Fútbol, respeto y Real Madrid

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Debemos preguntarnos cual es la función social del deporte, en todas sus dimensiones, tanto la profesional como las amateurs, porque hay aspectos decisivos que resultan inseparables sea cual sea el estatus del jugador, del equipo y de los técnicos. Hoy existe una tendencia desmesurada a solicitar que el deporte sea espectáculo. Hasta cierto punto esto es razonable, es decir que sea una competencia que nos interese, que nos emocione, y que por lo tanto se traduzca lo que hacen en aquel juego en afectos sensibles. La cuestión es cuáles son el tipo de afectos que debe transmitir, porque sin duda, y situándonos en un extremo, para ejemplificar mejor lo que pretendo decir, una ejecución es todo un espectáculo, lo que sucede es que los signos sensibles que transmite son negativos. Por consiguiente, cuando hablamos del espectáculo, al mismo tiempo debemos estar firmemente convencidos de que se cumple aquella condición de que lo que se manifiesta como interesante es bueno. Existen muchos motivos para que sea así, el primero es el propio origen del deporte. Nació para competir, mostrar las excelencias de cada deportista y, sobre todo a partir del siglo XIX, educar el carácter. Educarlo para bien.

Todo esto todavía cobra mayor intensidad y amplitud si se considera que cientos de miles de niños y jóvenes practican hoy deportes, y sobre todo el fútbol. Esto es bueno. Preparan su cuerpo, educan su mente y condicionan su carácter. Pero, si recorremos los campos de fútbol donde se practica el deporte escolar o federado en edades infantiles y cadetes, lo que encontraremos en la mayoría de ocasiones, por desgracia con una eficaz colaboración de los padres, son espectáculos que están absolutamente alejados de aquel signo positivo del que apuntábamos antes, es decir gritos, insultos, descalificaciones o amenazas. En muchos casos el deporte en la fase escolar deseduca. Después, los padres, los profesores desinteresados del deporte, las autoridades, no pueden quejarse de lo que encuentran en las aulas. Por eso el deporte profesional, y en este caso que estamos considerando el fútbol, cobra tanta importancia, porque es un espejo donde ven reflejadas las actitudes adultos y sobre todo jóvenes y niños.

En este sentido hay que decir que el espectáculo que ofreció el Real Madrid, algunos de sus jugadores, en el encuentro contra el Fútbol Club Barcelona, fue realmente vergonzoso. El Real Madrid tiene históricamente dos calificativos: el de ser un equipo grande, haber conseguido triunfos extraordinarios, y, según su propia autocalificación, ser un equipo “señor”. Y así fue en el pasado, pero en los últimos tiempos, sobre todo desde la presencia de Mourinho, esta característica se ha ido diluyendo. En demasiadas ocasiones, algunos futbolistas del Madrid, no todos, se comportan en el campo de una forma antideportiva, innoble.

Hay jugadores que son incapaces de respetar ni tan siquiera al compañero de profesión y esto realmente es muy grave. En esta tarea deseducadora destaca evidentemente Pepe. No es la primera vez, ni la segunda, ni la tercera, que este jugador se caracteriza por un tipo de juego absolutamente violento y agresivo, pero este miércoles mostró un buen repertorio, desde el fingimiento de haber recibido golpes hasta la agresión pura y simple a un jugador en el suelo. ¿Hasta dónde se puede llegar?, ¿en qué mente puede caber que alguien pise de forma deliberada la mano de un jugador caído? Esta es una agresión que merecería una reprimenda importante del club y una sanción deportiva. Pero si Pepe es la encarnación visible de los peores defectos, también hay otro tipo de jugador que de una forma mucho más discreta y con actitud de bondad practica un juego absolutamente antideportivo, lanza patadas peligrosas o agrede con los codos. Se trata de otro jugador del Real Madrid, Xabi Alonso. La televisión, por suerte, permite desvelar muchos de los avatares que desde la lejanía de las tribunas no se aprecian, y en el caso de Xabi Alonso se puede apreciar todo un despliegue de lo que no ha de ser la competencia entre dos jugadores que disputan una pelota. Naturalmente, todo esto sucede por una serie de circunstancias, en el caso del Madrid por el efecto pernicioso de su entrenador, Mourinho, que a estas alturas resulta incuestionable.

Pero también hay más elementos, el de los árbitros es uno de ellos. Cada vez que un partido se complica, se constata en gran medida la incapacidad del árbitro para conseguir resolver los conflictos de una manera razonable. Es una paradoja que un tipo de deporte donde existe contacto físico, pero mucho menor que en otro como el rugby, donde precisamente el juego está basado en el continuo golpeo de un cuerpo contra otro, la actuación del árbitro sea mucho más irregular y discutida. Esto es debido, en gran medida, a la deseducación de los propios árbitros y sobre todo del tipo de reglas y medidas técnicas que rigen el fútbol. En el rugby, la existencia de un cuarto árbitro, el de la televisión, resuelve muchas jugadas inciertas. La posibilidad de parar el juego para resolver esta incertidumbre dota de objetividad y facilita el control del juego. Las normas y las técnicas para regular los encuentros de fútbol también han de ser revisadas para facilitar que el deporte sea realmente eso, deporte, y como tal pedagogía.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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