Hablarse de tú con Dios (I)

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Durante la cruzada albigense, un hombre se defiende de herejía ante el tribunal de la Inquisición. Esgrime este argumento en su defensa: “Yo soy católico. Robo. Miento. Fornico.” Los frailes dominicos que lo interrogaban lo dejaron ir sin entregarlo al brazo secular. Quedaron convencidos de que no era uno de los puros. Pecaba. Era católico.

Un católico es un pecador que más o menos firmemente cree en un Jesús llamado Cristo. De manera más o menos convencida está de acuerdo con tres cosas: las catorces verdades del Credo son verdad, hay siete sacramentos y el Papa es la autoridad máxima en la Iglesia. En el mundo hay más de mil millones de estos católicos, que en México representan 90% de la población.

Los católicos caben en tres categorías: los que se confiesan por lo menos una vez al año y comulgan siquiera durante la Pascua; si no van a misa el domingo, se proponen tal vez vagamente no dejar de ir los más domingos que puedan. Algunos tienen vida de oración, que puede ser desde santiguarse al salir de casa hasta regímenes intensos de contemplación. Son católicos practicantes porque con amplia libertad buscan relacionarse de manera consciente con una persona sobrenatural siguiendo la guía de una tradición bimilenaria.

En la segunda categoría están los católicos que fueron bautizados de niños y desde que tuvieron uso de razón no se volvieron a parar en la iglesia. En la tercera están los católicos anti-católicos, que rompieron con la Iglesia pero siguen obsesionados con la faltas y crímenes de la puta de Babilonia. Entre estos, no son raros los clérigos que abandonaron en ministerio y los ex alumnos de escuelas religiosas. Nada obsta para que en cualquiera de las tres categorías haya personas que dan testimonio de Dios de la única manera que de verdad importa: amando al prójimo, en especial cuando es pobre, está enfermo o es un enemigo.

De estos mil millones de católicos, hay unos que escriben literatura por profesión o por pasatiempo. Dedican parte importante de su vida al arte de la palabra escrita. Escriben novelas, cuentos y poemas. En este ensayo nos ocuparemos nada más de aquellos católicos practicantes que son escritores, es decir, que en lo que escriben queda de manifiesto que buscan conocer a Dios, que tienen trato familiar con él y se dejan querer por Él. Nos ocuparemos de los escritores católicos que se tutean con Dios.

Que un escritor católico se hable de tú con Dios no quiere decir que sea una persona “buena”. Los hay ladrones, mentirosos, borrachos, adúlteros. Sus vidas no tienen por qué ser ejemplares. Aunque se tutean con Dios, casi nunca Dios es uno de sus personajes y a menudo tampoco es su tema. Si aparece en sus obras, lo hace muy en el fondo. Lo que hace a un escritor católico es que, desde un punto de vista en particular, escribe sobre aquello que se escribe: el amor y la guerra, el poder y la riqueza, la tiempo y la eternidad.

Casi todo cabe en la frase “ser católico”. Hay billones de maneras de serlo. Por tanto, entre los escritores católicos hay de todo, aunque todos comparten quizá algunos rasgos. Por ejemplo, pocos son escritores de temas piadosos. En lo que escriben, lo religioso no entra con calzador. Emerge naturalmente a partir del mundo imaginario de sus obras. Suelen tener buen sentido del humor. Son cómicos cuando no pantagruélicos. Sin ser sentimentales, escriben “con sentimiento”. Perciben que incluso el mundo natural es digno de compasión. Tienden a ocuparse más de la carne, del error, del pecado y del mal que de la virtud.

Estos escritores se mueven con comodidad en el largo plazo porque se sienten herederos de veinte siglos de tradición. Tienen desarrollado el sentimiento trágico de la vida: sienten que los actos temporales repercuten en la eternidad y así lo expresan. Porque las iglesias huelen a incienso y a sudor al mismo tiempo, saben que lo espiritual está en lo humano.

Estos escritores no escriben de individuos aislados, pues la fe católica es intrínsecamente comunal. Para empezar, el único Dios no es Dios solo sino que es una sociedad de tres personas. Este Dios no salva a los hombres en solitario. Nadie entra al cielo si no lleva a alguien de la mano. El paraíso son los demás. Este intenso sentimiento comunitario no se limita a los que viven en la tierra: se extiende a los muertos con el dogma de la comunión de los santos.

Estos escritores tienden a lo concreto. En cierto sentido, son muy ordinarios, terrestres, carnales. La religión católica se basa en la creencia de un Dios que se hizo hombre, del espíritu que se unió a la materia. Por ello, está llena de rituales, de signos y símbolos que cosifican lo que no se puede ver, oír, tocar, oler ni gustar. Los fieles experimentan los misterios con su humanidad completa, con los sentimientos, la imaginación, las sensaciones, la memoria y el entendimiento. Estos escritores se revuelcan en el lodo fecundo donde germinan las almas para la eternidad.

Estos escritores creen que Dios no se manifestó sensacionalmente con milagrotes ruidosos, sino en un obrero judío que hasta los 30 años de edad vivió con sus papás. Saben que el amor nació en un establo entre estiércol de vaca. Profesan que se hace presente en un pan que no sabe a nada. En lo que escriben, el bien a veces no se nota pero siempre está ahí.

Estos escritores no son tarados. Saben que el cristianismo no ofrece una solución para el problema del dolor ni una explicación para el misterio del mal. Ven millones que sufren, como si nada hubiera cambiado desde la aparición del cristianismo. Ven que parece acercarse la hora en ni un Mesías podría ya salvarnos. Les tortura la victoria aparente del mal y el silencio obstinado de Dios.

Estos escritores tienen esperanza y no tienen esperanza y los mejores entre ellos, con lo que escriben, claman: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

 

 

 

 

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