Exégetas del Papa al borde de un ataque de nervios

No hay día que transcurra sin el desconcierto de propios y extraños en relación con gestos, actitudes o declaraciones del Papa. E…

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No hay día que transcurra sin el desconcierto de propios y extraños en relación con gestos, actitudes o declaraciones del Papa. Eso, en principio, sería lo deseable: que los católicos e incluso aquellos que no lo son estuvieran pendientes de las enseñanzas del Vicario de Cristo. Pero me temo que el fruto de todo este guirigay resida en factores distintos a los estrictamente apologéticos, entre ellos destaca sobremanera la concepción reduccionista del papel que juega la denominada comunicación intercultural, disciplina que tiene por objetivo el estudio de la forma en que la gente de diferentes orígenes culturales se comunica entre sí.

Se sabe que toda comunicación es polimorfa, encierra siempre un contenido y unas formas dependiendo del medio en el que se desea transmitir. Si se desconocen estas formas rápidamente se puede ser víctima de ellas y malograr los objetivos que se pretenden. En nuestras relaciones se nos presentan continuamente equívocos y malentendidos debidos a una incorrecta comprensión del proceso de transmisión de la información. En el ámbito de lo público, y en el caso particular de la información religiosa, esta problemática constituirá un campo minado para tertulianos, analistas, curtidos exégetas y sesudos vaticanistas que, a pesar de su fidelidad inquebrantable a la Iglesia, les enreda en alambicadas retorsiones semánticas o en complicadas interpretaciones cabalísticas para “dar coherencia” a las coherentes afirmaciones del papa Francisco. Dar coherencia a lo coherente es como buscar tres pies al gato y, si se insiste en el quimérico intento, acabará por llevar a muchos analistas y exégetas “al borde del ataque de nervios”, y empleo ésta expresión ahormada en el subconsciente colectivo de muchos cinéfilos con objeto de quitar un poco de hierro a un asunto que puede ser dramático para el crecimiento de la fe de muchos de esos “faros de la comunicación” y, por ende, de los barcos que en ellos han confiado su ruta de navegación.

Ante este escenario, la primera y más urgentes de las medidas a tomar sería la de no continuar remachando el clavo mal situado; errar es humano, insistir en el error diabólico. Muchas veces la solución a grandes problemas viene de la mano de una respuesta sencilla, que a posteriori incluso denominamos “tonta”, y si no que se lo pregunten a muchos estudiantes de matemáticas. En este caso la respuesta es más fácil de lo que puede aparentar todo este revuelo mediático.

Es reconocida la especial sensibilidad que el papa Francisco tiene por “las periferias” en su empeño por dar continuidad a la idea de su predecesor de mantener un constante espacio de encuentro entre creyentes y no creyentes, de tal forma que “los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio" (Benedicto XVI). Para ello el actual papa suele comunicarse con un registro especial de gestos y lenguaje que le permite y facilita la comunicación en este tipo de medios inhóspitos que los norteamericanos bautizaron como “no-go-areas”, es decir, zonas intransitables en donde las personas, de no adaptar en su lenguaje a sus interlocutores, se ven impedidas para establecer el mínimo lazo de comunicación.

El Papa en su misión evangelizadora no quiere ignorar este aspecto básico de la comunicación y en sus alocuciones públicas intenta tener presente, en todo momento, la composición personal, el entorno, la procedencia, la edad, la clase social y cultural de cada individuo o grupo social al que se dirige, entendiendo de una manera lúcida, a juzgar por el impacto que tienen sus declaraciones en el mundo alejado de la Iglesia, la imperiosa necesidad de adaptar su mensaje a esas “periferias existenciales” a las que se dirige, de tal manera que el mismo caiga en tierra fértil en vez de árida y pedregosa. A su entender ésta es la manera más adecuada de empezar a saciar la sed de Dios de todas aquellas almas que poseen formas diferentes de aceptar los valores y de entender la realidad que aquellos que tienen la gracia de una mayor experiencia de Cristo. Concepciones o conocimientos que pueden ser obvios y fáciles de vislumbrar para el creyente, pueden resultar con frecuencia extraños e increíbles para los que se creen huérfanos de Dios. Por tanto, el corolario que se colige de esta peculiaridad que presenta la comunicación de la Palabra de Dios es la necesidad ineludible de adaptarla a los diferentes medios y esferas sociales, siempre con una fidelidad irrenunciable a la verdad, tal y como el Papa hace en sus intervenciones.

