Este es el hombre: Jesús de Nazaret, el Cristo

De la mano del Papa Benedicto XVI acabamos de iniciar en la Iglesia el Año de la Fe. La fe-cristiana en cuanto concepto teórico probable…

De la mano del Papa Benedicto XVI acabamos de iniciar en la Iglesia el Año de la Fe. La fe-cristiana en cuanto concepto teórico probablemente sea la cuestión más estudiada a lo largo de la historia. Sencilla y profunda a la vez. Tan sencilla que no hay nadie que no pueda recibirla, por mermadas que sean sus capacidades, y tan profunda que tampoco hay nadie que pueda agotarla, por dotado que esté; cualquiera puede participar de ella y a todos sobrepasa.

Susceptible de múltiples enfoques y definiciones, de entre las muchas posibilidades que se nos presentan para acercarnos a ella, hay una que resulta especialmente válida y es la que nos ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica. Dice el Catecismo en el punto 150 que “la fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios” y en el punto siguiente aclara que “para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que él ha enviado, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda su complacencia”, Jesucristo.

Querido lector, seas creyente o no, cristiano o no cristiano, agnóstico o convencido, permíteme que te presente a este personaje singular de la gran historia humana. Sin apearme ni un ápice de mi fe católica, he optado por tomar distancia, no para apartarme de lo que mi fe me dice (eso sería ir contra mí mismo) sino para ponerme al lado de quienes se ven a sí mismos lejos de todo esto. Sé que me será imposible asumir el papel de los que no creen porque yo creo, ni el de los que no practican porque yo practico, pero a su lado sí puedo estar y quiero estar. (Tú y yo estamos más cerca del corazón de Dios Padre de lo que podemos sospechar). Dicho esto -que por honradez me parece obligado- te invito a asomarte a Jesús de Nazareth, el Cristo. Lo que te propongo merece la pena. No sé si lo vas a aprobar o no, pero no es un mito ni una “historia”, sino Historia con mayúscula, historia real, pasada y presente, ocurrida entre nosotros, que se inició hace dos mil años en un rincón perdido del Imperio Romano, concretamente en Judea, una de sus provincias orientales, y que continúa viva hoy en medio de este mundo globalizado.

Cristo nació de María, la Virgen, bajo la Ley dada por Dios a Israel, “cuando se cumplió el tiempo”. Esta expresión de la Sagrada Escritura puede ser interpretada de diversas maneras: cuando concluyó el tiempo que Dios Padre había determinado, cuando Israel, el pueblo de Dios había sido preparado para recibir al Mesías, cuando habían predicho las Escrituras, etcétera. Y también puede significar cuando la humanidad estaba intelectualmente madura, cuando el pensamiento del hombre, por sí mismo, había dado de sí cuanto podía dar y ya no cabía esperar a conquistas mayores.

Sea como fuere, el Cristianismo entró en el mundo y supuso una auténtica revolución en todos los órdenes. Nunca había sucedido nada igual y nunca volvería a ocurrir, porque se trataba de un acontecimiento único: Dios se había hecho hombre y había vivido entre nosotros. Sin ser uno como nosotros, pues era Dios, tomó en sí y sobre sí la condición de hombre y pasó por uno de tantos.

Constituyó un fenómeno de masas en la medida en que se puede hablar así de aquella época. Provocó adhesiones radicales y rencores de muerte. Sorprendió siempre.

Nació de mujer, maravilló mucho con su encarnación y su nacimiento cuando se fueron conociendo los detalles de los mismos, y maravilló a todos los que le conocieron en su infancia, aunque se sabe muy poco de ella.

Y maravilló con su vida. Habló mucho de sí mismo y dijo cosas increíbles -escritas están- a las que nadie se atrevió nunca, ni antes ni después: Dijo que era “el” Hijo de Dios, el Enviado por Dios y Dios mismo. Esto no le impidió llamarse también Hijo y Padre del rey David al mismo tiempo, Ungido por el Espíritu e Hijo del Hombre. No tuvo empacho en que le reconocieran como el Maestro, el Amigo, el Hermano y el Esposo. Ante el gobernador romano que lo había triturado a golpes se confesó Rey, y eso que unas horas antes se había presentado como Siervo lavando los pies a sus más íntimos.

Dijo cosas que sorprendieron en extremo: Que nadie podía ser amigo suyo si no hacía lo que Él mandaba, que o se estaba con Él o contra Él, que existía antes que Abraham -que había muerto mil quinientos años atrás-, que si uno no renunciaba a todos sus bienes no podía ser discípulo suyo, aunque en realidad ser discípulo no depende solo de que uno quiera o no quiera, sino de que el Padre se lo envíe, y en el colmo de la exigencia, pidió hacia su Persona un amor mayor que algunos de los grandes amores humanos: hacia los hijos, hacia los padres, hacia los hermanos, y añadió que en caso contrario, quienes lo siguieran no serían dignos de Él. Al tiempo y, en todo caso, si no se cumplían una serie de condiciones nadie podría entrar en su reino: practicar la misericordia, perdonar a los enemigos, hacerse niño.

