¿Están usurpando la cruz?

cruz

Nos ha llamado la atención un articuló de una acreditada y ponderada periodista de La Vanguardia “La política de la usurpación” en el que se sostenía que la decisión del gobierno de Baviera de que la cruz tenga un lugar preceptivo en los edificios públicos de su administración, y el uso electoral del cristianismo en Polonia y Hungría constituían un abuso y, por consiguiente, – afirmaba la periodista- los obispos habrían de reaccionar.

Es una reflexión interesante porque da por sentado que 1) La Iglesia  Católica tiene la exclusiva de la cruz 2) El significado secular del cristianismo debe estar sujeto a la intervención de la Iglesia.

A la primera cuestión la respuesta es que no existe tal exclusiva, primero porque el cristianismo es obvio que no se resume en la Iglesia Católica, y también porque la cruz forma parte de nuestra cultura secular, y es usada por banderas y enseñas políticas de todo tipo. Si aquella exigencia de intervención de la Iglesia fuera adecuada, cabría pedir una reacción ante las cruces de las banderas nacionales de Suecia y Noruega, cuyas leyes están muy alejadas de toda concepción cristiana. Lo que sucede es que lo que no gusta de unos países, si agrada en otros, pero no por su abuso cristiano, sino porque no forman parte en un caso, o si pertenecen, en los otros, a legislaciones de la tradición liberal. Pero es evidente que la democracia no se agota en esta tradición, ni mucho menos.

La segunda cuestión también resulta evidente: los mismos que le piden a la Iglesia que no opine sobre temas políticos de índole religiosa o moral, sí quieren que lo haga en este otro tipo de razones. Es perfectamente contradictorio

En todo esto hay una gran omisión: la crítica al uso masivo de cruces amarillas en las playas de Cataluña. Si hay un uso inadecuado de la cruz, una instrumentación política sistemática es este. Pero ante quienes critican a Baviera, guardan silencio, a pesar de que en este caso el uso de la cruz no es algo formal, si no instrumento de una campaña política agresiva, que por su ocupación del espacio público facilita en enfrentamiento.

Lo que sí nos parece legitimo en cada contexto social respectivo es que la Iglesia llame la atención sobre las posibles contradicciones entre sus políticas y el mensaje de Jesus, de quienes se proclaman en el ámbito político, secular, defensores de la “cultura cristiana”. Afirmar la cultura cristiana y negar toda solidaridad con los inmigrados, aunque pueda tener una explicación histórica y política, carece de justificación cristiana. Sería un ejemplo de los muchos posibles.

Sostenemos que ante esta repentina incursión hacia nuevos deberes eclesiales en el ámbito secular se encuentra la defensa de la llamada democracia liberal, pero en unos términos ceñidos a la ideología liberal, que no es lo mismo, como se puede constatar en esta fuente neutral. Y aquí es necesario introducir una reflexión. El adjetivar la democracia “orgánica” como en la España de Franco, “popular” en los países comunistas, “bolivariana” en el chavismo venezolano, ha sido siempre visto con aprehensión por los demócratas. A pesar de ello, de un tiempo a estar parte es una consigna que va creciendo de la mano de determinados creadores de opinión, de Vargas Llosa a Soros, el especulador. Es una estratagema destinada a desacreditar a quienes no comparten determinados supuestos, que no son tanto definidores de la democracia como de la cosmovisión liberal de nuestro tiempo. Aquella que afirma la neutralidad del estado, como teoriza Rawls, pero que en la práctica se traduce en construir otra “moralidad” que ensalza todo lo contrario a nuestra tradición cultural; y a la que sostenemos la importancia de la comunidad y la razón objetiva de la ley natural como fundamentos del bien común. Algo que, como hemos visto en Portugal con la eutanasia, o en la crítica demoledora de Horkheimer a la razón instrumental liberal, reúne a gentes no solo de todas las confesiones, sino incluso a aquellos  que se afirman como partidarios de una razón objetiva, que no niega la razón instrumental, sino que la sitúa en el orden que le pertenece, desde la perspectiva comunista y marxista.

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