Graham Greene: espionaje y ansia de salvación

Aunque la crítica se muestra unánime en reconocerle un lugar privilegiado en la novela policíaca del siglo XX, el juicio sobre el…

Aunque la crítica se muestra unánime en reconocerle un lugar privilegiado en la novela policíaca del siglo XX, el juicio sobre el sentido último de su obra continúa abierto a la discusión. Es inevitable asumir la doble faceta de este autor: su familiaridad con el mundo del espionaje y su condición de católico.

Graham Greene nace en Berkhamsted (Hertfordshire) en 1904. Junto con Evelyn Waugh, Henry Greene, Anthony Powell, Christopher Isherwood y George Orwell, formó parte de la primera generación posmoderna de la novelística inglesa, integrada por autores que crecieron a la sombra de Joseph Conrad, Henry James, James Joyce o Virginia Woolf, pero que, al mismo tiempo, se distanciaron de ellos en el tratamiento psicológico de los personajes.

Frente al esfuerzo modernista por adentrarse en las profundidades de la conciencia, estos autores darán mayor protagonismo a la voz autorial y al narrador omnisciente. A pesar de ello, y a diferencia de Waugh -escritor también converso y que mantuvo un interesante epistolario con Greene-, para nuestro novelista los personajes no son sólo cuerpo, sino que tienen alma y su comportamiento en la tierra es interesante por su destino eterno: se salvan o se condenan.

Es el drama del whisky priest de El poder y la gloria, del asesino Raven de Una pistola en venta, del delincuente Pinkie de Brighton, parque de atracciones, y, por supuesto, del agente Scobie de El final de la trama. No es por ello extraño que sus novelas fueran interpretadas en sentidos muy diferentes.

El poder y la gloria, una suerte de western de corte espiritual, fue condenada por el Vaticano por irreverente (con gran dolor de Greene, que lamentó la incomprensión) y recuperada más tarde como ejemplo lúcido del triunfo de Dios sobre la debilidad de un sacerdote alcohólico y pecador que, sin embargo, arriesga su vida para absolver a un bandido agonizante.

La voz de los perdedores

Aunque Graham Greene intenta llevarnos al interior de los personajes por medio del llamado estilo indirecto libre (el narrador que todo lo sabe se hace eco de los interiores de la mente), el lector se enfrenta siempre a la duda sobre su destino final. Porque el verdadero tema de las novelas de Greene es el de la condenación eterna.

Charles Moeller, en Literatura del siglo XX y cristianismo, se pregunta por la salvación de Scobie. Este policía de Sierra Leona, que ha ido cometiendo una serie de pecados, movido por una extraña compasión acaba suicidándose. Y esa decisión última –el suicidio es el peor pecado, decía Chesterton, porque el suicida no ama nada– va unida tanto a la desesperación como al deseo de no causar más daño a los seres que quiere.

D. Von Hildebrand habla de una extraña mística del pecador, que también detecta en otros autores como Gertrud Von le Fort, Singrid Undset o George Bernanos. Si se pudiera hablar de “novela católica”, tendríamos que reconocer que la del siglo XX es la novela del catolicismo atormentado, y la de Greene, en particular, la del pecado y la gracia. En cualquier caso, no puede considerarse su obra religiosa, aunque pueda tener una gran profundidad teológica.

Graham Greene no presenta héroes, sino antihéroes. Personajes dominados por sus propias angustias o, simplemente, auténticos asesinos. Incluso el sacerdote de El poder y la gloria se nos presenta lleno de carencias humanas y de infidelidad a su ministerio. Sin embargo, para todos ellos Greene desarrolla una trama para que puedan ser liberados mediante el sufrimiento. Sólo la muerte puede traer la paz. Pero su universo es aun más complicado, porque la caridad que podría redimirlos es, en sus novelas, extrañamente retorcida.

Scobie, por ejemplo, ejerce la compasión cometiendo adulterio y comulgando sacrílegamente; Rose, un verdadero ángel, se hace cómplice, por amor, de todos los delitos de Pinkie, etc. Porque en las novelas de este autor hay dos personajes que sólo se intuyen pero que están: Dios y el demonio. Dios, que manifiesta su misericordia a través de algunos personajes (como Coral, en Orient-Express), y el demonio que conduce a la compasión del desesperado (así es Scobie, y también Rowe, en El ministerio del miedo, que asesina a su mujer porque no es capaz de verla sufrir).

Greene, visto por Loredano

Finalmente, católico

Greene abraza el catolicismo en 1926. Forma parte de ese florecimiento que se produjo en Inglaterra a raíz de la conversión de John Henry Newman. Entre otros, le siguieron Robert H. Benson, Gilbert K. Chesterton, Hilaire Belloc, Evelyn Waugh y Maurice Baring.

Un fenómeno similar se da en la Europa continental, donde podemos señalar, entre otros, a Charles Péguy, Julien Greene, Paul Claudel, Jacques Maritain y Léon Bloy, que es un predecesor tan incómodo como influyente. Posiblemente Graham Greene lo hizo movido en parte por su compromiso de matrimonio con Vivien Dayrell-Browning, pero no se puede negar que su conversión fue sincera y respondía a una maduración al menos intelectual.

Antes había pasado por el psicoanálisis, la militancia comunista (más bien por estética contestataria que por convicción profunda), y había experimentado con la ruleta rusa. Pero su conversión afectó más a su inteligencia que a su corazón. A diferencia, por ejemplo, de C.S. Lewis, a quien la fe le hizo descubrir nuevas formas y colores, abarcando así todos los aspectos de su vida sin dejar ninguna grieta por tapar, para Greene la fe no trajo el sosiego ni respondió a todas sus preguntas.