Dijo que Él era el Agua Viva que calma toda sed y la Vid de la cual viven los sarmientos.

Dijo que su cuerpo era un Templo y que su Sangre y su Carne eran, respectivamente, bebida y comida para la eternidad. Dijo también -y también lo dejaron escrito- que Él era la Luz y la Única Puerta. Se definió como el Pan Vivo bajado del cielo, como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, y en cierta ocasión como el Camino, la Verdad y la Vida.

Habló con una autoridad desconocida, como nadie lo había hecho nunca, e hizo cosas portentosas como jamás se habían visto antes: expulsó demonios, resucitó muertos, dio la vista a ciegos de nacimiento, el habla a sordomudos, y la salud a muchos enfermos del cuerpo y del alma. Anduvo sobre las aguas, ordenó al viento, adelantó el futuro incluso en pequeños detalles.

Y después de haber sorprendido a todos con su vida, sorprendió más aún con su muerte. Se dejó arrebatar la vida en plena juventud, sin ofrecer resistencia y tras un proceso en el que se le hizo sufrir como a nadie, tan cruento como injusto, murió como un vulgar esclavo con el título de Rey de los Judíos sobre su cabeza, crucificado en medio de dos ladrones, justamente el día de la víspera de la fiesta religiosa más importante del calendario judío: la Pascua.

Fue sepultado en el sepulcro que cedió un hombre rico, excavado en roca viva. Mas con su muerte no acabó su historia: Al tercer día resucitó. Lo testificaron muchos y en varias ocasiones, y eso a pesar de la prohibición expresa por parte de las autoridades. A muchos ese testimonio les costó la vida, empezando por un tal Esteban. Pero los suyos siguieron diciendo que el Señor había resucitado. Escrito está que en una de esas ocasiones lo vieron así, resucitado, más de dos mil que estaban juntos.

Eligió una vida pobre y dio a los suyos lo que no se puede dar: Su Madre como madre y su Espíritu como Tutor y Abogado.

Fundó una institución jerárquica, la Iglesia, a la que aseguró una existencia con dificultades y persecuciones hasta el final de los tiempos, subió a los cielos. Envió a Su mismo Espíritu para asistir a los suyos, con los cuales Él mismo se había identificado y aseguró su presencia sacramental, invisible pero real, en medio de su pueblo.

Y prometió que, acabado el tiempo, volvería para recapitular en Su Persona todas las cosas y entregárselas al Padre.

Y a la Humanidad le cambió la faz.

Desde entonces ya nada fue igual. Su doctrina corrió como reguero de pólvora por las arterias del Imperio Romano en un proceso sin retorno.

Y cambió la manera de entender las cosas: la vida, el mundo, la religión, la familia, la política, la cultura…

Y apareció una moral nueva. Provocó cambios de vida como nadie lo había hecho antes: el mundo se dividió entre los que le siguen y los que le odian; unos y otros son capaces de morir por su causa, los unos para que esta se propague hasta el último confín del mundo, los otros para que se desvirtúe, se apague y se extinga.

Cambió la manera de contar el tiempo: antes y después de su nacimiento.

Y cambió la manera de entender al hombre: Apareció el concepto de persona.

Gracias al pensamiento cristiano sabemos que cada hombre es un ser personal, como personales son los ángeles y como personal es el mismo Dios: Trinidad de Personas que constituyen un solo ser con una sola naturaleza. Gracias al pensamiento cristiano, sabemos que cada hombre es una criatura redimida, llamada a vivir, si quiere y acepta el Bautismo, la misma vida de Dios.

Cambió la manera de vivir: Con sus discípulos viviendo en comunidad (Iglesia) apareció el amor-caridad que era una realidad completamente nueva, no conocida antes en el mundo. Tal como había predicho, los suyos fueron perseguidos desde el principio y a lo largo de todos los siglos posteriores, pero contra toda lógica, eso no sirvió para que se extinguieran, sino que se fueron extendiendo más y más. Y así siguen.

Insufló en el mundo una esperanza que el mundo nunca había conocido. Gracias a él los hombres, no solo modificaron su manera de estar y vivir, sino que sin dejar de ser ciudadanos del mundo, se supieron a sí mismos, con una certeza roqueña, ciudadanos del cielo, empujados por la fe indubitable y la esperanza en la vida eterna y feliz junto a Él en un nuevo reino: el Reino de los Cielos.

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