Hablarse de tú con Dios (III)

Durante largos siglos, la Iglesia predicó con arte, música sacra, capillas, iglesias y catedrales, pinturas en muros y lienzos, la poesía de la liturgia… Hablaba fuerte a través de su corporeidad gloriosa. Rica en rituales, signos y símbolos, era la fe más compatible con el temperamento artístico. Con el patrocinio de un obispo o de una congregación religiosa o un gremio de artesanos creyentes o por sus pistolas, los fieles creaban cuadros para ver qué se siente Dios, música para escucharlo, poemas para cantarlo, catedrales para juntarse a orar y llorar…

Una de las consecuencias indeseadas del Concilio Vaticano II fue que el arte fue a dar al desván de los tiliches viejos. Desde 1965, estamos viviendo un hiato en la larga y fructífera relación entre catolicismo y bellas artes. La fe quedó desconectada de la experiencia estética y el pueblo de Dios dejó de recibir un pan, la belleza encarnada en artefactos que hablan al entendimiento, a las emociones, a la imaginación, a los sentidos y a la memoria, sin dividir al hombre, alma y cuerpo, barro y aliento.

No todo es culpa de obispos ignorantes o de congregaciones iletradas. Los fieles tienen su parte en este empobrecimiento: los católicos incultos que no ven la importancia del arte para comunicar la verdad trascendente, aquellos que sienten que deben ocultar sus creencias, si quieren ser famosos entre el público y aplaudidos por la crítica.

Hay cientos de escritores católicos. Más de 300 entre quienes publicaron sus obras entre 1878 (año de la erección de León XIII como papa) y ayer, y por lo menos han alcanzado a tener un artículo en la Wikipedia. Sin embargo, están aislados y dispersos. Sus obras no se reimprimen, no se traducen, no se comentan. Aunque la fe católica es la religión de la séptima parte de la humanidad, esta fe no tiene una presencia proporcional en el mercado editorial. En términos puramente demográficos, cabría esperar una mayor presencia de autores católicos en los catálogos de títulos vigentes.

Muchos de estos escritores quizá estén en el olvido porque el olvido es el lugar de los libros mediocres, que son la mayoría. Pero algunos quizá tendrían mucho que decir, si estuvieran integrados en una comunidad de editores, traductores, críticos, académicos y maestros de literatura que comparte el mismo amor, aunque fuera el amor por el dinero. El señor de los anillos es uno de los libros más vendidos del mundo y C.S. Lewis es tan buena marca que hasta se publican sus ensayos de apologética.

No obstante, hay poquísimas editoriales católicas laicas que le estén apostando a encontrar el nuevo Tolkien o el nuevo Lewis. Las que pertenecen a congregaciones religiosas no publican literatura. Su carisma está en otra parte. En los colegios católicos no le pican la cresta a los adolescentes poniendo ante ellos El poder y la gloria de Greene o Judas de Lanza del Vasto. Nada más a Gabriel Zaid le importa Manuel Ponce.

Sin embargo, los escritores católicos dicen mucho cuando lo que escriben se pone al alcance de quienes los quieren escuchar. Entre los cien poemas que más le gustan a los británicos, hay de G.M. Hopkins, de George Herbert y de T.S. Eliot, en la antología The Nation’s Favorite Poems. Entre 1995 y 2012 han sido publicados 2500 artículos académicos que toman como tema la obra de Simone Weil.

No obstante, la Iglesia como institución no le entra al trabajo editorial. No cuida a las ovejas haciendo la labor de seleccionar y discernir, de entre millones de libros, aquellos que tienen probabilidad de tocar de cerca a mil corazones por lo menos (el tiro más corto que resulta costeable si se imprime en offset). Tampoco estimula el trabajo de los editores laicos. ¿Qué pasaría si los colegios católicos encargaran reimpresiones de buenos libros de escritores católicos muertos que se encontraran en el dominio público, escogidos por votación razonada entre escritores católicos vivos?

La literatura no es lujo de las elites ni juego de cenáculos de intelectuales. Es una forma de conocer la verdad.  Novelas, cuentos y poemas ensanchan y ahondan nuestra humanidad. Sin poesía, comunidad e individuo merman, se hacen menos compasivos, menos curiosos y vivaces, más toscos, vacuos y centrados en sí mismos. La vida se vuelve prosaica.