Su itinerario de fe es complicado, pero cuando muera en Suiza recibirá la extremaunción, como había pedido, de manos de su amigo Leopoldo Durán, sacerdote español. Su muerte no deja de ser la realización de lo que siempre había anunciado en sus novelas: la confianza absoluta en el sacramento, aun en las disposiciones más extravagantes.

Raven, acosado por la policía en la fábrica “Aceros Midland”, dice: “Sólo cuando uno se ha confesado puede irse y comenzar de nuevo”. Pinkie, a punto de asesinar a su esposa Rose, a la que ha engañado diciéndole que van a suicidarse juntos, no puede olvidar que “un acto de contrición perfecto en el momento de la muerte perdona todos los pecados”.

Y en Monseñor Quijote, obra menor y distinta por su sentido del humor, hay una escena en la que el sacerdote absuelve a un penitente en los lavabos de un bar. Su cliente es el dueño de una funeraria que acaba de enterrar a su director espiritual. Se acusa de haber cobrado las asas del ataúd y después haberlas arrancado para poder usarlas otra vez. El caso es que el sacerdote al final masculla la fórmula de absolución: “El padre Quijote permaneció sentado en la tapa del retrete con una sensación de agotamiento e insuficiencia. Pensó: No he dicho las palabras apropiadas. ¿Por qué nunca las encuentro? El hombre necesita ayuda y yo he recitado una fórmula. Que Dios me perdone. ¿Alguien me recitará por lo menos una fórmula cuando me llegue la hora?”.

Un guionista de excepción

Graham Greene murió en 1991, dejando una producción bastante notable en la que se cuentan veinticinco novelas. Además, escribió ensayos, numerosos artículos y algunas obras de teatro. Como autor siempre conoció el éxito de público, pero no le faltaron detractores entre la crítica. Por ello, y a pesar de haber sido nominado en diversas ocasiones, nunca consiguió el premio Nobel. De hecho, en la posguerra no quedaba bien concedérselo a un católico que además tenía cierta simpatía por la izquierda. Al menos en Inglaterra no estaba nada bien visto.

Parte de la popularidad de Greene se debe a que la mayoría de sus libros han sido adaptados para la pantalla. El tercer hombre es un caso especial porque directamente fue escrito como guión, y sólo después de la excelente película lo publicó como novela corta. Pero Graham Greene, como todos los de su generación, recibió el impacto del séptimo arte.

Además, entre 1935 y 1940 ejerció como crítico cinematográfico en The Spectator. Sus críticas fueron posteriormente reunidas en The Pleasure Dome. La influencia del cine en la obra de Greene ha sido señalada muchas veces, y se muestra tanto en las tramas que elige (gansters, espías…) como en la rapidez con la que corta una secuencia para pasar a otra, o por múltiples detalles que deben su inspiración al lenguaje cinematográfico.

Pero, aunque las adaptaciones de sus novelas hayan contado con excelentes directores como John Ford, Fritz Lang, Joseph L. Mankiewicz, Otto Preminger o Carol Reed, tiene razón David Lodge cuando escribe: “Una de las razones por las que nos decepcionan tantas de las películas basadas en las novelas de Graham Greene es que, desprovistas de la poderosa y persuasiva retórica de su voz narrativa, los relatos parecen forzados y melodramáticos”. Por eso hay que leerlo.

Guía de lectura

Hay muchas traducciones de las obras de Graham Greene al castellano. Actualmente, Edhasa está publicando la mayoría de sus títulos en la “Biblioteca Graham Greene”. Señalamos unos cuantos, imprescindibles para adentrarse en el universo particular de este autor:

Brighton, parque de atracciones (1938). El protagonista de esta novela es un delincuente, Pinkie, que comete un asesinato porque quiere liderar una banda de gangsters. Para evitar que lo delaten, se casa con una camarera, Rose. Lo que Pinkie acaba odiando es que ella le ame de verdad. Greene no disimula la maldad del delincuente ni la extraña compasión de Rose, dispuesta a condenarse por acompañar a su esposo, aunque sea al infierno.

El poder y la gloria (1940). En 1938 Greene viajó a Méjico para conocer la realización de un estado sin Dios. Las leyes anticatólicas de Plutarco Elías Calles (un personaje de quien se dice que afirmó: “Tres veces en mi vida me he encontrado con Cristo y las tres le he escupido en la cara”) llevaron a la abolición de toda presencia pública de la Iglesia. En ese contexto, todos los sacerdotes han huido, se han secularizado o han sido martirizados. Alguno -el padre José en la novela- ha optado por casarse para evitar la persecución. Sólo queda un sacerdote, humillado por sus mismos pecados, que desea abandonar el país para poder confesarse. En la tesitura de ser el único que puede seguir atendiendo a los fieles o salvar su vida, acaba regresando para confesar a un gangster moribundo en lo que no era más que una trampa.

El revés de la trama (1948). Novela ambientada en Sierra Leona, que Greene había conocido en el transcurso de sus viajes y donde había quedado horrorizado por el misterio del dolor que vio, sobre todo en los niños. Quizá sea ésta su mejor novela y donde aparecen sus grandes temas: la compasión, el miedo, el amor y la desesperación, así como el tema de la misericordia de Dios.

El ministerio del miedo (1943). Rowe, movido por una falsa compasión, mata a su mujer para evitarle el sufrimiento que le causa una enfermedad incurable. A partir de ese momento busca un castigo para poder expiar su culpa.

Para quien quiera conocer a Greene pero busque una lectura más entretenida son muy indicados los siguientes títulos: Nuestro hombre en la Habana, Una pistola en venta, El agente confidencial o El factor humano, quizá el título en el que muestra una mayor ternura al tratar el dilema ético de Castle, un agente del Foreign Office que espía para los rusos.

David Amado, profesor de la Universitat Abat Oliba CEU

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