¿Fraternidad sin Dios?

Causan grima las posturas de quienes defienden aquello que tiene su origen en Dios y sólo es sostenible por la fe en Él, y en cambio han abdicado de c…

Causan grima las posturas de quienes defienden aquello que tiene su origen en Dios y sólo es sostenible por la fe en Él, y en cambio han abdicado de creer o niegan cerrilmente la existencia del Creador. No es que me meta en los motivos de agnósticos o ateos, cada cual es libre a la hora de buscar respuestas, y es de desear que lo haga con responsabilidad, sabiendo de la trascendencia de la cuestión. Lo que me repele un tanto es la dichosa paradoja de decir que no a lo esencial y que sí a lo que está indisolublemente unido a lo primero.
Pensemos en la fraternidad, tan aireada en los días navideños. Algunos creerán que tuvo su origen en la Revolución Francesa, pues fue durante la misma cuando se convirtió, junto con la libertad y la igualdad, en una de las ideas-bandera del movimiento.
 
Con un poco de cultura, sin embargo, se comprueba fácilmente el origen cristiano del principio, del que no era del todo ajeno el propósito revolucionario. Pensemos un momento. La fraternidad enarbolada por los franceses ilustrados tenía su origen en la igualdad de la que iba de la mano: los hombres eran hermanos porque eran iguales.
 
La clave está en el origen de dicha igualdad, que para los revolucionarios se situaba en la abolición de los privilegios que mantenían al pueblo en un estrato inferior y subordinado. Una vez desmantelados aquellos, todos los hombres eran ciudadanos por igual, y a partir de entonces se podía predicar la fraternidad entre ellos –sólo desde de ese instante, pues si se hubiera mantenido la convicción fraterna con anterioridad, la guillotina no hubiese sido tan carnívora–.
Al cristiano no le cuesta aceptar estas ideas. Él también cree que los hombres somos hermanos y que todos podemos considerarnos iguales. La diferencia sustancial radica en el origen de tales datos. El cristiano lo cree porque considera al hombre hijo de Dios –de ahí la fraternidad que le une a sus semejantes–, y de dicha filiación extrae necesariamente una misma dignidad que le reviste tanto a él como a su prójimo –de ahí su idea de igualdad–.
Se puede creer que ambas concepciones son idénticas en sustancia y que sólo difieren en su motivación última o primera. Pero lo cierto que es precisamente dicha motivación es la que hace que la diferencia sea sustancial y no accidental.
 
La creencia del cristiano en la igualdad es anterior a cualquier disposición de los hombres, y subyace incluso en épocas o lugares donde reina la injusticia y la opresión, de las que siempre acabará resurgiendo. La visión del revolucionario es hoy la visión del no creyente y se enfrenta radicalmente a la religiosa, como ya señaló Ortega al decir que el racionalismo revolucionario «era menos compatible con las religiones tradicionales que éstas entre sí», y que produjo una escisión social mayor que las guerras de religión.
 
Esta visión no se sustenta en Dios, y requiere por tanto alambicadas construcciones mentales para justificar que todos somos iguales. Si se buscan sus raíces en la identidad de los cromosomas, resulta que los hombres de siglos pasados estarían justificados en sus comportamientos porque desconocían tan científicas claves. 
 No, esta vía de tratar de justificar la fraternidad sin Dios suele ser inconsistente, conduce al relativismo, y de ese modo se confiesa que es algo que depende del movimiento social, de la voluntad más o menos democrática de la mayoría. Entonces el mecanismo para lograrla se hermana con el pergeñado por los revolucionarios del XVIII: emplear la igualdad como vía para llegar a la fraternidad.
 
Si en aquella ocasión la fraternidad se alcanzaba previa abolición de los privilegios de clase, ahora se afina más y se pretende la destrucción de cualquier diferencia. Los hombres sólo pueden ser iguales si no es posible señalar distinciones entre ellos. Y no se trata ya de fulminar las diferencias de trato, sino los propios rasgos característicos de cada cual, como la raza, concepto antropólogico que alude a caracteres diferenciales innegables, hoy proscrito porque se considera antesala del racismo, como si la dignidad humana variara por el hecho de que uno se identificase como negro o caucasiano.
 
De ahí se pasa al campo de las ideas y se postula su uniformidad, sobre todo frente a quienes sostienen la creencia en una verdad que lo explica todo, por encima del punto de vista de cada cual, porque en este terreno la igualdad se logra confiriendo el mismo valor a todas las opiniones, que es lo mismo que relativizar hasta el infinito colocando el elemento subjetivo por encima del objetivo.
 
Así, cuando los uniformizadores se llenan la boca de tolerancia, no lo hacen para respetar las diferencias propias de cada uno, sino para denunciarlas, porque se exalta la subjetividad –que relativiza– devaluando al sujeto –que constituye un valor absoluto–, para de este modo formar un rebaño clónico en el que todos balen pero nadie destaque. Sólo así entienden abierta la posible vía hacia la fraternidad, dejando por el camino el cadáver de la libertad y a la propia realidad de las personas y las cosas.
«Si Dios no existe, todo está permitido», hizo decir Dostoievski a uno de sus personajes. En el fondo es lo que creen quienes se ven investidos de razones para imponer una fraternidad totalitaria, sin una base inconmovible en la que sustentarse.  A mí me parece que debe de ser difícil hacer de la vida un circunloquio para no tropezarse con Dios cuando se lucha por un mundo mejor, pero así están las cosas.
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