Estados, naciones y patrias (2/2) (bis)

“Seny” versus “rauxa”

Organización de las Naciones Unidas

El problema de las nacionalidades se sitúa hoy en un nuevo horizonte mundial, caracterizado por una fuerte “movilidad”, que hace los mismos confines étnico-culturales de los diversos pueblos cada vez menos definidos, debido al impulso de múltiples dinamismos como las migraciones, los medios de comunicación social y la mundialización de la economía (apartado 7 discurso del Papa Juan Pablo II en la ONU 5-10-1995)

 

Lo estamos constatando todos en día a día acelerado. Vds. tienen WhatsApp y tabletas con wi-fi. En lugares remotos del mundo también lo tienen. ¡Migraciones! Abarcan las inmigraciones y las emigraciones. Mientras hombres, mujeres y niños huyen con lo puesto de países devastados (por ejemplo Siria), nuestros hijos, ya universitarios, buscan, encuentran trabajo y residen en otros países europeos como emigrantes… o en otros lugares de España.

 

Si, en pobre enfoque económico identitario, es catalán todo aquel que reside y trabaja en Catalunya, eso querrá decir que nuestros hijos catalanes tal vez ya no lo sean. Querrá decir que también lo son los que, sea cual sea su nación de origen, residen y trabajan en ella. Y los que vienen para sobrevivir ¿no buscan en origen antes de venir (ni en destino una vez llegados) y residen ilegalmente más allá del tiempo razonable? ¿No encuentran su identidad, por ejemplo los “manteros”?. El Papa Juan Pablo II distinguió en la quincuagésima Asamblea General de las Naciones Unidas el término “nación” del término “patria”, diferenciando el término “nación” del término “estado”. Ir de un lado para otro eso es migrar.

 

El Papa diferencia muy bien un Estado, una Nación y una Patria. Un mismo Estado puede contemplar distintas realidades nacionales, sean Monarquía o República. Nación es el lugar de nacimiento. Patria es la tierra de nuestros padres. Nación es un parámetro político moderno europeo. La primera que surgió en el tiempo, a finales del siglo XV, se denominó España. La Nación española fue la USA del siglo XVI. En la Edad Media no existían naciones. Hoy existen naciones sin estado propio exclusivo, pues existen los estados plurinacionales, sean monárquicos, republicanos, federales y no federales. Se articulan todos con parámetros legales y económicos comunes, que van más allá del planteamiento propio del gobernante de turno y de sus ideologías de género (de partido político) ancladas en el pasado. El surgimiento de la ONU al término de la II Guerra Mundial en el siglo XX es elocuente.

 

¿Y los parámetros culturales? En cierto modo también inciden. Pero sólo también si tienen en cuenta el factor Patria. Patria que solo es sustentable desde la perspectiva del amor. Es entonces cuando cobra verdadero sentido el Arte, la Música, la Literatura y… ¿Y qué más? Pues la Historia en mayúsculas.

 

Las afirmaciones actuales denominadas nacionalistas ¿son adhesiones cerebradas intelectualmente a algo? ¿A qué? Si existen, más allá de proclamas, no brotan de simples sentimientos sino de convicciones profundas. Convicciones a respetar políticamente si respetan las del prójimo. Convicciones que no vienen definidas por un voto. Menos todavía por una mayoría de votantes que se aúpa en la mayoría  relativa de los que votan para refrendar un sentimiento ganador, sin competición establecida ni reglas para ello. Los sentimientos no compiten entre ellos y las convicciones todavía menos. En general son afirmaciones sin argumentación intelectual sólida. Visto desde fuera muestran demasiado sus histerias de gallinero. Siempre esconden, si lo tienen, el razonamiento ponderado.

 

El amor a la tierra de nuestros padres va más allá de la dimensión física de la generación precedente. Por esta misma razón un sentimiento nacionalista, sin más base identitaria que la del sentimiento, carece de objetividad. Es totalmente subjetivo. Cuando se cede al subjetivismo político, fácilmente el ciudadano, sea cual sea su procedencia de origen, es manipulable. Está al vaivén, a merced de gobernantes arrogantes de poder y sed de dominio. Fue de este modo como Hitler, después de ganar unas elecciones democráticamente, tocó la fibra sensible germánica despertando el mito de la raza aria. Lo que aconteció después fue factible por el engaño de masas precedente. Sin minorías selectas capaces de liderar culturalmente contrarrestando, el camino hacia el totalitarismo estaba trazado.

 

Esto del nacionalsocialismo alemán es un capítulo doloroso de la Historia del siglo XX. Hay otros en este siglo y los precedentes. También en el XXI. El Papa San Juan Pablo II habla de la libertad como premisa identitaria previa irrenunciable. Libertad sin imposiciones. Habla de apertura al prójimo. El mundo, nuestro mundo, en política y economía, avanza cada vez más, en una época sin fronteras por lo menos en la mayor parte de Europa, hacia realidades supranacionales. Si yo evoluciono y no me anclo ni en sentimientos ni en cerebro, ¿por qué se anclan otros paisanos míos en sentimientos de la época de mis bisabuelos? ¿A qué viene autoafirmar imponiendo, desde una óptica ideológica unicolor, una afirmación nacionalista no razonada que identifica nación con patria y con estado? Imponiendo, sin preguntar al menos por los sentimientos distintos. Imponiendo, sin reparar en la Historia, reinventándola. De afirmación gratuita en afirmación gratuita,  sin necesidad de una ideología universal de género. A modo de caparazón tejen el escudo de un parapeto para lerdos: el del poder que otorgan unos votos. De este modo la Historia en mayúsculas pasa al furgón de cola de las prioridades intelectuales.

 

Un plebiscito jamás podrá determinar mi identidad cristiana y el amor a mi Patria. ¿Acaso los acuerdos de Estado supranacionales en el orden económico no cuentan? ¿Acaso lo que cada persona es no cuenta? Si yo soy español es porque soy catalán. Si soy europeo es porque soy español. ¿Deberé optar próximamente entre condición catalana y condición española? Vds. tal vez. Yo no, pues aquello que soy no brota de un sentimiento, sino de mi libertad de profundizar y aprehender a lo largo de mi vida la razón de ser de mi Patria, entendida en los términos que invoca el Papa desde el amor subordinado al Amor.

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