Fraternidad, categoría política

El analista internacional Karl Barber, ha dicho con claridad que para el futuro de la democracia es tan peligroso el integrismo fundamentalista, como …

El analista internacional Karl Barber, ha dicho con claridad que para el futuro de la democracia es tan peligroso el integrismo fundamentalista, como el globalismo capitalista. Tanto el uno como el otro, decía Barber, tienen una cosa en común: el desprecio de los derechos civiles de la ciudadanía. Barber destacaba la importancia que tiene un liderazgo verdaderamente legítimo. Pero esta legitimidad ha de ser fruto de la aceptación universal. Esto salta a la vista que no es una cosa fácil. No es fácil, ciertamente, pero no es legítimo llevar un liderazgo mundial, defendiendo los propios intereses económicos, energéticos o estratégicos. Para que un liderazgo sea legítimo, no ha de estar al servicio de unos, sino al servicio de todos. Esto, a lo largo de la historia de la humanidad, no se ha producido nunca, la utopía de un liderazgo universalmente aceptado. Siempre el liderazgo de unos, contra otros. Tal vez porque no había medios técnicos para comunicarse, tal vez porque el otro, el desconocido, era visto como un enemigo potencial. Pero ahora no tenemos excusa porque la tecnología nos ha abierto las puertas a un mundo nuevo, ha intercomunicado el planeta entero, y es ahí, desde la red, donde se puede producir el cambio. Un cambio desde el punto de vista operativo.

Pero después también hará falta otro cambio, mas importante… el cambio de nuestros corazones. Que aprendamos a mirar a los otros, de una manera nueva. Que aprendamos de una vez por todas, que nuestra seguridad y nuestro bienestar, no se ha de sustentar jamás sobre la inseguridad y el malestar de los otros. Recuerdo siempre aquellas palabras de Nelson Mandela en la ONU, cuando dijo que "no hay peor sistema para garantizar la paz y la seguridad mundial, que un proyecto imperial de dominio, porque traerá siempre una mayor inseguridad global y un mayor riesgo de terrorismo". ¡Que gran razón tenía Mandela! La política del futuro, tendrá que cambiar de método. Esta política tan primitiva de confrontación y enfrentamiento, estamos hartos de verla, porque no construye nada positivo, porque crea enemistades, porque gasta energías inútilmente, y porque alimenta el conflicto.

La humanidad de nuestro siglo, espera y desea otra manera de hacer política. La auténtica política. Aquella que trabaje con el objetivo del bien común. Una política que cierre para siempre en el baúl de los trastos viejos, el enfrentamiento, el resentimiento, la descalificación, la violencia, la guerra… y dar vía libre a otra forma mas humana de hacer política, donde impere la capacidad de crear vínculos, donde impere la cooperación y el diálogo y donde se pueda considerar la fraternidad, como una auténtica categoría política.

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