Francisco pide la unidad de los católicos

Hay católicos que cuando oyen la palabra unidad tuercen el gesto porque le atribuyen a esta palabra una sobrecarga política. Y hay otros…

Hay católicos que cuando oyen la palabra unidad tuercen el gesto porque le atribuyen a esta palabra una sobrecarga política. Y hay otros que, hablando de unidad, solo tienen en mente sus propias posiciones, reducen la Iglesia a una sola faceta de un multicolor prisma construido en torno al seguimiento de Cristo y el sentido de pertenencia a la Iglesia.

El Papa lo ha dicho claro: "pero, ¿cómo tendremos la unidad entre los cristianos si no somos capaces de tenerla entre nosotros los católicos, de tenerla en la familia? -¡cuántas familias luchan y se dividen-. Busquen la unidad que es la unidad que hace la Iglesia y la unidad que viene de Jesucristo. Él nos envía al Espíritu Santo para hacer la unidad". Y esa es la cuestión, unidad no en torno a un proyecto político, no en torno a una idea del Estado, sino en torno a Jesucristo y al Magisterio de su Iglesia. Este no es un programa político, no se puede reducir a una opción específica, aunque esto no significa que deba mantenerse en el limbo de los criterios generales que a nada comprometen. No, al contrario, se encarna en una acción liberadora sobre todo aquello que oprime al ser humano, que le impide realizarse a sí mismo y busca la libertad que le ha de conducir al bien.

En esta misma intervención, el Papa llamaba la atención sobre no caer en las tentaciones, en las luchas entre nosotros, en el egoísmo y, reiteradamente, se refirió también a los chismes. "¡Cuánto daño causa a la Iglesia las divisiones entre los cristianos, los partidismos, los intereses mezquinos!".

Superar estas tentaciones teóricamente es fácil. Basta con aplicar el amor que predicamos y hacerlo entre nosotros mismos, entre los que estamos más cercanos. Seguramente hay hechos concretos que contribuirían mucho a esta unidad. La revitalización de la parroquia como comunidad, que reúne a personas de procedencia distinta, podría ser una fuerte contribución. Y el ejemplo de los propios sacerdotes, a veces fragmentados en facciones irreconciliables por cuestiones y etiquetas que en ocasiones, visto desde fuera del clericalismo, provocarían risa si no resultaran preocupantes para esa unidad. Son elementos que es necesario señalar. ¿Y qué decir en el campo de los laicos, donde una y otra vez el sentido católico es utilizado como un arma partidista al servicio de la ideología de turno?

Digámoslo claro: el mensaje de la Iglesia es evidentemente político, pero en el sentido primigenio no en el que le damos habitualmente y que es una caricatura. El mensaje cristiano no es político en el sentido de obedecer a esta o aquella ideología humana, a esta o aquella organización. Lo es en el sentido de que se dirige, además de a cada uno de nosotros, al conjunto, a la polis, a aquello que nos afecta a todos y que nos incita, en nombre del amor que Dios nos profesa y nosotros debemos profesarle a Él y a los hermanos, a trabajar en beneficio suyo. En este sentido. Las cosas están tan deformadas que para acogerlo es necesario todo un proceso de depuración. Pero, los católicos precisamente tenemos los sacramentos, la reconciliación y la Eucaristía para conseguirlo. Tenemos la Palabra de Dios para meditar y contemplar, para que nos guíe en la acción en este mundo, y que nos permita arrinconar nuestras aspiraciones personales y nuestras incrustaciones ideológicas, conservadoras, liberales, socialdemócratas, progresistas, tradicionalistas, lo que se quiera. Porque éstas, bien legítimas por otra parte, corren el riesgo si se adhieren a la superficie de nuestra fe de acabar impidiendo que brille el resplandor que surge no de nosotros sino de nuestra conciencia de vivir en Cristo, y este vivir no puede quedar oculto por un simple pensar humano, por una ideología.

La unidad es la tarea más importante que hoy podemos realizar, porque a partir de ella podemos contribuir a generar una nueva tierra, y esto hoy es una necesidad. Siempre lo es a lo largo de la historia, pero además hoy, en términos estrictamente seculares, se trata de algo vital porque lo que se ha construido se está cayendo a trozos. Está mostrando toda su fealdad y no augura nada bueno. Si los católicos reconstruimos nuestra unidad y somos capaces de actuar sobre esta fealdad para transformarla en reflejo, pálido, pero reflejo de la belleza de Dios, habremos cumplido con la tarea histórica que este momento nos exige.

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