Evangelización y Conversión

Se comete un error decisivo cuando se concibe la transformación religiosa de la sociedad en una escala del tiempo “electoral”, 4, 8 años, fruto de la tendencia bien humana de recoger lo sembrado. Los primeros cristianos, siempre referencia obligada, tardaron 400 años en construir la hegemonía de la cultura cristiana. En ningún momento tenían una razón de tiempo en su cabeza. Tenían un objetivo, proclamar la Buena Nueva y una forma de vivir coherente con su fe, y muchos de ellos, junto con los presbíteros y los apóstoles, primero, y los obispos, después, evangelizaron sin pausa.

Pero junto con el error de la escala temporal, existe otro de más frecuente y en un cierto sentido peor, porque encubre todos los abandonos, renuncias, inercias y perezas. Se trata de confundir la tarea a largo plazo con el no hacer nada, el confundir la evangelización con una rutina eclesial de actividades y horarios de oficina, sin cuestionarse el qué se hace y por qué se hace. El juicio sobre nuestros actos será por el esfuerzo que conllevan en relación a los bienes que nos han sido entregados. Quienes han poseído más deben aportar un resultado a sí mismo, más grande, y nadie puede esconder su tesoro bajo tierra sin ponerlo a trabajar. La pregunta del examen de conciencia es obligada: ¿dónde está realmente mi corazón? ¿Siento que está situado en el testimonio y la proclamación de la palabra, o permanece ocupado en otros sucedáneos, valiosos en sí mismos, pero que son propios solo de las recompensas de este mundo?

Un tercer error, que ha crecido con el tiempo, es renunciar a la evangelización porque lo importante es ser bueno, y porque todas las religiones sirven para la salvación, incluso la increencia. Sin entrar a discutir las relaciones entre causa y efecto y que las ideas tienen consecuencias; sin evitar la evidencia de que el católico no es inmune a la flaqueza humana, cabe señalar la gran objeción previa a aquella manera de pensar: equivale a negar el valor singular, único, de la Encarnación, de la persona de Jesucristo. Equivale a rechazar en contra de lo que Él mismo nos dice que es el camino –  no “un” camino- y la verdad- y no “una” verdad.

Evangelizar significa también ocuparse por las condiciones de vida, de la gente, en la perspectiva de transformar las estructuras de pecado, aquellas leyes instituciones, organizaciones, que con su actuación impiden o dificultan la evangelización. Ese es el fin último de la doctrina social de la Iglesia, y este el criterio de la acción que tiene una concreción evidente en la prioridad a los pobres.

Evangelizar significa antes que nada nuestra propia conversión y ayudar a la conversión del hermano. Es todo lo contrario a “instalarse” en la fe. Y la causa es bien concreta. La exigencia cristiana de transformación personal es imposible de alcanzar con las propias fuerzas, requiere de la ayuda de Dios, como le pedimos en el Padrenuestro, ¿pero cómo vamos a pedirle algo que no necesitamos, porque estamos “instalados”? Conversión y acción evangelizadora que exige “orar como si todo dependiera de Dios, y trabajar como si todo dependiera de nosotros”

Conversión atendiendo a su raíz latina, conversio, que significa literalmente girar en redondo. Es un giro que imprimimos a nuestras vidas para lograr un nuevo estado mejor, más cercano a la fidelidad a la fe proclamada

Conversión y evangelización son las dos caras de la misma moneda, una alimenta a la otra, y cuando la evangelización flaquea, con certeza que es el resultado de haber abandonado el esfuerzo de conversión.

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