Hablemos de la confesión

Hablemos de la confesión; esto es, del sacramento de la Reconciliación. Cada vez estoy más convencido de que una de las razones fundamentales de la de…

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Hablemos de la confesión; esto es, del sacramento de la Reconciliación. Cada vez estoy más convencido de que una de las razones fundamentales de la debilidad actual del catolicismo radica en la marginación de este sacramento. Toda la vida religiosa se focaliza en torno a la Eucaristía porque ella es el signo sacramental central de nuestra fe.

Los cambios litúrgicos que operó el Concilio Vaticano II fueron precisamente en esta línea, y hoy la práctica de la Comunión es cada domingo un hecho que siguen casi la totalidad de los feligreses presentes, pero, al mismo tiempo, se ha producido una progresiva difuminación de la Confesión, que es, precisamente, la preparación necesaria para recibir la Eucaristía en buenas condiciones.

Y en esto hay una fuerte contradicción: no puede haber tan pocas confesiones y además bien hechas y, por otro lado, tanta práctica eucarística. El riesgo de trivialización es enorme: convertir un momento en que el misterio de Dios, el propio universo, se hace presente en un acto sencillo, convirtiéndolo en algo rutinario.

La confesión ha desaparecido, o casi, de muchas parroquias, en algunos casos se ha suplido por una práctica inadecuada como es la confesión colectiva, que elimina lo más substancial del hecho: la reconciliación personal con Dios a través de aquel a quien le ha sido dado el don de perdonar los pecados, el sacerdote.

Uno no se salva en grupo, sino individualmente, por eso la confesión sólo puede ser personal. En otras ocasiones ni eso, simplemente no existe o es terriblemente dificultoso encontrar un sacerdote para confesarse. En otras parroquias, cumplen a base de “la confesión relámpago”: cinco minutos antes de empezar la misa, un sacerdote se pone en el confesionario y ves como en menos de dos minutos resuelve cada caso.

Hay que recuperar el significado profundo del sacramento de la Reconciliación para el laico y para el sacerdote. El laico debe reaprender a revisar su vida, a discernir sobre aquello que debería cambiar porque obstaculiza su acercamiento a Dios, y le impide servir a los demás, reflexionar sobre cómo conseguirlo y mentalizarse con la ayuda de Dios y los Santos de que conseguirá hacerlo.

El sacerdote debe volver a hacer del confesionario uno de los centros de su vida pastoral, y eso exige tiempo y preparación, porque no hay nada más duro que acoger, sin posibilidad de comentarlo con otros, lo que vuelca un corazón sincero en una confesión bien hecha.

Sin un pueblo de Dios confesante es difícil que pueda existir una Iglesia militante.

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