultura tiene su origen en el hecho religioso pero no necesita de la creencia para ser vivida y practicada, al igual que sucede con la moral.

Uno puede ser partidario de vivir la tradición de la Navidad y no creer que Jesucristo es Dios; apostar por la fidelidad en el matrimonio y buscar la descendencia y no poner los pies en una Iglesia. España es un país de cultura y moral cristiana, no confesional, no religiosa, pero que hunde sus raíces en esta tradición.

Lo que con su guerra consigue el laicismo de la exclusión religiosa es cargarse esa cultura y esa moral en la sociedad sin tener absolutamente nada con que sustituirla. Una persona tan beligerante con la Iglesia como el escritor Suso del Toro lo reconocía en un reciente artículo en El País (14 de septiembre):

 “En este tiempo nuevo las generaciones adultas conservamos, aunque no lo reconozcamos, la moral judeocristiana que nos transmitió de grado o por la fuerza la Iglesia, aunque ella no la siga. Estas son nociones que muy malamente intentamos transmitir a los que vienen, ¿pero ellos qué heredarán? ¿Una discoteca, una pantalla?

Falta un tercer interrogante a todo esto ¿Es socialmente responsable intentar destruir algo sin tener capacidad para ofrecer una alternativa? Lo que nos propone el laicismo español es que la sociedad avance hacia el vacío y se hunda en él.

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