Estamos en manos del destino

A lo largo de su historia lo que entendemos que es Europa, forjada por el cristianismo, la filosofía griega, el ordenamiento jurídico romano y la Ilus…

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A lo largo de su historia lo que entendemos que es Europa, forjada por el cristianismo, la filosofía griega, el ordenamiento jurídico romano y la Ilustración, ha experimentado grandes retos históricos que la han llevado a poner en peligro su propia continuidad. El primero se dio precisamente en el proceso de transición que comporta el desorden creado por el fin del Imperio romano. En este caso, una causa fundamental de la caída fue el largo proceso de implosión demográfica que dañó a Roma de manera irreversible.

Los llamados pueblos bárbaros rápidamente se romanizaron y cristianizaron y, en este sentido, constituyeron un vector que está en la raíz de la construcción europea, como lo constata la incidencia del derecho y las tradiciones germánicas en el acerbo común.

No fue hasta el año 711 cuando en las costas de Tarifa la incipiente Europa que iba surgiendo de las cenizas del imperio se enfrentaba a un choque con una cultura y religión radicalmente distintas. Era el Islam. Hasta el 732 con la derrota en Poiters a manos de los francos, el riesgo de expansión del Islam, al menos por el sur de Europa, fue cierto.

Desde aquella fecha, y en un proceso muy lento que ocuparía prácticamente seiscientos años, la cristiandad fue reduciendo la ocupación árabe en la península ibérica, hasta dejarla en nada. Pero casi coincidiendo con aquel desalojo se producía la mayor penetración de otro pueblo islámico: los turcos, por el otro extremo de Europa. En 1493 consiguieron finalmente liquidar lo que quedaba del imperio bizantino. La amenaza turca se extendió durante la época moderna llegando a su punto más álgido con el asedio de Viena, a mediados del siglo XVII.

A partir del XIX se entra en el período de las grandes guerras civiles europeas. No son obviamente las primeras. Las grandes confrontaciones entre Francia e Inglaterra, entre el Imperio español y Francia, los conflictos entre prusianos, austriacos, franceses y suecos, las grandes guerras napoleónicas, todo esto y mucho más son guerras civiles europeas; pero es necesario llegar al siglo XIX y sobretodo al XX para que estas catástrofes provoquen una verdadera epidemia mortífera entre la población civil.

Si una gran parte de la historia medieval hasta bien entrado el Renacimiento no se explica sin la peste y sus consecuencias, el siglo XIX y XX tienen como flagelo sustitutorio, la guerra. El desarrollo de la capacidad militar, la potencia de fuego, la utilización de grandes levas civiles, el aniquilamiento querido y sistemático de la población no combatiente, elevan el nivel de destrucción que había poseído el conflicto bélico en Europa.

Pero, seguramente, la amenaza mayor que surge en el siglo pasado es el desarrollo de las ideologías de exterminio: el nazismo y el marxismo. El primero está estrechamente vinculado al último gran conflicto bélico y su duración es corta. El segundo se extiende prácticamente a lo largo de todo el siglo XX, de hecho algunos historiadores convierten su duración en equivalente a la del siglo, es el llamado Siglo Corto, que se inicia con la Revolución Rusa y termina simbólicamente con la caída del Muro de Berlín en 1989.

El marxismo estuvo a punto de poner fin a lo que Europa significa, pero al final se hundió como un castillo de naipes y en este fin precisamente el hecho católico tuvo de la mano de Juan Pablo II un papel definitivo, sin que ello comporte el olvido de quien realmente lideró la confrontación, los Estados Unidos de Reagan.

La idea de que hoy en Europa no existen peligros extremos de supervivencia, o que si éstos se dan vienen de la mano del Islam es, en el primer caso, un error, y en el segundo, un riesgo improbable ante una Europa mínimamente articulada. El Islam reducido a ideología de la agresión violenta obviamente comporta peligros, pero resulta difícil entrever un horizonte que pueda esquilmar a una civilización europea consistente.

El riesgo real procede de otro ámbito, y es de naturaleza interna. Es esa ideología sucedánea del marxismo que combina la radicalidad de los objetivos finales con planteamientos aparentemente inofensivos, sobretodo cuando son examinados desde la trivialidad o de lo políticamente correcto.

Esta ideología radical se llama “perspectiva de género”.

Un concepto extendido hasta la sopa y del que se desea ignorar lo que realmente describe. La perspectiva de género no es exactamente un feminismo en el sentido de que luche por la igualdad y la equiparación entre hombre y mujer, es otra cosa, es la voluntad de destruir precisamente esta diferenciación entre hombres y mujeres y las instituciones que los acogen y representan.

Es, por consiguiente, la destrucción de la propia raíz europea, de hecho universal, la antropología de la condición humana y de sus instituciones insustituibles socialmente valiosas: el matrimonio, la paternidad, la maternidad, la familia, el parentesco, establecido a través de este sistema de relaciones.

En definitiva, implica la destrucción de la sociedad civil tal y como la conocemos. Este sí es el riesgo real porque va corroyendo nuestras capacidades y nos debilita para, al final, dejarnos inermes en manos, no de nuestra voluntad, sino del destino.

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