Ganar en fútbol: desmesura y nuevos ídolos

Habíamos quedado, y aceptado como axioma que no requiere demostración, que el franquismo había utilizado el fútbol para que la gente no pensara en otr…

Habíamos quedado, y aceptado como axioma que no requiere demostración, que el franquismo había utilizado el fútbol para que la gente no pensara en otras cosas más trascendentes. Obviamente, nos referíamos a política.
 
No faltaba razón. Como fecha más significativa y ya en los años 60, cada Primero de Mayo las exhibiciones sindicales con los coros y danzas de la Sección Femenina y un buen partido de fútbol por televisión terciaban en busca de dicho olvido, magnificando la ya importante presencia del deporte rey en todos los medios de comunicación a lo largo del año.
 
Pero el devenir de la vida trae sorpresas que permiten relativizar demasiadas cosas. Lo que ahora ocurre con el fútbol, con aquella ‘alienación’, con aquel ‘opio del pueblo’, relega a los estrategas franquistas al nivel de simples aficionados.
 
El último fin de semana ha mostrado la cara a la vez más emotiva y más festiva, pero en el fondo también preocupante del cambio del sistema de valores. Barcelona, Cataluña entera e incluso otros determinados sectores del resto de España, han vibrado como nunca con el triunfo del F.C. Barcelona en la Liga. Calles colmadas de ciudadanos que se apretujan para festejar a sus héroes, se  enarbolan banderas y agitan bufandas con los colores propios, gritos y cantos estentóreos, claxons estridentes y continuos de miles de vehículos recorriendo calles, alguno de los jugadores pierde los estribos insultando al eterno rival. Los medios de comunicación lo sintetizan en palabras como “Éxtasis”, “Apoteosis”, “Barçapasión”, “Fiebre azulgrana”, … 
 
A nivel personal me siento satisfecho del triunfo azulgrana y un cierto grado de celebración me parece saludable para los aficionados, a la vez que entiendo que para muchos el fútbol es una válvula expansiva. Pero, sinceramente, ¿es tan tremendamente importante ganar una Liga para llegar a lo que hemos visto?
 
Observado con un poco de perspectiva, alguna distancia y una brizna de objetividad, … ¿a los propios directivos de los clubes y de los medios de comunicación no se les ocurre que hemos caído en la desmesura?. Cuando dentro de unos años los mismos protagonistas vean los videos, ¿no temen el ridículo?.
 
Lo ocurrido el fin de semana en Cataluña ha sido espectacular y posiblemente extremo ante este fenómeno social que es el Barça, que es mucho más que un club aunque lo razonable sería que sólo fuera esto. Pero merece la pena observar que algo parecido se da en otras latitudes con sus respectivos equipos. Miles de seguidores acompañan las once pares de botas en sus desplazamientos, los signos de euforia o de tristeza son extremos en función de si el balón quiso entrar en portería o se negó a llegar a la red, demasiados hombres no cenan la noche en que su equipo sufre un traspiés y no faltan las mujeres apaleadas cuando el mal humor de su marido se desborda.
 
Millones de ciudadanos españoles y de otros países, casi todos varones, no encuentran jamás un pequeño hueco para mantener una entrevista con el tutor o profesor de su hijo, ni se puede contar nunca con ellos para cualquier actividad de tipo social, humanitario o de defensa de unos valores que aseguran compartir. ¡Están extremadamente atareados!. Pero jamás se pierden un partido de fútbol en el campo o los muchos que retransmite la tele.
 
Tampoco tienen dinero para ayudar a la Iglesia, a instituciones sociales, educativas, de solidaridad, …, pero su adscripción a un equipo y demás gastos colaterales o de desplazamientos no son nada despreciables.
 
Sin olvidar las tan a menudo manifiestas dosis de agresividad, incluso de odio, para con otros cuyo único mal es ser afectos al equipo contrario.
 
Es innegable que el fútbol, y los jugadores, suscitan unos entusiasmos inmensamente superiores a casi cualquier otra manifestación. Políticos, sindicalistas, y tantos otros personajes cuyo objetivo es hacerse  presentes en la vida pública deben sentirse tremendamente humillados. Sólo Juan Pablo II, aún no sabemos si se repetirá con Benedicto XVI, era capaz de aglutinar grandes masas superando a futbolistas y cantantes de rock.
 
Más allá de lo inmediato, de lo coyuntural: ¿Es razonable y ético que los futbolistas de elite cobren estas cifras multimillonarias aún aceptando que su vida profesional es corta? Y ampliándolo a otros ámbitos deportivos. ¿Es tan trascendental rebajar en un par de centésimas de segundo el tiempo de una carrera o incrementar medio milímetro la altura del salto?
 
Merece la pena cuestionarse estos asuntos superando los efectos del divertimento momentáneo, de la expansión, del hobby. Lo que hemos visto estos días evidencia una vez más un cambio de valores, de aquellas cosas por las que las personas son capaces de movilizarse, de ilusionarse, de luchar. Hacer objetivo último de la persona el país, la raza, la clase social, incluso la democracia, representa una forma de idolatría. Hacerla de un equipo de fútbol, de cualquier otro deporte, se nos ocurre que una idolatría especialmente pobre. Es un síntoma más de “hombre light”.
  
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