Al desentenderse de la literatura que escriben los poetas y novelistas que se hablan de tú con Dios, la Iglesia desperdicia un instrumento poderoso para dirigirse a la humanidad. Sin embargo, para que haya catolicismo en los próximos siglos, tiene que renacer la literatura católica. Para ello, la indiferencia de la jerarquía eclesiástica puede ser una bendición.

Los escritores católicos pueden ayudar a los lectores a escapar de una religión formalista. Con libros que miran de frente a la deformidad del pecado y la dificultad de la fe, la esperanza y la caridad, poetas y novelistas pueden ayudar a sus semejantes a dar los primeros pininos en el terrorífico consuelo de tomarse en serio el primer mandamiento. Para mucha gente es más fácil escuchar a Péguy que a la homilía del señor cura.

Los escritores católicos no cuentan mucho en la Iglesia. Tampoco cuentan mucho para el mundillo literario (por lo menos del lado de la oferta). Otros escritores, editores y traductores, críticos y académicos los reciben con indiferencia. En estos tiempos en que la diversidad es la máxima virtud cívica, hay diversidades más diversas que otras.

El anti-catolicismo parece ser la última forma respetable de intolerancia intelectual. Ahora no se puede decir “manco” ni “maricón” sin echarse encima a la Inquisición progre. Sí se vale decir “mocho”. Los más tolerantes entre nuestros contemporáneos podrían expresarse con palabras como estas: “Lo católico ni puede ser moderno ni puede ser universal: no puede estar en movimiento. Es una identidad fija y particular, anquilosada pero muy respetable sin embargo.”

Se echa incienso a sí mismo por su multiculturalismo, pero al mundo literario contemporáneo le tiene tan sin cuidado el catolicismo como la religión de la tribu de los jarawa. Salvo como prueba de la incurable estupidez humana, no se pregunta si acaso pudieran haber tenido algo de razón los miles de millones de antepasados que durante veinte siglos han sido cristianos. No le maravilla el catolicismo ni siquiera como exótico fenómeno humano, afortunadamente en vías de ser superado, como la deformación craneana de los mayas.

Las elites culturales ven a los fieles católicos con ojos de sospecha, desdén o condescendencia. Entre la gente respetable el catolicismo es retrógrado. Cuando mucho, es un interés personal que debe cultivarse en privado sin tener el mal gusto de ventilarlo en público. Y nadie se pone a ver cuánto podría tener en común con otros que también critican al mundo horrible que salió de nuestras manos para salírsenos de las manos, como Dorothy Day, Halldór Laxness, Edith Stein o Ivan Illich, que por ser católicos dan un poquito de pena ajena.

La cultura católica se quedó al margen. Los escritores católicos están retraídos en una pequeña subcultura desarticulada. Sin embargo, la cultura es una conversación en la cual, para ser vigorosa, deben conversar voces diferentes que a menudo enérgicamente no están de acuerdo. Cuando el catolicismo desaparece de la conversación, la cultura no se hace más sana. Se hace menos diversa, menos representativa y las letras se estandarizan. El peligro para la literatura moderna es la homogeneidad creciente de los escritores.

Las letras contemporáneas quedan espiritualmente disminuidas al descartar 2000 años de tradición cristiana. Al quitar lo religioso de entre los modos posibles de expresión, no se remueve el hambre espiritual, pero se satisface más crudamente con lo pretencioso y lo sentimental. El legado del cisma entre literatura moderna y letras católicas es el ansia superficial de novedad, el nihilismo barato, las vaguedades dulzonas, diarrea de la producción con estreñimiento de la creación. Una escritura que no tiene pasado probablemente no tenga futuro.

La preponderancia de la literatura católica no es una meta deseable. De haber sido la cultura oficial, la cultura católica pasó a ser una cultura de gueto, que lucha por afirmarse y sobrevivir.  Así está muy bien: que las voces católicas se esfuercen por hacerse escuchar, en una conversación pública dinámica, sin pensar que tienen garantizado un lugar.

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