Foe, de John M. Coetzee

J. M. Coetzee, nacido en 1940, es un autor sudafricano que escribe en inglés. La trama de la mayoría de sus novelas se desarrolla en África del Sur, c…

J. M. Coetzee, nacido en 1940, es un autor sudafricano que escribe en inglés. La trama de la mayoría de sus novelas se desarrolla en África del Sur, cuyo ambiente hostil constituye el telón de fondo contra el cual se proyecta la lucha de los protagonistas por la supervivencia física y espiritual. Dichos protagonistas han de enfrentarse frecuentemente con las inexorables leyes de la naturaleza o con un sistema político corrupto y deshumanizado. Entre los recursos y las técnicas narrativas utilizadas por el autor sudafricano destaca la alegoría, el humor negro y la técnica del flujo de conciencia, mientras que entre sus temas favoritos se encuentra la cuestión de la imposibilidad de traducir las culturas y la soledad, alienación y aislamiento del individuo en el universo contemporáneo.
 
Prácticamente todas estas técnicas y todos estos motivos están presentes también en su última novela de gran éxito, Foe. En ella, además, recurre a un procedimiento típicamente posmoderno, de reescritura de un relato canónico, deconstruyendo sus premisas, desplazando a sus protagonistas, reemplazando al narrador, en breve, remodelando radicalmente la estructura, los contenidos y el mensaje de la obra. Tal escritura, en un primer término, es una lectura; además, por utilizar la terminología posmoderna de Harold Bloom, una lectura revisionista y subversiva.
 
Este juego en parte narrativo, en parte metaliterario, tiene un indudable interés para el público amplio, en tanto que una visión diferente de un casi mito literario y del protagonista que encarna este mito, y, tal vez más todavía, para un crítico de la literatura. Para este último, si aplicamos las palabras de Borges, según quien “una literatura difiere de la otra no tanto por el modo de ser escrita cuanto por el modo de ser leída” la lectura de este libro constituye un material valiosísimo de investigación de los cambios no sólo de las técnicas narrativas, sino también de actitudes, sensibilidades y maneras de representar el mismo motivo literario en distintas épocas.
 
Entre estos cambios cabría mencionar el cambio de la voz narrativa masculina a la femenina (de la protagonista a la vez que narradora Susan Barton, introducida por Coetzee); el rechazo paralelo de la técnica del narrador omnisciente que se convierte en una narradora sensible, intuitiva y reflexiva; el rechazo del mito de la capacidad de supervivencia de un ser aislado tanto física como emocionalmente; la aparición del supuesto escritor Foe dentro de la trama del relato, etc. 
 
No obstante, la diferencia principal entre el clásico de Defoe y la reescritura revisionista de Coetzee consiste en la actitud de ambos frente a la cuestión de la civilización occidental. Defoe tenía una fe inquebrantable en esta civilización, con sus aspectos técnicos, culturales, religiosos, etc. Esta fe en la indiscutible superioridad de la cultura occidental por encima de las culturas indígenas está simbolizada, entre otros, por la incondicional y voluntaria sumisión de Viernes a Robinson Crusoe. Sumisión que, además, le aporta felicidad y dota a su existencia de sentido.
 
En Foe la actitud del autor frente a esta cuestión es diametralmente diferente y, sin duda por esta razón, es precisamente Viernes el personaje que resulta el más subversivo en comparación con el texto original. A través de este personaje, que representa las culturas no occidentales, el autor reivindica la valía y el derecho a la identidad propia de estas culturas, emancipadas de la primacía técnica y cultural del occidente. El elemento que simboliza la identidad de estas culturas es la voz. Precisamente por ello, en la parte inicial del relato, que se hace eco de la narración original sobre Robinson Crusoe, el personaje de Viernes está privado de su voz propia, puesto que su lengua había sido arrancada.
 
