Espiritualidad en verano (y II)

Este verano he realizado el peregrinaje más conocido del mundo: el Camino de Santiago. Lo hice con los Scouts de Europa, éramos unos 20 y lo empezamos desde Monforte de Lemos. Una semana para hacer 150 quilómetros, pero dentro de nuestras prioridades no se encontraba el andar en un tiempo récord toda la ruta. El Camino se abría ante nosotros como una oportunidad de vivir a través de la simpleza y humildad del peregrino, el poder orar y sentirnos cerca del Padre, sin otras distracciones materiales que las propias del camino (abastecimiento, lluvia) y preparar así nuestra llegada espiritual a Santiago de Compostela. Hicimos una variante del camino que no es demasiado conocida: el camino de invierno. Recomiendo vivamente a todas aquellas personas que realmente hagan el camino por motivos de fe que intenten evitar aquellas rutas más saturadas como son el camino del francés. Es cierto que habrá menos comodidades y seguramente será más complicado, pero se podrá vivir de una forma más intensa. Todas las prescripciones anteriores las hago porque, ante mi sorpresa, una gran mayoría de personas que andaban el Camino no lo hacían por motivos espirituales, de redención personal. En la mayoría de ocasiones dormimos en tiendas fuera de los albergues, pero cuando lo hicimos sorprendía ver la actitud de algunos peregrinos con botellas de vino o con simples ganas de ligoteo. A muchos les extrañaba la presencia de un capellán en un albergue del Camino. La mejor ilustración de esta realidad fue la conversación que tuvimos con un simpático vasco con el que nos habíamos cruzado en distintas ocasiones durante la ruta. Supongo que porque al llegar al albergue nos fuimos a misa nos preguntó un poco asombrado si éramos peregrinos de aquellos que hacíamos el camino por fe, le contestamos afirmativamente. Entonces le devolvimos la pregunta, el contestó que no y aquí vino nuestra segunda cuestión; insistiendo entonces cuáles eran sus motivos para hacer el camino. Dudó en un primer momento pero contestó que lo hacía para hacer deporte, conocer gente y estar con sus amigos; después de un silencio prosiguió diciendo que en realidad no había meditado mucho por qué hacía el Camino. Dentro de nuestra ruta de verano y aparte de las particularidades logísticas propias de los Scout como es cocinar siempre caliente o estar dispuestos a dormir en tiendas, nuestra pedagogía nos indica un modelo de ruta distinta a la ‘tradicional’, donde la espiritualidad y la fraternidad son protagonistas. Cómo he comentado antes el andar no es el objetivo principal. Las primeras y últimas palabras del día están dirigidas al Padre, para no olvidarnos de Él durante el día y la noche. En todas las jornadas, durante la ruta, rezamos el rosario y el Ángelus; pero no solo oramos sino que también es un buen momento para entablar interesantes conversaciones con nuestros hermanos scouts. También en situaciones complicadas, cuando el cansancio empieza a hacer mella, cantar ayuda ¡y mucho! Otro momento muy importante en nuestro itinerario es la hora ruta en que se acostumbra a leer y meditar textos ya preparados con anterioridad. Es un buen momento para estar en silencio ante la maravilla de la creación; al terminar se comparte con los otros compañeros la experiencia de esta hora ruta. Después de una semana llegamos a Santiago de Compostela. Allí nos encontramos con 400 Scouts de Europa franceses y por la noche, todos juntos, pudimos disfrutar de forma privilegiada de la Catedral para poder realizar ahí una velada de oración. ¡Fue increíble! Marchamos hacia el templo en procesión, con cantos a la Virgen y rezos. La gente, al ver esa marea de chicos jóvenes, con esa actitud de alegría y esperanza, quedaban sorprendidos. La entrada en la Catedral fue emocionante, era la culminación de nuestro peregrinaje. Allí pudimos orar y cantar, era la fiesta del amor de unos hermanos dirigido hacia un mismo Padre.

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