Familia, pobreza y desigualdad

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Los periódicos lo han contado estos primeros días de octubre: “El condado de Lake Providence en Luisiana es el más desigual del país”. Por una parte, las rentas más altas, blancos, alcanzan los 548.000 euros al año; por otra, las más bajas -negros- se sitúan en solo 6100. El 50% de la población se encuentra por debajo del nivel de pobreza relativa o de riesgo de pobreza, como se quiera. Es una medida brutal, aunque la población pobre americana (la situada por debajo del 60% de la media de la renta per cápita) detente un nivel de ingresos superior a lo que aquí calificamos bajo el mismo concepto. Es una medida relativa, pero sirve para aproximarnos a una realidad de carencias.

El 14% de la población de aquel condado es blanca y el 84% es negra, lo que significa que una parte importante del primer grupo, se encuentra en las rentas medias y altas, entre una tercera parte y el 40%. Por tanto, el color de la piel, causa antaño de una segregación legal, sigue marcando diferencias sociales. Pero si profundizamos más en los datos encontramos un común denominador para blancos- que obviamente también los hay- y negros pobres. Se trata de su situación familiar. Concretamente, su desestructuración. Abundan las madres solteras o divorciadas, en menor medida, con un par de hijos, o las mujeres que tienen diversos hijos de padres distintos. Es una regularidad que los estudios sociales estadounidenses, de larga trayectoria, repiten  hasta la saciedad. El problema de los negros -pobreza, delincuencia, prisión- radica en que en una medida más elevada que las otras comunidades, no solo blancos, sino latinos y orientales, están atrapados por un círculo vicioso de familias monoparentales pobres, mayoritariamente con una mujer al frente, jóvenes criados sin la presencia de un adulto, y chicas que mantenían relaciones sexuales muy pronto sin vínculos estables con el varón. Este marco de referencia reproduce una mentalidad que dificulta en una medida extrema la salida de la pobreza y la marginación. Y lo contrario, la estabilidad familiar y un fuerte capital social explica que las poblaciones de origen oriental de inmigración más recientes obtengan muchos mejores resultados económicos, y sus hijos, incluidas las dificultades actuales, experimenten con mayor frecuencia los beneficios del ascensor social.

Hasta aquí la reiteración, con más hechos, de una realidad evidente: solo el matrimonio estable hace posible afrontar en mejores condiciones la vida. Es obvio que las desigualdades de origen marcarán, pero no lo suficiente para conducir a la pobreza, y sí que facilitaran que los hijos vivan mejor que los padres.

Y esta es la gran contradicción de nuestra sociedad. A pesar de la evidencia hasta el aburrimiento de estos datos, la cultura mediática, el paradigma cultural, cuando  no las leyes, empujan en sentido opuesto, hacia todo aquello que facilita la relación sexual temprana y promiscua, el aborto como solución, el emparejamiento inestable, provisional, la búsqueda de la propia realización más que la atención hacia el otro en el matrimonio.

Cuando observamos las crisis actuales -de renta, desigualdad, empobrecimiento, educativa- observamos solo algunos parámetros causales, pero omitimos otros de un gran poder explicativo: la situación de la familia

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