Fragilidad, crisis y fe o ateísmo

Nuestra civilización es frágil, muy frágil. Imaginemos, por ejemplo, que se interrumpe la electricidad: Los omnipresentes ordenad…

Nuestra civilización es frágil, muy frágil.

Imaginemos, por ejemplo, que se interrumpe la electricidad: Los omnipresentes ordenadores ya no funcionan, los semáforos tampoco, los transportes cesan o se ven impedidos, todas las actividades diarias se interrumpen; la calefacción, el aire acondicionado o los frigoríficos no funcionan. Si no hay equipos autógenos o el corte de fluido eléctrico dura demasiado, habrá que suspender las operaciones quirúrgicas, la respiración artificial no será posible… En una palabra, aunque no somos conscientes, nuestra vida personal y social pende de un hilo.

Cuando todo va bien nos parece natural y no le damos importancia, pasa como con la salud: sólo cuando nos falta nos damos cuenta de lo que teníamos. Y sólo entonces comprendemos que el hombre que tanto se ufana, que se autoidolatra, es, en realidad, más débil y frágil que una caña en medio de un torrente impetuoso.

Otro tanto puede decirse de nuestra economía social, que cuando funciona regularmente es motivo de que muchos hombres de nuestra sociedad la idolatren y ensalcen como si fuera fuente de todo bien humano.
Pero basta que, a muchos kilómetros de distancia, un gran banco quiebre o unas hipotecas sean incobrables para que todo el sistema económico mundial entre en crisis, para que las acciones bursátiles de desplomen, para que muchas empresas cierren y se multiplique el paro.

“Fragilidad” es la palabra que describe un aspecto esencial de la vida humana, personal y social. Y frente a esta realidad causa risa y también pena, que el hombre se enorgullezca tanto y piense poco menos que es un dios: Y esto de dos maneras, con creencia, en el fondo ridícula, de que “todo es dios” incluido el hombre, o sin creencia: “no existe Dios” y el hombre es rey absoluto de todo.

Ah! Pero he aquí que el supuesto “dios” o “rey absoluto” se coge una gripe. ¿dónde queda su engreimiento? ¿a qué elementos de la Naturaleza dará sus órdenes omnímodas?: ahí yace el supuesto dios con una fiebre de caballo, sin poder atender nada de su imprescindible agenda: El ateo, con creencia o sin creencia, se encuentra, antes o después, inerme ante un universo que decididamenteno obedece sus órdenes.
Pero el universo no es tan hostil ni sin sentido. Quien no tiene su mente cerrada al asombro ¿podrá decir acaso que es casual que la Tierra donde todos hemos venido a la vida sea el único planeta del sistema solar en que se dala proporción justa de oxígeno y nitrógeno para poder respirar, temperaturas compatibles con la vida humana, el agua y los alimentos que necesitamos?
El creyente sabe que si algo funciona es porque Dios tiene un cuidado amoroso de sus criaturas, y sabe que cuando nada humano le puede acoger, Dios, padre santo, le recibe.
Por tanto, la vida en paz, la vida con confianza, la vida con esperanza es patrimonio del creyente. Aunque a veces nos toque constatar: Ahora está nublado, pero, con todo, sé, sabemos, que el sol sigue como siempre más allá de las nubes.
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