¿Gracias al Rey? ¿De qué?

He escuchado y leído con toda atención la nota que en nombre de “todos los obispos españoles” ha hecho pública…

He escuchado y leído con toda atención la nota que en nombre de “todos los obispos españoles” ha hecho pública el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española con motivo de la abdicación del Rey Juan Carlos y a propósito de esta nota quiero expresar mi sentido disgusto.

Antes de explicar los motivos de mi disgusto vayan por delante tres premisas: Mi afirmación de hijo de la Iglesia, mi adhesión a la institución de la Monarquía y mi respeto a la persona de D. Juan Carlos.

Por mi condición de católico hijo de la Iglesia procuraré no decir una sola palabra que pueda herir a la madre Iglesia, mi madre. No me costará trabajo evitar palabras hirientes porque no las llevo dentro. Cada día que rezo el Credo hago un acto de fe sentido y consentido en la Iglesia que es “Una, Santa, Católica y Apostólica”, lo cual no obsta para que pueda mostrar mi desacuerdo con lo que manifiestan sus pastores en España, que por otra parte no me son ajenos, son mis pastores.

La Iglesia se ha caracterizado entre otros mil rasgos por su claridad. Y eso tenemos derecho a pedírselo. Prudencia sí, tacto también, moderación la que haga falta, silencio muchas veces, pero claridad siempre. Porque la claridad es necesaria para ver y si algo está en las entrañas mismas de la Iglesia es su capacidad para iluminar; “vosotros sois la luz del mundo”.

A cualquiera que oiga y entienda, si algo le queda claro del texto de la nota pública es que el Comité Ejecutivo de la CEE, “en nombre de todos los obispos españoles reconoce y agradece la trayectoria de Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I”. Las palabras están medidas y dicen lo que quieren decir. Re-conocen, es decir, son conscientes de que son conscientes, y agradecen, o sea, se muestran complacidos con “la” trayectoria. ¿Con toda la trayectoria? Dado que no se especifica, cabe pensar que sí, con toda la trayectoria, por más que luego quieran particularizarlo en algunos aspectos de esa trayectoria, por otra parte genéricos.

No seré quien haga una condena del reinado de D. Juan Carlos, pero, por una parte en su “trayectoria” hay demasiados puntos oscuros como para olvidarlos, y por otra, esta trayectoria, como todos los hechos, se miden no por su principio sino por su final. Y el final (el estado actual de España) no veo yo que sea para celebrarlo. Cito solo a vuelapluma: Desintegración de la unidad nacional, fractura social en múltiples españas, más de un millón de compatriotas no nacidos a causa del aborto, la impostura de un matrimonio que no es tal… Todas estas lacras y otras mil que también están en “la historia reciente de España” ¿también son de agradecer? ¿O es que el monarca no ha tenido nada que ver en ello? ¿O no está su firma sancionando leyes que han venido a edificar este edificio ruinoso que es la España de hoy?

Quiero pensar que los autores de la nota lo único que han procurado ha sido quedar bien y ser corteses. Si es así, tal vez lo que hayan conseguido sea mimetizarse con un buen sector de la sociedad española en el que se encuentran no pocos contrarios a los valores defendidos por la Iglesia. Entre esos contrarios están los grandes partidos políticos con los cuales han compartido los mismos tópicos y hasta los mismos dejes. Si así fuera, habría que entender que nuestros pastores han optado por la mímesis, lo cual no es precisamente un criterio evangélico, al menos yo no lo encuentro por más que le doy vueltas a las páginas de las Escrituras Sagradas y a las de la historia.

Me duele mucho escribir esto, pero uno tiene todo el derecho a preguntarse si no estaremos queriendo servir a Dios y al César, navegar a favor de corriente y quejarnos de los remolinos de esa misma corriente, si cabe anunciar a Jesucristo y quedar bien al mismo tiempo. ¿Habrá que recordar la historia de los profetas y de los mártires, los de antes y los de ahora? ¿No son pastores de la misma Iglesia? Tenemos ejemplos clamorosos (literalmente clamorosos) de pastores que han alzado su voz contra los poderosos cuando estos han atropellado o descuidado los dictados de la ley natural. Desde la célebre excomunión de San Ambrosio al emperador Teodosio por la matanza de Tesalónica hasta San Juan Pablo II plantado frente a las autoridades comunistas de su Polonia natal porque no les dejaban levantar una iglesia. Y aquí resulta que estamos sacrificando cada día a cientos de inocentes, ¿y le damos las gracias?

Tal vez haya quienes al leer esto pretendan refutarme con ese principio incoherente, rayano con el absurdo, de que “el rey reina pero no gobierna”. Si así fuera, la respuesta está servida en el meollo de lo que vengo comentando. ¿Entonces por qué se le felicita? ¿Por haber reinado sin gobernar? ¿Y eso en qué ha consistido?

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