Grigori Perelman: un hombre sencillamente genial

El Magazine del diario El Mundo del domingo pasado, ocho de julio, dedicaba un reportaje al matemático y geómetra ruso, Grigori Perelman…

El Magazine del diario El Mundo del domingo pasado, ocho de julio, dedicaba un reportaje al matemático y geómetra ruso, Grigori Perelman, medalla de oro de las Olimpiadas Matemáticas de Budapest en 1982, cuando contaba sólo con dieciséis años; que a los veintiocho resolvió el teorema topológico de la Conjetura del Alma, lo que le valió el reconocimiento científico dentro de su especialidad, y que a los treinta y ocho se hizo mundialmente famoso por la resolución del enigma matemático de la Conjetura de Poincaré.

No obstante, el artículo no tenía por objeto difundir los méritos científicos de Perelman, sino presentarlo como una rareza humana, en el sentido de que, pese a las oportunidades que había tenido de prosperar en la vida, en virtud de sus sobrados méritos, optó por una vida solitaria y austera, en la cual se encuentra ahora cómodamente instalado, a sus cuarenta y seis años. Y es que, si bien durante los años 1992 a 1995 dio conferencias en las mejores universidades americanas, ya en 1994 rechazó los puestos que le ofrecieron en Stanford y Princeton; de regreso a San Petersburgo, en 1996, rechazó el premio para jóvenes de la Sociedad Matemática Europea; en 2004, el millón de dólares que el Instituto Clay de Matemáticas había ofrecido por la resolución de la Conjetura de Poincaré; en 2005 renunció a su puesto de trabajo en el Instituto de Investigación Steklov de San Petersburgo; y en 2006 a la medalla Fields, así como a los 10.000 dólares anejos. Todo por no soportar los honores, el dinero, ni más concretamente, ser el centro de atención “como un mono de feria”, “el mercadeo con los teoremas” y la envidia y los recelos de sus colegas de profesión. ¿No resuena aquí el Eclesiastés?: “Vanidad de vanidades…; vanidad de vanidades y todo vanidad”.

Asqueado del mundo, Perelman optó por una vida retirada, contentándose con una pequeña pensión y con lo poco que obtiene por sus clases particulares de matemáticas. Sólo sale para comprar la comida, en atuendo que se dice de “vagabundo” y consistente en “pantalón demasiado corto, zapatillas deportivas negras, jersey de cuello vuelto gris y americana de lana” y también, aunque vestido con traje y sombrero negros, para ir a la ópera en el Teatro Mariínski, donde ocupa siempre asiento en el gallinero. Dicen de él que de pequeño era “bueno, tranquilo y muy callado” y “un patito feo entre los patitos feos, regordete y torpe”, que más adelante nunca se interesó por las chicas ni por la política. Y que ahora es “introspectivo, austero, puritano, ético y seco”, si bien amable y educado, mientras no traten de ofenderle con asuntos de dinero, que a él no le interesan.

Se apunta que podría estar aquejado del Síndrome de Asperger, una especie de autismo, por el que, al parecer, se “carece de empatía y de capacidad de imaginar los puntos de vista de los demás”, siendo que, por ello, para Perelman, “la verdad es literal y sin dobleces”. Pero vean ahora de qué verdad parece que se trata, y cuánta la ignorancia de los hombres ‘normales’ de este mundo plano, vano, y necio. Porque resulta, ¡oh, qué rareza!, que Perelman lleva “grandes crucifijos, tiene siempre un rosario en el bolsillo y reza cada noche”. De ello infieren que podría andar empeñado en probar la existencia de Dios. ¿Un enigma Perelman, o simplemente un hombre de fe? Hombre de fe, sin duda y esto lo explica todo. Enigma, en su caso, para los bobos, ya que, además, como decía Schopenhauer, sin creer en Dios, “si a un estado carente de dolor se agrega la ausencia de aburrimiento, entonces se ha alcanzado en lo esencial la felicidad terrena; todo lo demás es quimera”. También observaba que “las grandes dotes espirituales hacen al hombre que las posee extraño a los demás hombres y a sus actividades, pues, cuanto más tiene ese hombre en sí mismo, tanto menos puede encontrar en los demás y cien cosas que a éstos les producen satisfacción le resultan a él insípidas e indigestas”. ¿Trastorno mental, pues, o más bien ‘apatheia’?

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