La falta del habla impide a Viernes no sólo una toma de conciencia de sí mismo, y, por lo tanto, de sus aspiraciones y sus derechos. “¿Cómo va Viernes a saber lo que es la libertad si ni siquiera sabe apenas su propio nombre?” (p. 144) exclama la protagonista en el transcurso de su conversación con el escritor Foe (no deja de ser significativa esta transformación del verdadero apellido del autor de Robinson Crusoe, Defoe. Al prescindir de la primera sílaba el apellido adquiere el significado de enemigo).
 
Hay en esta conversación también una metáfora que, al parecer, consituye una denuncia de la neocolonialización, tanto más, que la pronuncia Foe, el autor de la falsificada versión (la verdadera es, claro está, la de la protagonista-narradora Susan) de las aventuras de Crusoe: “¿no tenemos nosotros, sus amos posteriores, razones para estarles secretamente agradecidos [a los que han arrancado la lengua a Viernes, es decir los primeros colonizadores que han sometido a los pueblos autóctonos]? Pues mientras siga siendo mudo siempre podremos decirnos a nosotros mismos que sus deseos nos resultan inescrutables, y así continuar utilizándole a nuestro antojo” (p.143)
 
La respuesta de Susan aparte de una reivindicación social incluye una implacable manifestación de la visión antropológica de Coetzee, que, aunque desde la perspectiva europea puede parecer un truismo, tiene una fuerza particular en el contexto de un escritor proveniente de Sudáfrica: “… los hombres no se dividen en dos clases, ingleses y salvajes, (…) No creo que las necesidades del corazón de Viernes se vean satisfechas (…) por “trae” y “cava” (…)” (p. 144) De este modo, por intermedio de Susan el autor refuta la convicción de la superioridad de la cultura occidental, a la vez que critica la actitud paternalista, superficial e indiferente “a las necesidades del corazón” de los pueblos autóctonos por parte del mundo desarrollado de hoy, el cual, se limita a alguna que otra ineficaz campaña de envío de alimentos, pero no tiene ningún interés en reconocer la esencial condición de igualdad de aquellos pueblos en tanto que personas humanas dotadas del mismo deseo de felicidad y provistas de la misma dignidad inalienable que los habitantes del occidente.
 
En este sentido el final de esta novela resulta esperanzador, puesto que Viernes, aunque privado de la facultad del habla de una manera brutal (quizás interpretable también en clave política como falta de voz en los foros internacionales y una exclusión absoluta a la hora de tomar decisiones estratégicas para el futuro de la humanidad) adquiere paso a paso y mediante unos afanosos esfuerzos, la capacidad de escribir. De este modo, volviendo a nuestra interpretación metafórica de la novela, quizás la conclusión a la cual nos invita el autor es que, una manera eficaz de buscar y defender la identidad propia de los excluidos política y económicamente es la apuesta por la creación artística autónoma y autóctona.
 
Este proceso, tal como vemos en el caso del personaje simbólico de Viernes, está todavía en una fase muy inicial e inmadura, pero, tal como lo percibe Susan, son unos comienzos prometedores: “… Viernes seguía ocupado escribiendo. El papel que tenía delante estaba lleno a rebosar de garabatos (…) pero se adivinaba ya una escritura, un tanto peculiar, todo hay que decirlo, pero escritura al fin y al cabo…” (147) Acto final, a través del “aprendizaje de la escritura” Viernes acaba descubriendo su voz propia. Su grito final, en el que están cifrados “los sonidos de la isla”, es decir, su identidad, representa un cierre casi triunfal de este relato, a la vez tan poético como reivindicativo: “Su boca se abre. De su interior, sin aliento, sin interrupción, brota una lenta corriente. (…) bate los acantilados y playas de la isla, se bifurca hacia el norte y hacia el sur, hasta los últimos confines de la tierra. Fría y suave, oscura e incesante, se estrella contra mis párpados, contra la piel de mi rostro” (p. 153)
 
 
Foe
John M. Coetzee
Mondadori
Traducción de Alejandro García Reyes
153 págs.
15.00 €
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