El dominio del lenguaje en la comunicación es decisivo para lograr la misión evangelizadora de la Iglesia y el Santo Padre ha sido el primero en comprender la necesidad urgente de ello; con una manera telegráfica de hablar está conectando con una inmensa cantidad de gente. Tiene una gracia especial para usar un vocabulario actual, plástico y práctico, condensando en una frase todo un hondo pensamiento de teología, de moral, de espiritualidad, de pastoral o de vida consagrada. En su Homilía Misa de Peregrinación de las Familias a los pies de la Tumba de San Pedro nos ha vuelto a recordar el ejemplo de san Pablo que se adentró en esos “territorios hostiles”, esas “no-go-áreas” de las que hablábamos antes, “aceptando el reto de los alejados, de culturas diversas, y hablando francamente y sin miedo; conservando la fe porque, así como la había recibido, la dio, yendo a las periferias, sin atrincherarse en actitudes defensivas”.

Son estos territorios hostiles, esas zonas intransitables, en donde el papa Francisco quiere dejarse entender a través de su personal registro comunicativo, sin obviar, de ninguna manera su ineludible compromiso con el rebaño que tiene que pastorear; con el cual, como no podía ser de otra manera, aplica una ortodoxia doctrinal indiscutible: “ya conocemos la opinión de la iglesia y yo soy hijo de la Iglesia", decía de manera tajante el Papa en la entrevista a "La Civiltà Cattolica".

No parece justificable, pues, que algunos se empeñen en mimetizar, puertas adentro de la Iglesia, el registro comunicativo que el Papa utiliza en ámbitos de las periferias, pues, de ser así, la incapacidad de adaptación del lenguaje al interlocutor implicado produciría inevitablemente, como de hecho está ocurriendo, un efecto no deseado y, en el mejor de los casos, desconcierto y desánimo entre la grey.

La gracia del Espíritu Santo provee al Papa de una especial disposición para llevar a Cristo tanto a los lugares más alejados como a los más cercanos, la propia Iglesia. Pidamos para que ese mismo Espíritu también nos ilumine a nosotros e imitemos al Papa en la difícil misión de la evangelización; que tengamos presente al interpretar las palabras del Santo Padre ese consejo que el cura de un pequeño núcleo rural daba a una habitual feligresa cuando le preguntaba: “¿Señor cura me he enterado que hay gentes por esos mundos que no se confiesan ni van a misa y aún se salvan”; a lo que el sacerdote le contestó “no se preocupe por eso, usted es hija de la Iglesia”.

Los católicos, los que estamos en plena comunión con la Iglesia, somos conscientes de la necesidad y obligatoriedad de formar nuestra conciencia, de que la plenitud de la salvación se alcanza dentro de la Iglesia Católica y de nuestro compromiso de hacer apostolado, ese proselitismo informado por la caridad que es imprescindible en la vida de cualquier cristiano, tal y como nos recordaba el papa Francisco en Asís: “Jóvenes de la Umbría: Id con valentía. Con el Evangelio en el corazón y en las manos, dad testimonio de la Fe con vuestra vida; llevad a Cristo a vuestras casa, y anunciadlo entre vuestros amigos; acogedlo y servirlo a los pobres”. Éstos y un sinfín de temas más pueden constituir un foco de confusiones y controversias si en el ejercicio de la comunicación ésta se realiza de manera acrítica con el medio en el que se está llevando a cabo.

Que el Santo Padre en determinadas ocasiones emplee un registro apropiado con objeto de llegar a las almas en ámbitos existenciales, que en algunos casos hasta nuestros días parecían intransitables, no debería ser motivo de escándalo; pues al igual que las palabras del cura rural dieron la paz de espíritu a la beata, el papa Francisco cuenta también con que nosotros “conocemos la opinión de la Iglesia y somos hijos de ella”.

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