Europa: no pasemos del drama a la tragedia. La Iglesia debe actuar

Existe una notable coincidencia entre los historiadores sobre que la Gran Guerra de 1914, más que de culpables y víctimas, fue el resultado de una acumulación de errores que cometieron los países implicados. El fin de la gran historia de expansión europea, estuvo en gran medida ocasionada por la incapacidad para entender la realidad de sus gobernantes. Pero dejarlo así sería simplificar en exceso, porque estos dirigentes políticos no surgían debajo de una col, sino que eran el producto de la cultura hegemónica de cada uno de sus países. Fuenteovejuna tuvo también una responsabilidad mediata, indirecta. Los errores reiterados necesitan un trasfondo de ideas que los hagan posibles, y para bien y para mal, las ideas tienen consecuencias.

Repitiendo sin imitar el 1914

La actual situación de Europa tiende a reproducir aquella historia en unos términos solo dramáticos: una ingente acumulación de decisiones equivocadas de los gobiernos de los estados miembros y del gobierno -es un decir- de la Unión:

El diseño de la arquitectura institucional con una moneda única, que no está acompañada de los restantes requerimientos que evitan los desequilibrios extremos. El abordaje del problema de la crisis solo a través de la reducción del gasto público, sin una política de inversiones que dinamice la economía y permita una buena tasa de retorno de lo invertido. La incapacidad para abordar el paro. La inoperancia del gobierno común, incluido un Parlamento, que a pesar de sus poderes, reina la ausencia de partidos y líderes realmente europeos. Nunca el perfil de los gobernantes ha sido tan pobre desde el fin de la II Guerra Mundial, la incapacidad para defenderse, que ya puso de manifiesto las últimas guerras balcánicas que solo se resolvieron por la intervención de EUA, los errores en Libia por exceso de intervención y el autismo en Siria, el estúpido enfrentamiento con Rusia por Ucrania, que solo ha dividido y empobrecido aquel país, y en el último capítulo, rebosando el vaso, haciendo estallar las costuras de la Unión: la crisis de los refugiados, una muestra de política tercermundista en cuanto a su eficacia, de desunión en cuanto a sus resultados y de imprevisión política en su concepto. Y la guinda final, la entrega de la llave de la crisis al régimen turco nacionalista, autoritario hasta la privación de las libertades básicas, que aniquila con el ejército a su propia población, los kurdos, que ha sido un agente maléfico en la guerra siria. A este régimen le regalan miles de millones, suprimen el visado para la entrada en Europa, una puerta perfecta para el terrorismo, y se comprometen a acelerar el proceso de adhesión. Alguien puede concebir mayor locura que esa: Turquía miembro de la Unión. Este pacto es el resultado de la ineptitud, de los errores previos, que ha conducido a unos aterrorizados dirigentes europeos a entregarse a Erdogan.

El cristianismo ha de intervenir antes de la tragedia

Hasta ahora, esto es un drama de grandes proporciones, pero su dinámica puede convertirlo en una tragedia. En las dos anteriores más inmediatas, la Iglesia poco pudo hacer para evitarlo, y en la primera, además, las Iglesias de los distintos países tampoco se esforzaron mucho. Después, al fin de la Segunda Guerra Mundial, la reconstrucción de Europa, surgió de un fuerte impulso cristiano. Ahora precisamente por la naturaleza de los problemas, la Iglesia podría ser un factor regenerador de primer orden. Algunos hechos decisivos se han producido, como la declaración conjunta del Papa Francisco y el Patriarca de Moscú Kirill , pero la dinámica negativa es tan perversa que se necesita más. La conferencia de los obispos europeos, que debería tomar buena nota de la capacidad de la CELAM, y los jóvenes de Europa, para citar dos protagonistas necesarios, deben salir a escena. Y cuanto antes.

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